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Martes, 01 Mayo 2012 02:00

Esmaltes y Camafeos

Escrito por  M. de Mortimer
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Mientras el huracán azotaba las ventanas firmemente cerradas, el poeta escribía esmaltes y camafeos. La revolución agitaba al mundo y él, solo de vez en cuando, retorcía el labio carmesí en altivo gesto de disgusto por el vulgar alboroto de las calles. El pueblo había estallado ante tanta injusticia y pretendía alcanzar un nuevo orden mediante este acto digno y valiente.

     Como aquel cisne desterrado del lago, el poeta no podía imaginar el virginal plumaje deslizarse por el sucio y áspero suelo. Ya no se interrogaba por qué sus alas de gigante no servían de nada cuando traspasaba el umbral de su casa. Ésa fue su gloria, su respuesta a todo. Indiferente, sin desdenes de antaño, ahora se ocupaba de escribir un libro raro de versos cincelados. Solo perturbaba su soledad de orfebre la visita, siempre importuna, de algún buen amigo interesado -si la vorágine revolucionaria lo permitía- en saber si aquel cenobita seguía orando o había ascendido -o descendido- al cielo. Él salía a recibirlo con su batín de seda y, sin nostalgias, recordaban los tiempos de amores galantes, hachís con mermelada y rojos chalecos. Después regresaba a su silla gótica, tal vez a escribir nada, porque le atormentaba la idea de la perfección. Pensaba entonces en suicidios de sultanes que ardían con todo su esplendor de mujeres, caballos y oro, o en la nula sensibilidad de quienes sentencian que el perfume es más importante que el frasco que lo vela, o tal vez, en la hermosa agonía de unos delicados dedos que soportan pesados anillos.

 
     El cansancio amortajaba su espíritu y el sueño de opio reinaba en su descanso. Al día siguiente, tenía la elegante prudencia de levantarse cuando el sol ya había cedido su plenitud. Sometido a férrea disciplina, el poeta empezaba a trabajar. Su pluma de acero volvía a la enfermiza tarea de lo bello. Le complacía extremadamente que su labor fuera inútil, poco virtuosa y nada respetable. Le repugnaba la escasez de placeres y pecados… El espantoso ruido de la calle era inmisericorde con sus pensamientos, se atusaba bien el bigote y seguía con sus preciosos esmaltes y camafeos.
Venimos al mundo demasiado pronto o demasiado tarde, quizá por eso, todos los tiempos son tiempos de esmaltes y camafeos.
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