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Jueves, 13 Septiembre 2012 02:00

Aristóteles tenía razón.

Escrito por  J. Aguinaga
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“La mujer perfecta es un tipo humano superior al varón perfecto, pero también es un ejemplar mucho más raro.” Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Quizás sea esa rareza la que nos impide a los simples mortales reconocer en el mundo su grandeza. Vivimos en una civilización, que siendo seguramente la civilización humana que más permite a las mujeres desarrollarse en igualdad, les priva al mismo tiempo de su libertad para ser superiores. Una civilización donde prima la imagen. En la cual se le exige a la mujer corrección social, elegancia, y donde además de belleza, les exigimos cabeza. ¿Y quienes somos los hombres para exigirles nada?

Podemos ser padres, jefes, maridos, parejas, pero: ¿Quién nos da derecho a exigir nada? Si la perfección existiera, sin duda vestiría un cuerpo de mujer, pero aún más: también tendría su interior, su mente, su sentido del deber, su raciocinio. Reconozco cierto machismo en esta afirmación, pero ¿no es acaso nuestro lenguaje machista? Y aún más machista es lo políticamente correcto, no nos engañemos. La mujer, la mujer que se precie, la mujer excelsa, está por encima de las palabras de los hombres.

Aún más: las acusamos en nuestra mísera condición varonil de ser traicioneras en sus acciones pero ¿no es eso síntoma de suprema inteligencia? Las acusamos de egoístas, pero ¿no es el egoísmo el principio de la personalidad? Si según Sigmund Freud "El primer humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fue el fundador de la civilización” no seria más fácil, teniendo en cuenta sus características, que esta creación ¿la realizara una mujer?

Y que decir cuando en medio del páramo intelectual en que se esta convirtiendo la humanidad, donde al que destaca por su perfección se le destroza y se aúpa al estrellato al vulgar, cuando encontramos el mayor tesoro de todos: a una mujer excepcional, única, brillante y especial de las que hablaba Nietzsche. Tan solo podemos reunir la poca gallardía que tenemos en nuestro interior, dar voz a nuestra razón antes que a nuestro orgullo y aceptar simplemente su perfección: si Dios existiera, seria una mujer como ella.

Sé feliz mujer excelsa. Que nadie te robe la sonrisa. No le debes nada al mundo, es él el que te debe todo. Gracias por existir.

“Elige una mujer de la cual puedas decir: Yo hubiera podido buscarla más bella pero no mejor.” Aristóteles.

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