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Lunes, 20 Mayo 2013 18:21

Memorias del eterno retorno.

Escrito por  J. Aguinaga
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221b. imagen“Debo seguir una senda tenebrosa. Pesa sobre mí un castigo que no me es dado describir, y corro un peligro del que no debo hablar. Reconozco que soy el más encenagado de los pecadores, pero soy también el más desdichado entre todos los que sufren. Jamás imaginé que esta tierra fuese morada de dolor y espanto como los que me han tocado en suerte".

R. L. Stevenson, (Doctor Jekyll)

El final del camino está ajado. No sabes por qué asciendes, pero sigues la ruta. En verdad, tampoco conoces porque empezaste a andar, solo remontas. Algunos dicen conocer hacia dónde, pero todos mienten. Sería demasiado fácil. Lo fácil está corrupto, siempre. Solo lo difícil merece el precio, aunque sea una vida, ¿qué más da?

Agachas la cabeza. Hay un camino más fácil, seguro, pero no es el de siempre. Porque el hombre es el animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Quizás en nuestro egocentrismo nos pensamos que fuimos el único. No te humillas ante dioses, solo por el peso del recuerdo. El más bello recuerdo es el que levanta un pie detrás de otro, recorriendo la empinada vereda.

Durante años, has cruzado la misma senda una y otra vez, aunque pocas veces encontraste el final. Quizás, porque no haya final y todo sea, una vez más, un eterno retorno. Las mismas piedras, casi los mismo árboles, solo cambiados por el inexorable paso del tiempo, interrumpen con su luz la sombra del camino. Imágenes te acompañan de las veces que caíste, pero una poderosa fuerza te empuja.

Asciendes y te falla el ánimo. Quieres darte por vencido y sembrar la lápida de tu existencia. Regarla donde caiga. No son los años, si no el rodaje. Pero algo te empuja a remontar la cuesta una vez más. Quizás no quieras rendirte, o quizás continuar sea simplemente rendición. A pesar que cada vez te pesan más las piernas y el alma, mantienes una esperanza. Quizás sean las piernas del espíritu las que pesan como los recuerdos. Quizás solo el paso del tiempo que provoca el olvido de lo vivido. Quizás, conocer que fue de Prometeo y de su buena obra. Saber del pago que recibió de los dioses, te haga pensar que vale la pena. Los dioses. Siempre crueles. Nunca se cansan de jugar con los simples mortales. Los simples mortales, amantes de sombras lejanas, nunca se cansan de adorarles. Quizás por eso sean dioses de mortales. Quizás por eso, sean mortales divinos.

Por fin, alcanzas el final de la senda y levantas la vista. Ganaste la cumbre, pero la experiencia te dice que será una derrota. Allá, lejos en el horizonte, mientras a tus pies la serpenteante senda que acabas de recorrer te indica el camino por donde no debes volver a cruzar, llega. Y justo antes que, como a Sísifo, los dioses te castiguen a volver a empezar, durante un instante, ocurre.

Es en ese momento que tu mortal enemigo llamado tiempo te da una tregua, cuando lo sientes y puedes sonreír. Un instante, una presencia, un sueño. Una flor que no se marchita. Y junto al delirio, dolor, mucho dolor. Mil espinas que se clavan en el alma. El dolor de lo que no se puede olvidar y que no se quiere olvidar. El dolor de sentirse vivo. El dolor de la existencia. El dolor de una ausencia.

Y justo al caer para volver a levantarte. Mientras desciendes violentamente del pedestal al que tanto te costó ascender, tus labios sonrientes susurran unas palabras en una lengua muerta.

"Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus."

Umberto eco.

Es el conjuro para volver a empezar. Como si valiera la pena. De hecho, quizás sea lo único que vale la pena. Pero eso solo lo sabe tu noble adversario: el tiempo.

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