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Lunes, 15 Julio 2013 18:41

Suave brisa. Dulce caída ante el mayor enemigo.

Escrito por  J. Aguinaga
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221b. imagen“En el Principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios…”

Evangelio de Juan.

Las vistas son impresionantes desde allí arriba. Abajo, las personas deambulan por las existenciales aceras, ajenas a lo que se les puede venir encima en cualquier momento. La respiración es agitada y el sudor frio cae lentamente por un rostro ajado por las emociones vividas, las emociones pasadas, las emociones sufridas.

Nadie puede imaginar lo que pasa por la mente del que está allí arriba, sobre el resto. Donde nadie sabe a ciencia cierta cómo subir y nadie conoce cómo bajar. Tan solo estando allí, en el marco que no debe cruzarse y ante la visión de la inmensidad, del abismo, uno recuerda que le llevó a ascender: una mirada, un gesto, una sonrisa, quizás un beso…en el peor caso una palabra. El recuerdo amargo de las emociones perdidas no es óbice para dejar de recordarlas, de sentirlas, de sufrirlas. Tan solo las más puras sensaciones jamás expresadas por el alma errante del que no las esperaba pueden prevalecer en el recuerdo del ser.

El ser, acostumbrado a enterrar cualquier recuerdo poco importante en el cajón de retazos del olvido, debe hacer prevalecer en lo más alto del pódium de la existencia tan solo aquello realmente puro, especial. El resto, si puede resguardarse de la conciencia y no surge de improviso en la inconsciencia, simplemente no importó. No sucedió. No se vivió.

La respiración se agita cuando como una brisa, el recuerdo olvida la razón y se centra en el pozo del alma atormentada. Dejas de contemplar la realidad y te centras solo en aquello que pudiendo ser, no será jamás. Como una apuesta jamás ganada, esta conlleva un precio que el alma dispuesta, el ser sincero, la mente torturada y el corazón naufragado en un mar de lágrimas no tiene otro camino que disponerse a pagar.

La catarsis es más poderosa, y ante la indiferencia general, solo cabe batirse con las razones que Newton enumerara ante la más irracional de las fuerzas. El salto es limpio. Todo le acompaña, nada le queda atrás. Ningún recuerdo, ninguna palabra, ninguna acción por realizar. El salto conlleva la aceptación de lo inevitable: lo imposible existe.

La fuerte caída atrae a los caminantes que, ajenos a lo que sucedía sobre sus cabezas continuaban con sus andanzas comunes, alejados de la virtud, de lo magnifico, de lo especial. Tan solo los restos maltrechos por la caída anuncian como se vierte el contenido de la pasión sobre una mancha escarlata y descubren lo sucedido, ante el espanto general. En un último suspiro, antes de exhalar, el alma otrora inmortal suelta un nombre al viento, que se pierde en el recuerdo de los que no les importa.

Tan solo un alma transeúnte, quizás curiosa o afectada del germen del mismo mal, se arrodilla junto al inerme cuerpo con el rostro cubierto. Otrora rebosante de recuerdos de lo que podía haber sido una vida y solo quedo en humores, el alma esta fría, sin pasión. Ha muerto su espíritu. Un agente de la razón, recién llegado al lugar del salto le pregunta:

-¿Qué ha pasado?

A lo que la figura, descubriendo en parte el rostro de una belleza inmortal, con lágrimas naciendo de sus ojos responde con seguridad:

-El tiempo.

Modificado por última vez en Martes, 16 Julio 2013 13:47

1 comentario

  • Enlace al Comentario Bastardo Martes, 16 Julio 2013 18:28 publicado por Bastardo

    JESÚS RAZA: (…) La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio, ella es una diosa, una causa pura, pero todos los amores tienen un terrible enemigo.

    DOLWORTH: El tiempo.

    JESÚS RAZA: Tú la ves tal como es. La revolución no es una diosa sino una mujerzuela; nunca ha sido pura ni virtuosa ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero sólo son asuntos mezquinos. Lujuria pero no amor, pasión pero sin compasión. Y sin un amor, sin una causa, no somos nada. Nos quedamos porque tenemos fe. Nos marchamos porque nos desengañamos. Volvemos porque nos sentimos perdidos. Morimos porque es inevitable.

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