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Jueves, 19 Junio 2014 18:09

Uso de animales en la guerra antigua: elefantes bélicos.

Escrito por  J. Aguinaga

El imaginario colectivo de la gente común puede asociar el impacto en batalla de los elefantes con los modernos carros de combate o tanques. No obstante, a pesar de las gestas que estas máquinas han protagonizado, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial con el recuerdo en el imaginario colectivo del zorro del desierto, no puede compararse con el de los elefantes en la antigüedad.

Capaces de acometer aún más bajas en las filas propias que en las del enemigo, según se desarrolle la batalla, un elefante de guerra no tenía un impacto relevante solo por su tamaño, potencia o poderío. Utilizaba en la guerra el arma más destructiva que puede emplear el ser humano contra sus congéneres: el miedo.

Seriamos capaces de imaginar el sentir de un soldado de cualquier ejército de la antigüedad, con su escudo, su casco y en el mejor de los casos su coraza metálica, enfrentándose a una mole inmensa y furibunda, azuzada por un guía que conocía cómo dirigir al animal manteniéndolo en una misma dirección.

No solo los cartagineses utilizaron elefantes en combates. Este era un animal muy habitual en numerosos contingentes de la antigüedad. Alejandro Magno se enfrentó a los elefantes en la India una vez atravesado el Hindukush y la propia Roma ya sufrió su embestida a manos del rey Pirro. No obstante, si fueron quizás los púnicos los que la historia ha retratado como más empeñados en utilizar estos animales en el frente.

Un empeño en ocasiones contraproducente, porque como si bien hemos comentado, podían causar gran número de bajas en el enemigo y un no menos valioso desconcierto entre las tropas, un elefante no deja de ser un animal y bajo condiciones de estrés, dolor y temor, puede volverse incontrolable. No fueron pocas las vanguardias propias barridas a sangre y aplastamiento por los que tenían que ser sus aliados animales, sin que los guías pudieran hacer nada más que sacrificar al animal ante el desconcierto causado mediante aplicar cincel y martillo a la nuca del paquidermo.

El mismo Aníbal no dudó en su marcha hacia Italia en contar con estos animales para acometer la mayor de sus empresas: la conquista de la península itálica. Y si bien esta jamás llegaría a producirse y perdería gran número de sus elefantes de guerra en los Alpes, el mero hecho de intentar la hazaña con estos cuadrúpedos es de admirar; más aún cuando algunos de ellos llegaron a entrar en combate en Italia bajo su mando.

Uno de los peligros que los ejércitos romanos tuvieron que enfrentar en la Segunda Guerra Púnica fue pues la embestida de los elefantes. Aparte del daño que hemos comentado ya anteriormente por la potencia de estos animales, además del infringido por los colmillos con bayonetas o las torres con arqueros que los ejemplares más grandes podían cargar, estaba el efecto desmoralizador que sobre el legionario podía tener tanto el sonido como el temblor que producían. No era este el mejor ambiente para entrar en batalla: aterrorizado por varias toneladas de músculo y dura piel.

Pese a que amaestrar un animal de estas características para el combate no era tarea fácil, el ejército cartaginés que se apresto en Zama para combatir las legiones de Publio Cornelio Escipión contaba con numerosos ejemplares. Parece ser que Aníbal, siguiendo la costumbre dispuso a los elefantes para realizar una primera carga de desconcierto que hundiera en el caos y sembrara de heridos las filas romanas. Era la práctica habitual cuando se disponía de elefantes.

Hasta ese día, las tropas romanas, en batalla campal, habían resultado incapaces de resistir la acometida de los elefantes, logrando estos sus objetivos con su carga. No obstante, sí es cierto que la innovación táctica de Escipión resultó perfecta y anuló casi por completo el poderío de esta arma bélica: los legionarios, bien aleccionados y confiando en su líder siguieron sus instrucciones, abriendo pasillos entre las tropas por el lugar donde atacaban los elefantes. Los animales a la carrera se introdujeron en estas aberturas entre la masa de legionarios que pudieron desde la retaguardia asaetar y derribar tanto a guías como a arqueros, procediendo después a abatir a las fieras atacando sus puntos débiles, entre las patas y sus partes bajas. Esta acción, innovadora en su tiempo resultó clave en minimizar las bajas romanas y causó un serio contratiempo en el devenir de la batalla a las tropas púnicas, pues debieron emplear más recursos de caballería en combatir a un enemigo no diezmado como se esperaba tras la acción de los elefantes.

Los legionarios romanos lograron pues con esta acción inutilizar en gran medida una poderosa arma del enemigo, a la vez que reforzaban su moral para el inminente choque contra la infantería púnica y lo más importante, salvaguardaban la vital fuerza de caballería. La carga de elefantes significó una pérdida relativamente poco importante en la operativa púnica, pero si en cuanto al resultado esperado por la misma. No obstante, el resultado fallido de la misma no sirvió un buen precedente a los veteranos soldados mercenarios de Aníbal y no igualó la contienda en cuanto a caballería, el verdadero motor de la batalla y causa de la victoria romana.

Es la caballería, a mi entender, la base de la victoria romana en la llanura de Zama. Una caballería que no siendo diezmada en la lucha contra los elefantes y siendo más numerosa que la púnica, logro sus objetivos tácticos a la perfección al destruir la caballería cartaginesa y regresar para completar el cerco a las fuerzas del estratega púnico, logrando para Escipión y para Roma una victoria total sobre su más tenaz enemigo. La acción del general romano resultó pues si vital para sus intereses, ya que privó a los púnicos de una ventaja táctica en el inicio de las hostilidades y salvaguardó a sus tropas de caballería, a la postre, definitivas para la victoria. 

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