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Viernes, 15 Junio 2012 02:00

Monsieur de Mortimer

Escrito por  M. de Mortimer
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Masque ou décor, salut! J´adore ta beauté (Baudelaire)

Los viajeros franceses conocieron a Monsieur de Bougrelon en el asfixiante burdel de una ciudad colmada de espejos. Los respetados caballeros quisieron, en esa codicia hidalga del desclasado, olisquear las sombras hediondas que rugen escondidas para el casto paseante. Y allí se apareció, como un espectro, el tal Monsieur de Bougrelon, viejo heredero de una extinguida aristocracia. Era un cadáver profusamente acicalado: el maquillaje adornaba su rostro de un color excesivo, de rara tonalidad violácea que parecía contener una carne pútrida, la que dejaba entrever unas manos ambarinas cuyos alargados dedos eran estrujados por ostentosos anillos, cubierto de un elegante, pero anticuado atuendo salpicado de falsos zafiros y esmeraldas, un raído sombrero de copa que sujetaba una espesa peluca, y el bigote encerado. El extraño personaje se ofreció a ser el guía de los turistas en la ciudad y su orgullosa oratoria les inquietó tanto como la noble distinción que sugería su grotesca figura. Además de mostrarles los lugares más curiosos y emblemáticos de la urbe, les relató historias fabulosas de su vida y de su exacerbada sensibilidad. Empezó por describir a su gran amigo, Monsieur de Mortimer, último descendiente de una raza ilustre de alto espíritu aristocrático, cuya exquisitez abrumó a todas las esferas sociales hasta caer derrotado. Su indumentaria, su compostura, la impertinencia de su soberanía sensitiva resultó insoportable para todos y tuvo que exiliarse tras dar muerte en un duelo. Monsieur de Bougrelon le siguió y éste era el motivo de encontrarse ahora con compatriotas en el extranjero. Aunque Monsieur de Mortimer se hallaba ausente por unos misteriosos asuntos, la constante evocación de su compañero lo convertía en una presencia fantasmal: “Admiren estas pinturas primitivas, la inocente perversidad de esos ojos azules, ¡ah! si estuviera aquí Monsieur de Mortimer les embrujaría con su elocuencia; les he comentado ya que siempre compartió conmigo sus amantes…”.

Los turistas franceses cada vez se sentían más perplejos con Monsieur de Bougrelon, que les abandonaba repentinamente y no se exhibía en varios días, argumentando eminentes tertulias inexcusables o citas con damas de alcurnia y belleza legendarias. Aunque el ilustre y decrépito anciano distaba lejos de seducir nobles hermosuras, la altivez de su porte y su lengua cautivadora parecían capaces de hechizar a dios y al diablo. Una venda en un ojo, decía, delataba la agresión con una aguja de oro de cierta dama celosa. Se declaraba un loco adorador de los retratos de museo, de sus muertas amantes cuyas vidas los lienzos han detenido y que, claro está, también enfebrecieron a Monsieur de Mortimer; y también de las galerías de moda antigua, que le provocaban una “imaginaria lujuria”, y repetía estas palabras con voz de ultratumba. Un día les presentó por fin a Bárbara. Estupefactos, descubrieron que se trataba de una caniche blanca que Monsieur de Mortimer adornó con un collar de turquesas y que más tarde degolló porque no soportaba su obsesiva mirada glauca. La piel de la perra, teñida de negro en signo de luto, formaba parte de su vestimenta mientras les relataba la historia. Las excentricidades del longevo caballero fascinaban, aterraban y agredían la comprensión de los turistas.

Llegó el momento de la despedida y los viajeros franceses presintieron que Monsieur de Bougrelon era un enigma pese al relato de la novela de su vida. Pero aconteció algo imprevisto después de perder el tren que les llevaría otra vez a la prosa cotidiana. Aprovecharon para perderse por las tabernas del puerto, un oscuro lugar, peligroso, donde se hermanaban las borracheras de los marineros, el negocio del hampón, el baile y las canciones, la prostitución y la muerte… Y en uno de los tugurios más infectos, el rostro exangüe y el talle erguido de Monsieur de Bougrelon sobresalían en una pequeña tarima. Sus manos no sostenían ningún espejo de plata cincelada ni su gran bastón de pomo turquesado. Tocaba un violín y a su lado una marchita sexagenaria hacía llorar un arpa antiquísima. Respetaron la voluntad de Monsieur de Bougrelon de no reconocerle cuando cruzaron un instante las atónitas miradas.

Adoro la belleza de las máscaras.

Monsieur de Mortimer

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