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Viernes, 22 Mayo 2015 17:44

LOS PASEOS POR ESPAÑA (1849-1850) DE JOSÉPHINE DE BRINCKMANN (II): LA VISIÓN DEL ARTE

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot artículo nº 38. ISSN: 2255-0828.
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La lectura de Los paseos por España nos descubre a una viajera con un gran interés por el arte. La mayor parte del relato está dedicado a la descripción de arquitecturas y museos. Si bien, como ella misma dice, no es una especialista ni tampoco su pluma tiene el genio de Gautier, su emocionada observación fascina al lector con gran amenidad y precisión. A continuación, vamos a realizar un recorrido por las ciudades que la autora de Paseos por España visitó y las impresiones artísticas que le causaron. 

En Burgos encontrará uno de los edificios que más le impresionarán durante todo su viaje: la catedral (“una joya, un sol, una maravilla”). Expresa la armonía del estilo gótico y sus elementos árabes, la admiración ante un Cristo del Greco, la lujosa ornamentación de los pilares que sostienen la cúpula y finaliza con una tajante afirmación: no hay en Francia una catedral que iguale a ésta.

            Valladolid tiene siempre en sus diferentes iglesias, según Brinckmann, algún atractivo, o un buen cuadro o una buena escultura o alguna curiosidad destacable. Sin embargo, la catedral pasa desapercibida después de haber visto la magnífica de Burgos. Los mayores elogios van dirigidos hacia la plaza del Real Palacio (“el más encantador ejemplo del estilo gótico del s. XV) y el museo de la ciudad, que encierra algunas obras maestras, como un gran lienzo de Rubens o la sillería del antiguo convento de San Benito.

            En Segovia le sorprende el acueducto y dice no haber visto nada tan hermoso. Como en Valladolid, recomienda visitar las iglesias, poseedoras siempre de algo destacado, y el Alcázar, muy bien cuidado. El interior de la cuidad le parece sombrío, que contrasta con su situación pintoresca.

            En cuanto al Real Palacio, en San Ildefonso, encuentra algunos aspectos desfavorables. Pese a la extrema suntuosidad de su interior, le reprocha “no tener esa grandeza que se espera encontrar en una estancia real”. Sin embargo, prefiere sus jardines a los de Versalles.

            Madrid le parece una “bonita cuidad”, aunque carezca de monumentalidad, con la excepción de las puertas de entrada. Le gustan los paseos, como los del Prado, los de la fuente Castellana y los del jardín del Buen Retiro, la sala del Teatro Español y la platería (orfebrería) de Martínez. Lamenta que el Palacio Real no esté terminado, porque, afirma, sería uno de los más bellos del mundo. De El Pardo destaca los tapices de sus apartamentos y de la Casa del Infante sus “habitaciones de un lujo arrebatador”. Por último, el Museo de Madrid le entusiasma: “es la más bella y rica colección del mundo”. Durante su estancia en la capital, dedicó todos los días unas cuantas horas a la contemplación de la pintura reunida en este museo. Se intuye una mayor filiación hacia los temas religiosos; Murillo el artista preferido. Termina esta parte del relato exhortando a las personas inteligentes y sensibles con el arte: “¡Id a Madrid!”.

            El Escorial le produce impresiones diferentes que enamoran su alma. Tras relatar su historia, considera que magnificencia y grandiosidad son sus atributos principales. En la iglesia “las maravillas de todas las artes nos suceden por doquier” y la cúpula del claustro principal considera que es digna de corresponder a una gran nación. En el palacio, Brinckmann llega a la siguiente conclusión: “Este palacio es también un museo, lo que me hace pensar que España posee en pinturas una riqueza incalculable”.

            La ciudad de Toledo le había sido descrita como detestable, pero ella concluirá que es sugestiva, poética y “de una melancolía de la que uno ya no se va a poder separar”. La catedral le sorprende por su majestad; en su interior destaca la sillería del cabildo, la custodia que hay en una capilla y su museo, donde hay una Sagrada Familia de Ribera “que es algo divino”. Estima imprescindible la visita a la iglesia de Santo Tomás para ver “El entierro del Conde de Orgaz” del Greco. Cuando vio las ruinas del Alcázar se quedó “sumida en un triste éxtasis del que no podía salir”. Para finalizar recomienda tres lugares: la fábrica de armas blancas, el hospital de san Juan Bautista y la ermita de Nuestra Señora de la Bala.

El palacio de Aranjuez (“situado en un valle encantador”) no posee, según su opinión, unos apartamentos propios de la realeza; sin embargo, sobresalen las pinturas, la porcelana china de uno de los salones y, sobre todo, los jardines, de los que le duele separarse. Asevera que, pese “a los encantos de este sonriente lugar, prefiero la imponente tristeza de el Escorial. El primero habla a los sentidos, el segundo al alma.”

