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Viernes, 16 Agosto 2013 11:49

EL TIEMPO DE LOS ASESINOS

Escrito por  Monsieur de Mortimer
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Théophile Gautier, “El club de los haschischins”. París, 1846.

 

Los terribles designios del Viejo de la Montaña eran obedecidos ciegamente por sus súbditos, los asesinos. En tiempos antiguos del Oriente, la sociedad secreta de los Haschischins infundía el horror entre los hombres más poderosos del mundo. Cualquier soberano hallaba una muerte segura si era señalado por la inexpugnable voluntad del jerarca de esta secta enigmática. El preparado de una misteriosa droga permitía al Viejo de la Montaña realizar sus sanguinarios deseos, ejecutados por los haschischin, vocablo que significa comedor de haschisch, también raíz de la palabra asesino. 

Siglos más tarde, en la isla de San Luis, el hotel Pimodan vio resurgir la secta de los haschischin. El tiempo y gusto burgueses desaparecían entre aquellas suntuosas estancias de decadencia oriental. El doctor, príncipe de los asesinos, escanció en los pequeños cuencos de porcelana del Japón una especie de glauca mermelada: “Esto os será deducido de vuestra parte de paraíso”. Y la alucinación, invitada principal, irrumpió con sus fantásticas galas.

Una armonía deliciosa se escuchaba en el lujoso salón. Allí apareció un extravagante personaje que invitaba a los comensales a morirse de risa. La hilaridad tomó forma en figuras extraordinarias. Quizá eran aguatintas de Goya o la noche de Walpurgis que describió Goethe. Algunos haschischin ya habían caído en tierra cuando uno de los miembros del club, excluido de la intoxicación, vigilante de la fantasía, posó sus manos en el piano a fin de variar el sentido de la embriaguez. Una melodía celestial dirigía un nuevo viaje. Ahora, veíase a uno de ellos convertido en el objeto contemplado de un maravilloso fresco: el sueño voluptuoso lo poseyó por completo y, trasformado en bella ninfa, huyó del furor fálico de Pan. Un espejo le devolvía la imagen de un ídolo hindú y magos siniestros buscaban su perdición. Las magnificencias de Roma y Babilonia se presentaron en un pequeño salón.

Gautier había escrito el más paradigmático de los relatos sobre este exquisito club dedicado a la experimentación con haschisch y otros narcóticos. La fascinación por las drogas entre aquellos artistas parisinos denotaba modernidad, exploración refinada de nuevas realidades, supremacía de lo artificial, pues el arte importaba más que la vida… Y la belleza era una palidez mórbida y verdosa, como el extraño preparado del haschisch… El poeta vidente diría, en una mañana de embriaguez, que, aunque solamente por su máscara, nos ha gratificado, que debemos confiar en el veneno, que aquí está el tiempo de los Asesinos. Saludémoslo. El presente nunca satisface al buscador de Belleza.

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