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Jueves, 17 Octubre 2013 21:07

PELAYO DEL CASTILLO, EL SOL DE LA BOHEMIA

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot. La Taberna nº 20. ISSN: 2255-0828.
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 “Semblanza” de Pelayo del Castillo en: Florencio Moreno Godino, El sol de la bohemia y sus satélites, edición crítica de Pablo Delgado, Zaragoza, STI Ediciones, 2013.

A mediados del siglo XIX surge el que ha venido señalándose como primer grupo generacional de escritores bohemios. Pérez Escrich literaturizó dicha generación en su novela El frac azul (1864), cuyo protagonista -frac azul, pantalones negros y botas de charol- encarnaba las ambiciones del joven escritor llegado a Madrid desde un pueblo de provincias con un drama inédito y los dorados sueños del poeta por único equipaje. Esta es la realidad de Pelayo del Castillo, que, si bien marchó a la capital española con la obligación de estudiar Derecho en la universidad, pronto la fascinación por la literatura y el descubrimiento de la vida bohemia lo convirtieron en un destacado comediógrafo y consumado bohemio. Pese al olvido de su figura, como la de sus compañeros de generación Florencio Moreno Godino, Antonio Altadill, Pedro Escamilla o Pedro Marquina, testimonios de sus contemporáneos encumbran la bohemia de Pelayo del Castillo a los límites más altos de trasgresión. Así se desprende de las semblanzas de Armando Palacio Valdés, Constantí Llombart, Juan López Núñez, Miguel Sawa o Moreno Godino, y de las fugaces evocaciones de Emilio Carrere, Díez-Canedo o Rafael Cansinos Assens.

Pelayo del Castillo López nació en la ciudad de Castellón el año 1837 -una madrugada del 10 de septiembre-, donde su familia, natural de Valencia, se había trasladado debido a la ocupación del padre del futuro escritor como oficial del Gobierno Político. Un nuevo destino del cabeza de familia lo llevó a Gerona, donde terminó sus estudios de bachillerato. Ya en Madrid, inició su carrera literaria y su indómita andadura bohemia. No obstante, halló un paréntesis a su conducta libérrima en Valencia, donde se unió en matrimonio a la hija del director de La Gaceta Popular, publicación en la que escribía. Pronto abandonó a su esposa, embarazada, para volver a los derroteros de la excéntrica vida madrileña. Dedicado fundamentalmente al teatro, al llamado juguete cómico, Pelayo del Castillo obtuvo el aplauso del público en representaciones como El que nace para ochavo… (1867), su obra más celebrada. En sus piezas cómicas, escritas en verso, exhibe una gran naturalidad y gracia para los diálogos. Pero las penosas estrecheces que cercaban su modo de vida obligaron al autor dramático a vender muchas de sus obras antes de su estreno, enriqueciendo a editores y empresarios teatrales. También es conocida su labor de “negro”, escribiendo obras o adaptando textos franceses para otros escritores más aclamados. Ejemplo cimero de esta enojosa actividad literaria son los versos que dedicó el bohemio al exitoso dramaturgo Francisco Camprodón: “Si la comedia es francesa / y los versos míos son, / ¿qué dedica Camprodón / a la señora marquesa? El poeta lírico asomaría -además de colaboraciones en prensa y un librito póstumo- en Poesías varias (1879), obra de adscripción realista, de temática heterogénea, vertebrada por la crítica social, salpicada de humor, donde pueden identificarse lugares comunes de la preocupación bohemia, como son el viaje noctívago o la reivindicación artística del escritor.

La vida en Madrid -parece ser que también residió en Barcelona, Granada y Guadalajara- fraguó su personaje de bohemio absoluto. El repudio de cualquier vida convencional arrastró al comediógrafo a la asunción de una terrible marginalidad. Entre el supremo ideal del artista y la incontenible ansia del golfo de mala vida, Pelayo del Castillo renunció a un trabajo estable y se abismó orgulloso en las mezquindades de la pobreza. Su gran facilidad para pergeñar piezas para la escena no fue suficiente para detener una penosa degradación. Puede proyectarse su imagen en una taberna, donde el empedernido noctámbulo, cubierto de harapos, bebe aguardiente sin tregua y recita versos con asombrosa espontaneidad; mientras, un público más o menos beodo aclama al poeta o lo observa entre el desprecio y la compasión. Distintas crónicas nos han legado la fatalidad de sus últimos días, confundido con un mendigo, tumbado en la acera hecho un andrajo y apenas sin fuerzas para abrir los ojos y reconocer a algún estupefacto aficionado a las letras que le ofrece unas monedas. Su leyenda báquica, sus proezas tabernarias, efímeramente invocadas después de su muerte, junto a su notoriedad como comediógrafo, se olvidaron entre el mísero fin autodestructivo de un lecho del Hospital General de Madrid un 6 de enero de 1883. Su antiguo camarada el exministro Romero Robledo sufragó los gastos del sepelio, al que acudieron alrededor de cincuenta personas y donde algunos de sus compañeros bohemios leyeron poemas en su honor.

Recientemente, artículos varios y ediciones críticas de su obra dramática y poética han reivindicado la compleja figura de este sorprendente personaje de la bohemia madrileña decimonónica. Su existencia al límite entre la decorosa bohemia y el irremediable descenso a la golfemia, siempre con el firme -y necesario- pulso literario, convierte a Pelayo del Castillo en un escritor de singular motivo literario, como Florencio Moreno Godino lo representó en su relato “El sol de la bohemia y la bohemia sin sol”, narración que protagoniza el poeta castellonense, “el gran monstruo de la bohemia”, y sus “satélites”.

Modificado por última vez en Domingo, 25 Octubre 2015 18:05

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