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Jueves, 31 Mayo 2012 02:00

Místico Emperador, fue Sublime Ramera

Escrito por  M. de Mortimer
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Ante la gran Piedra Negra de hinojos, el joven Emperador y Sumo Sacerdote del Sol meditaba mórbidos placeres increíbles. El fastuoso Templo, de oro cubierto, cegaba con su inmenso brillo y solo las fúlgidas esmeraldas del nuevo César admitían tanto esplendor. Los hechiceros le mostraban los encantadores efebos traídos del Oriente, destinados a ofrendar sus vidas a sacrificios y violaciones. Pronto se celebraría su primer matrimonio, uno más de sus repudiados caprichos: una sacerdotisa romana, una bella virgen vestal cuya pérdida de virtud escandalizó al Imperio. Llegarían poco después otros casamientos, como el que le unió con un esclavo de dimensiones titánicas. Por excelso deseo del Emperador, el gigante luciría el laurel y él gozaría como Emperatriz.

Millares de emisarios recorrían el mundo en busca del milagro de un cirujano. Su último sueño era poseer el sexo de Venus. Como una diosa, satisfacer el violento desenfreno de hombres colosales. Mientras tanto, ocupaba al anochecer las tabernas y burdeles más putrefactos en una desmesurada ansia de pasión masoquista. O en el mismo palacio imperial, desnudo, con abusivo maquillaje nimbando el rostro, se ofrecía en danza lasciva, con su voz de sirena deslizada por el corredor donde tantos hombres, que más tarde serían sus verdugos, estrellaban las enhiestas naves en el prostíbulo de su habitación.
Los banquetes organizados en palacio glorificaron en extremo la gula, el arte culinario más exquisito y las bromas más macabras. Los excesos derrochados acababan con los comensales, bien por el placer de la comida, abundante y deliciosa, o bien por la intrusión de algún ingrediente inesperado, como el bronce de un dios pagano, ricamente elaborado. También los leones eran inesperados. A tales orgías acudía gente dispar y extrañamente elegida: héroes de la gula, enfermos, viejos osados de libido y de porte filosofal, compañeras meretrices, altos y odiosos dignatarios de juiciosa moral… De suprema delicadeza fue la muerte de los invitados mediante un diluvio de pétalos de rosa.
La vieja Roma era incapaz de soportar a un adolescente emperador afeminado, vestido de púrpura y oro, de exótica tiara coronado, que llegó a la ciudad eterna desde lejanas tierras con un deslumbrante y depravado cortejo nunca visto, reclinado sobre almohadones de lujosas telas orientales en lo alto de un carro afectado de raras piedras preciosas, tirado por hermosas mujeres desnudas -¿o fueron terribles tigres de fauces prehistóricas?- y mostrando sobre pedestal inmenso al nuevo Dios El-Gabal, en la forma de una piedra negra -divino falo- que aplastaría a todos los dioses triunfantes del Olimpo romano. Luego vendrían perversiones inimaginables, cuyos hechos los historiadores jamás se atrevieron a escribir. Tan solo los más procaces dejaron un fino tapiz. La grandeza con que dilapidó las arcas del Imperio no fue tan grave como la exhibición del placer más incomprendido.
El gran Emperador, el delirante Sacerdote, el Artista inaudito avanzado a toda época, fue asesinado por todos. Su bello cadáver de dieciocho años, arrojado al cementerio del Tíber, donde moran tantos ilustres.


La degradación de nuestro siglo, qué lejos queda de aquel refinamiento intelectual.

Simeon Solomon, Heliogábalo, Sumo Sacerdote del Sol

Lawrence Alma-Tadema, Las rosas de Heliogábalo

M. de Mortimer

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