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Lunes, 17 Diciembre 2012 01:00

Iluminando las sombras de Grey

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot. La Taberna nº 9
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-Qué bello estás ahora -dijo ella-, tu mirada, semicerrada como en un éxtasis, me cautiva, me arrebata, tu mirada sería maravillosa si murieras a latigazos, en la agonía. Tienes la mirada de un mártir. (Sacher-Masoch, La Venus de las pieles)

A la sombra de las sombras de Grey abunda demasiada literatura olvidada del gran público. El libro en cuestión, según críticos avezados, atesora la mediocridad que suele engalanar las superventas. Se dice de este fenómeno editorial, acuñado por no sé quién como “porno para mamás”, que ha despertado los instintos sexuales más ocultos de mujeres aburridas o de señoritas a la espera de un príncipe azul de sensualidad cañera con un contrato sadomasoquista bajo el brazo. Mucho se ha invertido en su publicidad, en una fastuosa y conceptual estrategia de marketing que ha revolucionado el sector de la novela romántica. La elección de una portada sobria -“que no da vergüenza llevar en el metro”- ha sido decisiva en el éxito comercial de la trilogía (Carmen Mañana, El País, 12 de septiembre de 2012, declaraciones del responsable de diseño de Grijalbo, Ferrán López).

La admirable editorial Valdemar reeditaba en 2010 el clásico del austríaco Leopold von Sacher-Masoch (1836-1892), La Venus de las pieles (1870), novela romántica de contratos sadomasoquistas, en cuya portada, unas nalgas sugestionan la flagelación. Son el hombre y la novela que inspiraron al profesor Richard von Krafft-Ebing, a utilizar el término “masoquismo” para designar dicha conducta sexual en su célebre Psychopatia sexualis (1886). Como bien se sabe, el masoquismo es una perversión sexual que persigue el placer mediante la humillación y el dolor. Disipar las actuales sombras que ocultan a la obra paradigmática del masoquismo puede resultar iluminador.

Freud nos diría que todo sucede en la infancia. El niño Sacher-Masoch, oculto en el armario de la habitación de sus tíos, observó una escena que marcaría a fuego la vida del escritor: su tía recibiendo a un bello joven en la cama matrimonial. Al ser descubierto, el inocente voyeur fue atizado por su tía con una fusta. Lo que representaba un severo castigo, con el tiempo se convertiría en placer absoluto, insaciable fantasía. Realidad y ficción, vida y obra, recorrerán un viaje fascinante en que la imaginación tejerá una maraña de aspiraciones de raras voluptuosidades.

Nacido en el seno de una familia de la nobleza austríaca, Sacher-Masoch tuvo una sólida formación en historia y filosofía que le impulsó a dedicarse a la docencia universitaria. Pero la precocidad de su mente fabuladora, gustador de forjarse leyendas inauditas, ya auspiciaba al novelista. Abandonó la carrera universitaria por dedicarse al complejo trabajo de la literatura, dejando una obra abundante y desigual, tristemente olvidada salvo algunas ficciones eróticas. Previo a la aparición del citado relato paradigmático, el masoquista emergió en su propia vida. De su relación con una mujer casada, se conserva un insólito contrato que lo comprometía a convertirse en esclavo de la amada. Años después, y tras la publicación de La Venus de las pieles, firmaría otro contrato similar con su esposa. La obsesión del escritor pasaba por representar en su propio matrimonio las extravagantes escenas masoquistas de la novela. Inadmisible para la sociedad de su tiempo, el escándalo llegó a los tribunales y se conocieron los detalles más morbosos, narrados por los mismos protagonistas. Según ella, la inspiración de su marido escritor dependía de una sesión de azotes.

Una copia del cuadro de Tiziano La Venus del espejo se oponía, en el lujoso salón, a La Venus de las pieles, pintura que representaba a una hermosa mujer, desnuda bajo oscuras pieles de cebellina, látigo en mano y con un pie descansando altivo sobre la espalda de un hombre servil como un perro. La mirada del esclavo delataba una excitación idólatra hacia su ama. Emulando al maestro veneciano, el óleo sugería una historia de belleza, crueldad y sumisión. Con esta delicada imagen empezaba la obra de Sacher-Masoch. La cita bíblica inicial: “El señor lo ha castigado por medio de una mujer” (Judith, 13, 15), sería respondida: “¿qué puedo hacer yo para que me castigue?”. Aquí surge la mujer sádica, déspota y aristocrática, envuelta en ricas y estimulantes pieles -germen de toda la posterior parafernalia fetichista-. La bella Wanda corresponderá a su amante-esclavo, Severin, en todos sus deseos de adoración extrema, cuyos insospechados límites vislumbran la locura y la muerte.

 

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