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Domingo, 26 Abril 2015 16:37

LOS PASEOS POR ESPAÑA (1849-1850) DE JOSÉPHINE DE BRINCKMANN (I): EL VIAJE ROMÁNTICO

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot. La taberna nº 37. ISSN: 2255-0828.
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Una mujer francesa, a caballo y armada con dos pistolas Lepage, recorre la España de 1850. La intrépida aventurera es Joséphine de Brinckmann y las sensaciones de su viaje quedaron recogidas en la correspondencia que mantuvo con su hermano, publicada después en forma de libro en 1952: Paseos por España (1849 y 1850) (título original: Promenades en Espagne pendant les années 1849 et 1850;1º edición y traducción españolas a cargo de Mª Luisa Burguera Nadal en 2001, Madrid, Cátedra). 

Mme. de Brinckmann, perteneciente a la alta sociedad francesa, de ideología tradicionalista, de bizarro temperamento a juzgar por la dureza del viaje, literata ocasional con este libro epistolar, publicaba Paseos por España seducida por el género del viaje romántico. A partir de la guerra de la Independencia serían atractivos para los franceses la crueldad y heroicidad mostradas por los españoles en la guerra, el bandolerismo y el descubrimiento de la pintura hispánica. Además, otros factores ayudaron al acercamiento entre los dos países: deportados españoles en Francia, huida de afrancesados, viajeros franceses a España después de la guerra y, más tarde, las guerras carlistas, que promovieron la llegada de españoles al país vecino. Como señala Burguera “los residentes en París se esforzaron con ser los intérpretes de una cultura que no había sido comprendida y trataron de combatir los prejuicios contra España”, convirtiéndose en el “país romántico por excelencia”, puesto que los románticos tenían predilección por los países orientales y del sur, donde se habría un mundo de fantasía que escapaba a su aburrida realidad. Y España, lugar que reunía estas características, era como una puerta hacia lo exótico y desconocido. La búsqueda de lo pintoresco, los  componentes árabe y medieval o el teatro y la pintura del Siglo de Oro, fueron atractivos del viajero; sus maestros, Hugo, Merimée y Gautier.

            Apasionada del viaje español, para Brinckmann representó la vivencia de un sueño y el fin del mismo la vuelta a la realidad. Bajo un cielo que invita a soñar, el Alcázar de Sevilla le parece “la realización de las Mil y una Noches; el espíritu y los sentidos se encuentran bajo un encanto embriagador”, y “uno se cree entre las hadas”. Constantemente, Brinckmann hace alusión a la melancolía -nada más melancólico que los campos de Algeciras, escribe- y al poder de sugestión imaginativa que posee España.  Un claro lirismo acompaña todo el relato. La autora no sólo describe lo exterior, sino que deja también en el texto las sensaciones que le despiertan sus dispares visitas. Cuando está a un paso de cruzar la frontera se apodera de ella una emoción incontrolable. En varias ocasiones expresa su insatisfacción por no poder describir con palabras aquello que siente o contempla, como la catedral de Burgos o las cuevas de Artá, en Palma de Mallorca, definidas como “obra maestra de la naturaleza”. Todo es visto desde una sensibilidad artística: Toledo exhala un “perfume de poesía ensoñadora”, las orillas del Manzanares son de “una naturaleza verdaderamente poética” y las ciudades, por ejemplo, de Sintra -“cantada con justicia por Lord Byron”, afirma- y Granada adquieren en algún momento del texto una honda impresión lírica. No así Barcelona, cuya modernización, “Todo aquí revela una civilización avanzada y costumbres de gran ciudad”, le restaba ese encanto exótico buscado por los románticos.

