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Martes, 26 Julio 2016 17:24

Miserables de primera clase y segunda clase.

Escrito por  J. Aguinaga
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Matar está mal. Podemos partir de esta premisa. Además, vamos a ser ortodoxos: está mal bajo cualquier concepto. Vamos a ir un poco más allá en nuestro análisis: alegrarse de una muerte, accidental o natural, está mal y es de miserables. Con esto ya estamos calificando a aquel que se alegra de la muerte ajena, provocada directamente o no. Por último, vamos a llegar un poco más lejos. Divertirse matando está mal, es de miserables y hasta cierto punto, de un individuo o sociedad con unos valores morales un tanto perturbados. Creo que hasta el momento, cualquier persona que pueda calificarse o ser calificada como tal, estaría en acuerdo con mis palabras.

Vamos a establecer a continuación una diferenciación. En el ámbito aplicado al animal, existe la variante aceptada del sacrificio. Se sacrifica un animal por causa mayor, por ejemplo somos omnívoros y necesitamos proteína animal. Mucho se puede discutir sobre la forma del sacrificio, pero se entiende que en países moralmente avanzados, se intenta que el animal sufra lo menos posible. O se debería intentar. Además, se empieza a legislar porque el animal tenga una vida en unas condiciones mínimas de salubridad, no hacinados como antiguamente en búsqueda solo de beneficio económico. Por último, quizás haya psicópatas en los mataderos que disfruten y se exciten en un trabajo, generalmente desagradable: quitar la vida. En esto último, quizás ya no tantas personas puedan estar en acuerdo.

Por lo que respecta a la caza, una reminiscencia del paleolítico en nuestros días, quizás haya cambiado el contexto tecnológico, pero desde el desarrollo del neolítico, salvo en contadas ocasiones que sustituye al sacrificio y la ganadería (carestías o problemas de subsistencia) es una actividad totalmente desechable e innecesaria. Incluso los que utilicen el argumento del control de plagas, se les puede contrarrestar que restituir el equilibrio de la cadena alimentaria es suficiente para controlar superpoblaciones de determinadas especies.

Por último, el sacrificio ritual es execrable, sean humanos o animales. Una reminiscencia de cuando la fe, y no la ciencia y el estudio tenían la primacía en la conducta de la sociedad humana. La superstición y no la razón dominaban la vida y la muerte, y muchos actos, justificables en su entorno, pero injustificables desde nuestra sociedad y contexto, eran realizados. El hipotético valor artístico añadido que pudieran tener dichos rituales, sobre todo desde espectadores ajenos al contexto cultural del acto, se pierde por el salvajismo y primitivismo del acto. Un estudioso puede establecer que el Molock cartaginés, el sacrificio de los gladiadores en Roma o los sacrificios humanos mesoamericanos, en su liturgia, contienen una gran belleza. Podemos decir lo mismo de los actos que contienen animales salvajes, como eran las cacerías en el anfiteatro, los safaris en la sabana, o incluso el arponeo de ballenas pueden ser espectáculos bellos. No por ello, justificables a estas alturas. Lo mismo podemos decir de la tauromaquia, injustificable, lo cual no le resta una hipotética belleza al salvaje espectáculo.

Llegamos al motivo de esta columna. Recientemente en Teruel murió un matador de toros. Puede expresarse así. También podríamos decir que murió un torero, un diestro, o un asesino de toros. Todas las veces estaríamos diciendo lo mismo, y solo variará la calificación moral que emitimos sobre la tauromaquia. Que un torero muera en acto de servicio, no justifica la lidia, ni les da más fuerza. Es una muerte lamentable en una situación que muchos, consideran lamentable. Otros no. Y es una muerte evitable.

Como ser humano, no me alegra ninguna muerte de un miembro de mi especie, y no me alegra la de este chico. Como persona educada en un ambiente taurino, pero que por propia elección preferiría que se abolieran los festejos (de hecho, preferiría que la gente dejara de acudir, pero ya sabemos cómo actúa la masa), no puedo alegrarme de la muerte de un ser humano. Por eso considero injustificable cada apreciación de alegría expresada por tan lamentable suceso. Personalmente, hubiera deseado que el fallecido, cinco minutos antes de la cornada, se hubiera dado cuenta de la actividad que le lucra, y la hubiera abandonado voluntariamente. Esa sí sería una forma de alegrarse porque haya un torero menos. Ahora bien, no soy hipócrita.

Me hubiera gustado el mismo revuelo en redes sociales y en la opinión pública con la ejecución sumaria de Bin Laden, o los asesinatos selectivos de Israel en palestina. El mismo revuelo con la ejecución de reos en China, en Corea del Norte o en Estados Unidos. Apliquemos lo mismo al caso de dictadores. Y lo mismo a nuestros enemigos-adversarios de cualquier índole. Alegrarse de la muerte de una persona, está mal. Es moralmente inaceptable y muestra lo sana que es una sociedad, o lo enferma que está. Lo es aún más tratar de héroes a los inductores o festejarlo por todo un país. Pero eso no inhabilita, no criminaliza y no es pecado (para los más católicos). Esas afirmaciones, alegrarse por la muerte de otro, nos convierte en miserables, no en criminales. O los tratamos a todos por igual, o estamos creando dos categorías, según quien sea el fallecido: miserables de primera clase (los que lo son sin consecuencias más allá de las morales) y miserables de segunda clase (sobre los que recae todo el peso de la ley además por decisión de la muchedumbre). Y eso, no sería ético.

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