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Viernes, 16 Mayo 2014 16:09

CINCO INSTANTÁNEAS DEL GRECO

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot. La Taberna nº 27. ISSN: 2255-0828.
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1614. Luis de Góngora, “Inscripción para el sepulcro de Domínico Greco”. Nada más elegantemente incrustado al sepulcro del Greco que los lucientes versos marmóreos de Góngora. Entre pinceladas y sintaxis retorcidas, la extravagancia perseguirá a ambos artistas hasta su transparente genialidad del siglo XX. El ojo feroz del poeta culterano nos increpa impasible, ya para siempre con orgulloso desdén. Debió esculpir el encomio al pintor con la absoluta certeza de sus semejantes destinos: una selecta marginalidad, un arte único demasiado nuevo que será extraño a los clarines de la Fama.

1884. Joris-Karl Huysmans, À Rebours. Un Cristo siniestro, de trazo exagerado y de un verde cadavérico, adornaba el dormitorio del personaje más a contrapelo de la historia de la literatura. La casa solo exhibía las pinturas de la más rara inspiración, un estilo nuevo asentado en una antigua fantasía, un programa estéticode delirantes ensoñaciones, todo ello alejado de las costumbres y gustos de sus contemporáneos. El duque Jean Floressas des Esseintes contemplaba el lienzo del Greco todas las mañanas antes de dormirse y se imaginaba lejos del mundo, fuera del alcance de utilitarios e imbéciles.

1890. Ignacio Zuloaga llega a París. Con apenas veinte años el pintor vascongado llega a París y descubre al Greco. Los viajeros románticos ya habían anticipado el valor artístico del cretense, como el maestro Gautier examinó: “reina una energía depravante, una potencia enfermiza, que delatan al gran pintor y al loco genial”. Sin detenerse en Madrid, Zuloaga marchó a Toledo y se presentó en la capilla que guarda “El entierro del conde de Orgaz” una noche sin estrellas. Imposible la espera hasta la mañana siguiente, compró al sacristán por unas monedas y admiró la pintura a la luz de los cirios. A su regreso a París, adquiriría varios cuadros del Greco que serían mostrados en solemne procesióndurante las terceras “FestesModernistes” de Sitges (1894).

1900. Pío Baroja, “Retratos del Greco”. El misterio perdura indescifrable en los caballeros del Greco. Malvados o virtuosos, Pío Baroja les pregunta quiénes fueron y qué hicieron, mientras aventura dolorosas angustias y describe las elegancias oscuras del ropaje o las palideces de espectro de sus rostros. En las evocaciones de Pío Baroja, publicadas en El Globo, ya figuran los elementos tópicos de los sonetos modernistas. El Greco, convertido en símbolo del alma castellana, representaba uno de los temas predilectos para los escritores españoles del fin de siglo. La literatura, en todos sus géneros, no ha dejado hasta hoy de ofrecernos retratos de este genio universal.

1950. Luis Cernuda conversa con Fray Hortensio Félix Paravicino.En los azares del exilio, dos poetas se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Boston. Paravicino, el vate barroco que, como su maestro Góngora, había cantado al Greco, se hallaba enfrente de Luis Cernuda. De tal entrevistameditan los versos de “Retrato de poeta”, en que el lienzo -pintado por el Greco- y su personaje -Paravicino- le sirven a Cernuda de correlato a su experiencia vital. El discurso dialógico con la obra artística y el sujeto representado permite mostrar al autor la soledad del exilio y sus tristezas.

 

El Greco, Visión del Apocalipsis

Modificado por última vez en Domingo, 25 Octubre 2015 18:06

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