En Córdoba, la catedral es lo que más suscita su curiosidad. Le causa, dice, “más asombro que admiración”, debido a la cantidad de columnas que soportan un edificio bajo, pero de gran extensión. Considera además que la antigua mezquita se ha echado a perder al ser transformada en iglesia cristiana. No obstante, la aconseja para el turista y añade que es interesante para el arqueólogo. Tres iglesias más y el museo completan su visita a Córdoba.

“Sevilla es una maravilla” escribe Brinckmann, ciudad donde encuentra más animación que en ninguna que ha visitado. Se sorprende de los buenos cuadros que hay en cualquier iglesia o casa rica, como la colección privada del cónsul inglés. Pasa unos momentos deliciosos en el Alcázar, “es una arquitectura coqueta, graciosa, que seduce por la perfección de sus detalles y por la precisa armonía de su conjunto”. La catedral encuentra su distinción en lo “grandioso de su nave” y sus diversas capillas la convierten en un museo lleno de obras maestras; una vez más, subraya el genio de Murillo. Desde lo alto de la Giralda, que describe minuciosamente, disfruta de una agradable visión de Sevilla. Otros lugares dignos de visitar según su criterio son la Bolsa, la fábrica de tabacos, la casa de pilatos, la universidad, la academia de bellas artes y, fuera de la ciudad, el hospital de la Sangre, del que escribe: “no creo que exista en ningún otro país nada tan bello y bien cuidado”.

Cádiz le ofrece belleza y temperaturas suaves. Brinckmann queda encantada con las vistas que tiene la cuidad desde el mirador, pero, afirma, que es escaso el interés artístico de la ciudad: no hay monumentos, ni iglesias hermosas (salvo la riqueza de mármoles y jaspes en la iglesia del Rosario), ni museos (algún cuadro de Zurbarán en la academia de bellas artes) y solamente el interior de la catedral merece ser visitada.

Después de visitar algunos pueblos cercanos a Cádiz, Brinckmann marcha a Lisboa, cuya posición “es una de las más deliciosas que se pueden ver”. Pero, asegura que no hay monumentos destacables, la catedral no es bella (“no pertenece a estilo alguno”), sólo dos iglesias merecen la atención del turista y no aconseja ir al museo ( sin embargo, en la academia de bellas artes posee algún buen cuadro, expresa, uno de Miguel Ángel). Desde allí, viaja a Belem para ver la iglesia del antiguo convento de San Jerónimo y un pabellón real y sus jardines. A continuación, se dirige a Sintra, “lugar maravilloso” donde pasa momentos muy agradables contemplando la naturaleza y donde visita el antiguo convento de la Pena, convertido en el castillo real de Mafra, cuyas obras no están terminadas por falta de dinero, circunstancia que lamenta la viajera porque el lugar le entusiasma. Su corta estancia en Portugal es satisfactoria.

Gibraltar, dice, es una ciudad fea, sólo impresiona su aparato guerrero, y concluye con el comentario “es lugar del que se debe huir”. Tampoco encuentra nada interesante artísticamente en Algeciras, Tarifa y Ronda.

En Málaga celebra su clima y la maravillosa vista que hay desde la ciudadela, llegando a exclamar: “Este hermoso país está de tal modo favorecido por la naturaleza que ha producido de todo y en abundancia” (p. 262), pero sólo la catedral y las ruinas de las viejas murallas del castillo árabe detiene al interesado en arte.

Granada es un “paraíso terrestre, donde todo lo que pueda encantar, embriagar la imaginación se encuentra allí reunido”. Desde la ermita de San Miguel aprecia una agradable visión de la ciudad que, recuerda en su relato, lideró en España durante ocho siglos las artes, las ciencias y la agricultura. Muchos lugares visita Brinckmann: la plaza de Bid-Rambla, el palacio árabe el Cuarto Real, la Alhambra (que le dedica una extensa descripción y se queja de su mal cuidado), el Generalife, la catedral, el palacio del arzobispo (cuya colección de pinturas, observa, es de mayor riqueza que el museo de Granada), las dos mejores iglesias (San Jerónimo y San Juan de Dios) y la iglesia de la Cartuja(la capilla de la custodia es para ella lo más notable).

Sigue el viaje por diferentes pueblos y paisajes. Desde el punto de vista del arte, destaca la iglesia de Órjiva y los buenos cuadros que hay en ella; en Murcia, la catedral y el antiguo convento de San Jerónimo, “que es uno de los más bellos y más grandes de España”; y cada una de las “iglesias mayores” de Elche, Alcoy y Alicante.

