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Martes, 19 Septiembre 2017 15:59

El bueno no está, el feo está mal visto, el malo son muchos.

Escrito por  J. Aguinaga
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Vivimos en una sociedad donde ser bueno no existe. Uno es bueno para unos, y a la vez malo para otros. Lo considerado anteriormente como “buena persona” hoy en día está visto como un idiota o un imbécil del cual se pueden aprovechar. No parecen tiempos para la bondad.

Actualmente, la fealdad vive su mejor época, tanto que ha dejado de existir. La explosión de las vanguardias artísticas en primer lugar, y su asimilamiento por las estructuras de la sociedad en modas y tendencias, han conseguido que lo feo solo tenga cabida en el inconsciente de cada ser. Uno siempre puede sumarse a una nueva tendencia, que triunfará por un breve lapsus, o crear la suya propia, viviendo en la aceptación de lo diferente como algo normal, cuando en verdad, se uniformiza todo eliminando la diversidad. Todo se clasifica, perdiendo así su carácter irreflexivo. Malos tiempos para lo feo, puesto que será clasificado como bello por algún idiota.

Por el contrario, la maldad vive en auge cada día. Seres ineptos, malvados y que serían considerados casi psicópatas no hace tanto tiempo son alabados por la masa enfurecida, hastiada de soportar frustraciones, que así consiguen el efecto placebo para que nada cambie ni perseguir nuevas metas. Se conforman con lo que tienen o en imitar a personajes vacíos, que les hacen sentir bien por ser fáciles de imitar. Las grandes metas, los grandes sacrificios o el esfuerzo son vilipendiados por la sociedad (como las buenas personas) en virtud del youtuber de turno o el comentarista o restaurador de moda. Son malos, pero admirados.

No es de extrañar con este panorama moral, que el destino del mundo esté en manos de gente como Kim Jong-un o Donald Trump. Nunca antes de esta época, la estupidez y la ignominia fue tan admirada por el común de los mortales, eliminando así su frustración, y dejándole sobrevivir con sus miserias. Necesitamos un baño de realidad y una vuelta a la lucha de clases, pues las clases existen, pero nos han hecho olvidarlas. Y eso nos gusta.

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