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Miércoles, 25 Febrero 2015 19:15

La caída del cuarto poder.

Escrito por  J. Aguinaga
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Cuentan los ancianos en los relatos que cuentan a los jóvenes aprendices de la existencia una vez de algo que se colocó como cuarto poder de la sociedad. Ese algo, que atemorizaba gobiernos, delincuentes, corruptos y perseguía el relato del hecho y la consumación de la verdad hasta cierto punto empírica, además de garantizar el derecho de libertad de opinión, se llamó periodismo.

Parece ser que el ejercer periodismo no dependía tanto de los estudios, aunque era necesaria como mínimo una correcta expresión, como del manejo, cribado y verificación de la información. Esos seres casi mitológicos denominados “periodistas” desde su libertad individual cimentaban la libertad colectiva por medio de su principal herramienta: los artículos. En ellos relataban lo acontecido, desde fuentes diversas y dejando a la opinión crítica que tuviera acceso a sus escritos el sacar las conclusiones necesarias para ejercer la ciudadanía responsable. Eran pues garantes de la ciudadanía activa, en tanto que transmitían información veraz ajena a influencias perniciosas. En este tiempo, breve espacio de tiempo, la pluma fue más fuerte que la espada.

Pero pronto el mal, entendido como la corrupción más sutil, alcanzó con sus zarpas a los elementos más débiles de su engranaje. La soberbia del autor se mezcló con el ansia del reconocimiento literario, y se vertió en los textos por medio de su opinión. A medida que los artículos se llenaban de las interpretaciones de sus autores, y se convirtió no en garante de la libertad colectiva, si no en gestor de la opinión pública, un nuevo poder se fijó en ellos, el poder único, el capital.

La conocida como “libertad de prensa” pasó a mejor vida en cuanto los periódicos y las agencias se gestionaron como empresas. El dinero asió los intereses del otrora periodista, convirtiéndolo en columnista, editor o becario. Los intereses de la publicación, como negocio, respondían a los intereses del capital que dominaba el accionariado. Este, además, tenía múltiples inversiones: políticos, empresas, sindicatos afines… y se regía por un principio muy simple: no muerdas la mano que te da de comer, que además te gusta comer muy bien, podríamos añadir. Empresarios, lobbies de poder, políticos, mafiosos, corruptos…son ellos quienes dirigen las imprentas de los periódicos hoy en día, cuando el cuarto poder ha claudicado frente al poder único de esta sociedad liberal: el capital.

Solo así se explica que quien cometa el asesinato de Osama Bin Laden (un criminal que debería ser juzgado en un estado de derecho) sea considerado un héroe por la prensa de EE.UU. y todos sus correligionarios occidentales. Solo así podemos explicar que los partidarios del legítimo gobierno ucraniano, elegido en las urnas, sean los rebeldes pro rusos en nuestros noticiarios, mientras que los fascistas neonazis sean los defensores de la libertad. Solo así podemos explicar que los mismos rebeldes que luchaban contra el tiránico gobierno sirio (que lo es) en aras de la libertad hayan resultado ser el ISIS. Solo así se explica que cuando democráticamente un país elige a un gobierno en las urnas, salten las alertas de todo occidente. Solo así se explica que un estado que secuestra una publicación que pone en portada al jefe del estado (heredero de un dictador por cierto) fornicando con su señora en una caricatura, se erija en garante de la libertad de todos tras el triste y lamentable atentado contra la publicación francesa de Charlie Hebdo. Y podríamos poner mil ejemplos: la extinta Canal 9, Canal Sur, Tele Madrid, CNN, El País… Nadie crítica, bueno seamos sinceros, muy pocos se atreven, a criticar al verdadero poder de nuestra sociedad: el capital que todo lo gobierna.

 Lo llaman libertad de prensa, pero no lo es.

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