Considera a Valencia una gran ciudad, le gusta el clima y la riqueza de la huerta (aunque prefiere la de Granada), que “han hecho de ella fuente de inspiración para poetas y novelistas”. Manifiesta que hay muchas cosas que ver, como los establecimientos de beneficencia. La catedral es una visita obligada, con buenas pinturas y la mayor cantidad de objetos milagrosos que ha visto en España. También recomienda la academia de bellas artes, la universidad y la biblioteca, y la albufera si se quiere dar un bello paseo. Finalmente, le asombra el curioso y antiguo tribunal de los huertolanos.

Tanto en Sagunto como en Tarragona le duele contemplar las ruinas del florecimiento romano. En esta última visita la catedral, “que goza de una fama que encuentra justificada” (apunta, sin embargo, que no posee un buen cuadro), y el Puente de la Ferreras, “acueducto romano perfectamente conservado”.

La industralización de Barcelona le resta ese encanto poético que encontró en otros lugares del país (“si no fuese por la belleza de su cielo y de sus campos os haría olvidar que aun estáis en la Península”). No obstante, observa que la parte moderna de la ciudad está magníficamente construida. A pesar de que Barcelona, escribe, es poco monumental, sí hay edificios de grandes magnitudes como la bolsa, la aduana o el palacio real. La catedral, alguna iglesia y el teatro Liceo son otros atractivos artísticos que destaca.

Mallorca le parece un lugar encantador. De la catedral afirma que  “no recuerda haber visto nada tan bello en este estilo” (cree que es bizantino). Le asombra la cantidad de iglesias que hay en esta ciudad, pero sólo tres merecen ser vistas (San Francisco de Asís, Santa Eulalia y Santa Catalina). Más tarde, visita otras villas y pequeñas ciudades cercanas donde la naturaleza le parece lo más sobresaliente.

Zaragoza es de “una tranquilidad inaudita”, no hay que dejar de ver la lonja, la universidad, la academia de bellas artes, la catedral, la iglesia de Nuestra Señora del Pilar que, a pesar de no gustarle mucho, tiene unos frescos de Velázquez y “la Virgen más milagrosa de España”, y la iglesia de San Pablo.

Por otra parte, Brinckmann se sorprende de que el arte español sea poco conocido, hasta el extremo de preguntarse: “¿En qué país del mundo encontrarías más gran variedad que aquí?”. En otras ocasiones, se lamenta de los robos de pinturas, como algunos cuadros que fueron sustraídos por unos franceses durante la guerra en el monasterio de El Escorial.

Sin embargo, la autora posee un espíritu crítico y también expresa su decepción ante algunos hallazgos artísticos. Así, las columnas con capiteles griegos de la catedral de Burgos ocasiona “un pésimo efecto”. En el museo de Valladolid es lamentable “la confusión de obras maestras y los adefesios”. En el Real Palacio de San Ildefonso “daba pena ver los grupos escultóricos” porque estaban pintados con una pintura blanca que imitaba el mármol. Le asombra que Madrid carezca de catedral y que “incluso, no tiene una iglesia hermosa”. En Toledo lamenta profundamente el escaso mantenimiento de sus monumentos, la catedral está impregnada de “una suciedad que sobrepasa toda creencia”. En la catedral de Zaragoza piensa que es enojoso, para la belleza del conjunto, la ornamentación plateresca. Son sólo algunos ejemplos.

En cuanto a la música, comprueba que los españoles son amantes de la música, pero se echan en falta verdaderos profesionales. Critica la escasa calidad de las sarzuelas y considera hermosos los boleros y las seguidillas, aunque las letras, por el contrario, no las perciba como muy superiores. En Sevilla asiste a un baile donde se realizan danzas nacionales, considerándolas “bonitas y graciosas”, pero las castañuelas le causaron dolor de cabeza. En Murcia le desagradó la música de la misa, prefiriendo una serenata de unos ciegos. Y del órgano de la catedral de Palma escribe: “encanto de una música celestial”.

Como expusimos en el anterior “El viaje romántico”, referido a estos Paseos por España,Joséphine de Brinckmann publicó un relato de viajes de gran originalidad. Sentimos la emoción de una viajera que, al final de su aventura, el sueño español ha respondido a sus expectativas. En suma, Brinckmann demuestra sensibilidad y capacidad observadora para transmitir sus impresiones sobre monumentos, iglesias, pinturas o esculturas, pero también sobre paseos, tertulias o costumbres. Sensaciones que trascienden la mera descripción en un cautivador retrato de la España de mediados del siglo XIX que, en muchos aspectos artísticos, fue redescubierto por los viajeros extranjeros.

Modificado por última vez en Domingo, 25 Octubre 2015 18:08

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