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Lunes, 18 Febrero 2013 17:11

LA BOHEMIA ANTERIOR A LA BOHEMIA: EL RELATO DE UN NOBLE FRANCÉS ENTRE LOS EXPATRIADOS DE GRUB STREET Y LA BASTILLA

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot. La Taberna nº 12. ISSN: 2255-0828.
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El vocablo bohemio olvidó el arraigo de su geografía -Bohemia- y a los itinerantes gitanos para representar, a principios del siglo XIX, especialmente en París y popularizado por Henri Murger y sus Escenas de la vida bohemia (1848), un concepto mucho más complejo. Avanzado el siglo XVIII, el bohemio empezó a recoger connotaciones relacionadas con la picaresca, el vagabundeo y lo caótico, términos que, asimismo, cristalizaron de cierta forma en el intrincado entorno del bohemio murgeriano y posteriores.

Con este significado que asistía el mundo final del Antiguo Régimen, emerge la novela totalmente olvidada del marqués de Pelleport, Los bohemios (1790), en que el célebre vocablo posee ya, además de las connotaciones indicadas, algunas direcciones bohemias vinculadas con el arte -la literatura- y un modo de vida elegido al margen del orden social establecido. Esta obra anticipada a la cosmovisión bohemia, que utiliza la voz propia del concepto antes de su desarrollo histórico-literario, podemos descubrirla hoy gracias al magnífico trabajo de recuperación del investigador estadounidense Robert Darnton. Solo seis copias -repartidas en distintas bibliotecas europeas- se conservan de su única publicación en 1790. Su primera reedición ha debido esperar más de doscientos años (2009, Univ. of Pensylvania Press). “Papel de liar” la editó en 2010 en España, con el estudio preliminar del profesor Darnton y la traducción de Gabriel Hormaechea.

El profesor Darnton nos introduce en el agitado ambiente literario anterior al conocido históricamente por bohemio, donde una importante masa de población parisina era la representada por míseros escritores indigentes (672 poetas según un censo de 1788). Muchos de ellos huían a Londres y se establecían en Grub Street, sórdido destino para literatos y delincuentes de toda condición. La soñada fortuna solía ser esquiva en ambas capitales. Anne Gédéon Lafite, marqués de Pelleport, fue uno de ellos. Desheredado por su aristócrata familia, abrazó la pobreza y se amparó en la sagacidad de su pluma. De París a Londres pasando por otras ciudades europeas. “Un sinvergüenza, un réprobo, un granuja, un provocador”, epítetos surgidos de quienes le conocieron, según ha investigado Darnton.

Las feroces garras de la Bastilla favorecieron el exilio londinense y el desarrollo del libelo, insolentes relatos sobre la supuestamente escandalosa vida privada de importantes personalidades francesas -no se desatendía ni al rey- que albergaban también la sátira del régimen despótico. Esta literatura proliferaba ilegal por Francia entre un ingente público insaciable de escándalos cortesanos. La legión de libelistas contaba con el talento del marqués de Pelleport, algunos de cuyos ingresos, mediante un descarado chantaje, podían incluso ofrecerse sin la publicación de sus obras, como aquel libelo que prometía describir la vida sexual de la reina. La desdicha de Pelleport llegó con la traición del maestro libelista Morande, quien sirvió al gobierno francés el fin de las molestas actividades satíricas del marqués. Encarcelado en la Bastilla desde julio de 1784 hasta octubre de 1788, por la documentación conservada en los archivos -sugiere Darnton- simbolizó una captura importante -otros libelistas abandonaban la terrible fortaleza a los pocos meses-. Como otro escandaloso marqués, Sade, celebérrimo morador de la Bastilla durante casi idéntica reclusión, le fueron permitidos pluma, tinta y papel. El resultado de este amable gesto -nada inusual, realmente, para los presos- produjo muchos versos y la novela Los bohemios. La última peripecia conocida del marqués fue el intento de salvar al alcaide de su antigua residencia cuando presenció el mítico asalto revolucionario del 14 de julio de 1789. A partir de aquí todo es un misterio en el devenir biográfico de un escritor que, con seguridad, podría haberse ganado el favor de la nueva coyuntura política para llevar una vida reputada y, sin embargo, nada más se supo de él.

Novela compleja por su forma narrativa, por su estilo y por las máscaras de su sátira, Los bohemios relata el nomadismo de unos escritores marginales por las tierras francesas de Champaña. Desde el inicio de este viaje, ya se manifiesta la relevante influencia cervantina, que Pelleport se afana en citar. El grupo de estrafalarios bohemios, lanzados a la más absoluta picaresca, se corresponde con algunos de los compañeros libelistas del autor y con otros personajes relevantes de su turbulenta actividad literaria, a los que retrata con una sátira delirante, convertidos en absurdas caricaturas. A tal efecto burlesco, no podía faltar el traidor Morande, destruida aquí su imagen como el más granuja del grupo, organizador de pillajes y dotado de instintos malvados y lujuriosos. Otro con el que ajusta cuentas, en una extraña inclusión en esta nómina de hirientes parodias, es con su amigo de Grub Street Jacques-Pierre Brissot, a quien la historia de la Revolución Francesa conocería como el líder de los girondinos. Parece ser que el mismo editor de la novela destruyó los ejemplares cuando advirtió que también él era blanco de la sátira, de ahí su escasa difusión y los milagrosos seis libros conservados.

Los miembros de esta cofradía de pícaros escritorzuelos reciben la denominación de filósofos, en otra vertiente importante de la sátira: las escuelas filosóficas francesas y el desprecio por la intelectualidad de su época. Así, una mula carga con los manuscritos de estos filósofos, que detienen continuamente el curso narrativo para formular extravagantes discursos de irreprimible verborrea. Una de estas digresiones se ocupa de la historia literaria del mismo Pelleport, que  irrumpe en el relato disfrazado con los pobres huesos de un poeta errante descendiente de la antigua nobleza. Su experiencia como literato recorre todas las penurias del escritor acuciado por el hambre y las deudas que claudica irremediable ante el mundo editorial, cuyo implacable fin mercantil desdeña al autor de talento, y debe renunciar a sus anhelos poéticos y novelísticos para saludar otros géneros más alimenticios.

En su conjunto, Los bohemios presenta interpretaciones diversas según la variedad y apariencia de sus asuntos. Pero, sobre todo, evidencia un hallazgo insólito, pese a su adscripción a ciertos cánones dieciochescos -como la literatura libertina- y la existencia de antecedentes -bien señalados por Darnton- en obras que difundieron la ebullición literaria del entorno Grub Street -activa desde época isabelina- de, entre otros, A. Pope, D. Defoe o J. Swift, o en sus respectivos cronistas parisinos como Diderot, Voltaire o Rousseau. Su gran novedad radica en la pintura de la bohemia, anterior al periodo romántico, mucho antes que sus principales epígonos, como Balzac o Murger. Sin embargo, la original creación del marqués de Pelleport había pasado de moda cuando se publicó, dados los nuevos acontecimientos de la Revolución. En la actualidad, el ingenio y la modernidad de esta obra se muestran como un capítulo de primer orden para el estudio de la naturaleza bohemia.

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