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Domingo, 01 Abril 2018 10:52

Yahvé no dudaría. ¿Por qué pararnos ahora?

Escrito por  J. Aguinaga
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No. Podríamos dejarlo ahí. Podríamos decir que “no y mil veces no”. Podríamos incluso, llegado el momento, invocar al dios cristiano. Pero no al padre misericordioso que parecía más bien el abuelo del ser humano tras el lavado que supuso la aparición en el escenario religioso del galileo. Nos referimos al auténtico Yahvé, capaz de arrastrar a su pueblo elegido (menudo casting debió realizar entre la humanidad para tal éxito) durante décadas por el desierto por una fiestecilla taurina de nada. Ese dios vengativo, más parecido a un pistolero del cine norteamericano que a un viejecito con barba. Ese capaz de expulsar a sus hijos de casa por un mordisquito de nada. Tan seguro estoy que al viejo Yahvé no le haría gracia la idolatría que sentimos por el fruto del pecado original en productos tecnológicos, como que estaría encantado con esa turba que, pidiendo justicia, clama y llora hasta la histeria por la venganza. Él no dudaría, y ante la mínima culpabilidad, aplicaría sangre y fuego. Nada de medias tintas. Ojo por ojo. Diente por diente, y todos ciegos.

Una de las grandes victorias de la humanidad es la reinserción de presos. Lejos de la condenación eterna vía purgatorio o infierno, el ser humano es capaz de hacer ver al maligno que ha obrado mal, y su mente es capaz de asimilar lo sucedido, arrepentirse y convertirse en un elemento hábil para su sociedad. Siguiendo con el símil judeocristiano, a la oveja descarriada se la acompaña de nuevo al redil, haciéndole ver que obra mal y penando todo el resto de su existencia con el remordimiento, verdadero castigo divino con el que los dioses nos premiaron al dotarnos de conciencia.

Porque, ¿puede parecer una alternativa mantener a un condenado, por vil y atroz que sea su crimen, eternamente en prisión? No caigamos en el sentimentalismo, ni nos sumemos a la masa que, horrorizada, enciende las antorchas para perseguir y eliminar al pobre monstruo de Frankenstein sin siquiera pararse a reflexionar sobre si es culpable realmente. No seamos como esas imágenes rodadas en cámara panorámica donde una turba, sin esperar a juicio, ejecuta a un presunto culpable.

No seamos estúpidos, el siguiente paso, tras la prisión permanente renovable, será la cadena perpetua. Y después, como el dolor nunca abandonará a los familiares de las víctimas, ni la estupidez a la masa, ni la vileza a quienes se aprovechan de los anteriores, sacarán la lista de gastos, y explicaran con total lógica, que no es rentable un sistema penitenciario de presos eternos. Y darán el siguiente paso.

En ningún país con cadena perpetua o pena de muerte, ha bajado la criminalidad o los crímenes son menos atroces. El único sistema que funciona, si se le dedica el presupuesto necesario y una buena gestión, es el de “reciclar” delincuentes en gente de bien. Pero para ello, se ha de creer en el sistema. Pero hay gente que no cree en más sistema que en su cuenta de beneficios.

Ningún servicio público debe ser rentable. Debe ser sostenible, y bien gestionado. Eso es lo que una parte vil de la sociedad no quiere que los estúpidos entiendan. Eso es, lo que explica, que una sociedad pueda ser calificada “del bienestar”, ofreciendo servicios de calidad y económicos a sus miembros. Eso es lo que hacen las sociedades avanzadas, además de no legislar ni a golpe de titular ni de manifestación, ni tampoco de lágrimas, por justificadas que estén.

Si olvidamos esto, estamos condenados a repetir errores del pasado. Y esa condena, sí que no será revisable.

Modificado por última vez en Domingo, 01 Abril 2018 10:54

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