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Martes, 16 Abril 2013 21:57

Historia de Abraham

Escrito por  Monsieur de Mortimer
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funo






La primera voz del mundo

(excelencia de palabra,

desde que nos creó y bendijo

y aún cuando solo hablaba)

le dijo a Abram, exigente:

“Escucha bien mi llamada:

es tu pueblo el elegido,

tú serás primer Patriarca,

deja todo lo que es tuyo,

yo te daré mejor patria,

justicia estará a tu lado

por ser yo su madrugada.”

Con sus siervos, su sobrino

y Sarai, mujer amada,

a Egipto huyendo del hambre

llegó desde la montaña.

Dijo Abram a su mujer:

“Mira, aquí tu eres mi hermana,

en todas partes hermosa;

por encanto de tus gracias

del Faraón nuestro botín.”

Juzgó Yavé, desposada

Sarai por el Faraón:

a éste y su casa unas plagas,

a Abram, cuerpo del delito,

oro, ganados y plata,

ganados sin luz divina,

juzgados con luz lejana.

 

Se marcharon de estas tierras

con riqueza en sus espaldas,

y torcieron sus caminos:

si Abram se iba con su facha

a la derecha, iba Lot

a la izquierda hecho una llama.

Dijo al diestro peregrino

Yavé cuando echó las cartas:

“De heredero te prometo

un hijo de tus entrañas,

como polvo haya en la tierra

descendencia tendrás tanta,

como estrellas en el cielo

si una a una puedes contarlas.”

Cogió Abram gran pesadumbre

cuando, en vertical mirada,

el cabello de la noche

teñido había sus canas.

Tenía el fruto prohibido

Sarai en cosecha escasa;

divinos campos ateos,

no florecen con el agua.

Motivado por la herencia

(su fe perdió la confianza),

con su mujer de alcahueta

se acostó con una esclava

Abram con más de ochenta años,

y aún su flauta sonaba.

Pero Sarai los adornos

no los quiso como gala

y sola envió al desierto

a su sierva embarazada.

 

Fue una década más tarde

establecida la Alianza,

se apareció Yavé a Abram

ordenando estas palabras:

“Ahora, escucha bien mi pacto,

si te postras a mis plantas

tus bruces serán semillas

de una primavera extraña

donde tu pueblo hallará

tierras que leche y miel manan.

Es tu nombre antiguo y breve,

voy a hacerlo de más labia,

pues nacerán tantas hojas

de tu vieja y fértil rama

que esta copiosa espesura

que te daré por hazaña

toda no podrá pulir

mi pulmón si suspirara;

y cobíjate en mi sombra

que grandes cosas te aguardan,

para esquilarla nosotros

aún queda por cortar lana.

Mas si huyes estas razones,

si no aceptas mi Alianza,

tu rostro contra la tierra

no esperes que engendre nada,

solo levantará el polvo

metálico de la escarcha

invernal de flor marchita,

la leche y la miel, amargas,

tu nombre aun será más breve,

tu descendencia, hojarasca.

Esta oferta yo te impongo,

la firma será una marca:

la cumbre del surtidor

de vida sea seccionada

en todo tu viril pueblo,

que no impedirá a la lanza

con la fuerza de su acero

cobijarse en su dïana.

Y además, yo te regalo

el hijo que te faltara,

pero ahora de tu mujer

y no de una pobre esclava.”

Volvió a caer rostro en tierra,

esta vez de carcajada,

parecía una serpiente

que desde el suelo reptaba:

“Señor, ya un siglo he vivido

y observado cosas raras,

pero vuestra última historia

me mueve a reír con ganas.”

Y con tan divertido acto,

dejando cortas y arcanas

voces para su persona,

de Abraham parió un ser Sara

que llamaron Isaac,

debido a las resonancias.

 

Ismael, hijo de la sierva

con quien compartió la cama,

habitando en el desierto

y con una historia ajada,

casi supera el buen ojo

tensando de la misma arma

cuerdas de un dios diferentes,

la una cuerda, la otra arcana.

 

Abraham, aún no saciado

con el peso de sus arcas,

la plata de sus cabellos

y el ruido de su comparsa,

repitió Egipto en Guerar,

pero no pudo tocarla

el anfitrión de este reino

a la hermana-esposa Sara

porque se apareció en sueños

Yavé: “A esta ni mirarla,

quiero, como su marido,

encima las sienes blancas

medio hemisferio curtido,

media cabeza lanada”.

 

Abraham, como un caballo

que la espuela le atenaza,

trotando al monte con su hijo

iba a pagarle la fianza

de su fe a su dios en bruto.

Le descontó buena baza

un ministro de los cielos;

se negó a prestar sus alas

y quedar huérfano de ellas,

que cuesta mucho ganarlas.

Y así, pagado el impuesto,

ganó a su hijo en limpia paga.

 

Durante un tiempo, las risas

de Isaac agonizaban;

si él perdía una madre,

yo perdía una asonancia.

De Hebrón en una caverna

rebozan lágrimas claras

(nicho oscuro de la tierra),

sepultura fue de Sara

este ojo inmenso que vela

como un cíclope a su dama.

 

La mordaza de su luto

expiró, y volvió a ser ancha

con que nació su sonrisa

cuando le fue concertada

una esposa por su padre,

que sin poder rechazarla

no le vio siquiera el rostro

porque venía velada.

“Quítate el velo doncella

que yo velaré tu cara.”

“Hasta el día de la boda

no sabrás si salgo rana,

sí sabrás que solo es una

la sangre de nuestra casa.”

Un esclavo fue a por ella

con de Dios y su amo pautas.

Casi la boda se anula

por un problema de agua

que a romper fuera su unión,

pues el cántaro fue tantas

veces a la fuente cerca,

que la moza se arriesgaba

a ser lejano su enlace

si se escurriesen sus asas.

 

Ya en su vejez más postrera,

sin necesidad de viagra

concibió otros muchos hijos

Abraham con otra anciana,

que su viudez consoló

con solo muchas lanzadas.

Era llamada Quetura

(por lo menos en la cama

nombre dado tan sin juicio);

media docena de dávidas

que quedaron sin herencia

por asir sonrisas agrias.

Si son las segundas partes

en su mayoría malas,

sus partes han sido buenas

tomando segundas damas.

Acabó Abraham sus noches

cumpliendo firme en la Alianza,

que firmó sin vacilar,

que su alcoba recordaba:

“como polvo haya en la tierra

descendencia tendrás tanta”.

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