La relación que mantuvo Brinckmann con gente de España fue muy satisfactoria. Pero, pese a que nos describe su amabilidad y hospitalidad, no quiere mantener una excesiva confianza. Por ejemplo, el guía que le acompañó a Algeciras lo describe como amable y excelente conversador, aunque tuvo que frenar el exceso de familiaridad que iba adquiriendo, característica que generaliza a todos los españoles. La aparición de una viajera que recorre sola todo el territorio español provoca asombro y expectación. En Burgos exclama: “¡Dios mío, qué cosa más extraña en esta ciudad es la presencia de una extranjera!”; o en Ronda: “No te podrías imaginar la curiosidad que causó mi llegada”; y en Ugíjar asevera que la ciudad entera le rodeaba, pues quizá jamás habían visto a una extranjera. Subyace en estas escenas el gusto de la dama francesa por exhibir una distinción aristocrática. En el transcurso del viaje, siempre se ofrece algún caballero para servirle de cicerone o guía. En Valladolid se sorprende de las palabras de uno de estos caballeros que debía llevarla hacia Segovia: “estáis confiada a un español y eso quiere decir que os defenderé hasta la muerte”. Algunas veces, lleva una carta de recomendación, como en Cádiz, “tierra de verdadera hospitalidad”. En Gibraltar, el cónsul de Prusia es su cicerone, en Madrid pasa su estancia en la casa de un diputado, donde “obtuve todos los beneplácitos”, y en Málaga “la hospitalidad española llegó a su más alto grado”.

Sobre algunas costumbres españolas -en Andalucía encuentra las más originales-, referiré algunos ejemplos de la viajera. El peculiar cortejo de los novios a las jóvenes en Sevilla. La ejecución de un criminal en Madrid le parece un espectáculo repugnante, en contraste con la animación del pueblo. Asiste a una corrida de toros que, si bien reconoce la valentía de los toreros, no encuentra atractivo en una fiesta que pueda tener un final terrible. La procesión del día del Corpus en Barcelona, en su opinión extraña pero también magnífica.

En cuanto a los relatos de salteadores de caminos, Brinckmann se muestra escéptica. Al acercarse a Madrid, el guía le comenta que van a pasar por un lugar frecuentado por bandidos, pero no ven a ninguno. Cuando se dispone para partir hacia Córdoba ironiza preguntándose si la dejarán pasar esos bandidos que han matado a tantos viajeros. Sin embargo, en Tarifa, el guía le dice que el hombre que han visto en el camino con una carabina es el famoso ladrón Mella, quien, conocido de su interlocutor, los ha dejado pasar. En Ronda le sugieren viajar con escolta si se dirige a Málaga porque en las montañas se esconden bandidos, y la viajera explica en su obra la dificultad que hay en prenderlos, por lo que adquiere más respeto hacia el tema del que tenía en un principio.

En cuanto a su recorrido por las tierras españolas, en numerosas ocasiones se queja Brinckmann de las malas condiciones de los medios de transporte y de los caminos. Por nada del mundo subiría en una galera -especie de carro- después de ver una en Burgos. La diligencia le es muy molesta y muchas veces viaja a caballo o en mula. La carretera que le conduce a Madrid afirma que es abominable, la de Toledo sería imposible en otro país, en Sevilla sentencia: “si fuese reina de España y viese semejante cosa en mi reino, los ingenieros de esta provincia serían colgados en veinticuatro horas”. Para llegar a Ronda, simplemente, no hay ningún tipo de camino. Pero, curiosamente, la carretera de Granada-Motril hace gran honor a quien la ingenió: un francés. Otro de los aspectos en los que no vierte una buena opinión son las posadas, en su mayoría sucias, nada confortables y con una pésima comida, aunque ella misma reconoce su sibaritismo. La fonda de las Peninsulares de Madrid“¡es abominable!, ¡qué olor!, ¡qué cocina!, qué habitaciones!”. En Órjiva la posada donde se aloja es tan fea y sucia como el pueblo, y la dueña “la más necia bruta del mundo”. Aunque sí destaca la hospitalidad de los dueños, como en la fonda de la Vizcaína en Madrid, donde “todo el establecimiento se puso a mi servicio”.

A través de la obra se puede adivinar la aristocracia a la que pertenece la autora. Los comentarios políticos se suceden y siempre encuentra algún tertuliano para zaherir los ideales republicanos y revolucionarios. Considera una barbaridad moderna la Constitución de 1812. En alguna ocasión compara a los bandoleros de las montañas con los republicanos o critica duramente las desamortizaciones eclesiásticas. Se percibe en la viajera un sentimiento religioso que aflora con fuerza en momentos propicios para ello, como en su visita al El Escorial, donde la tranquilidad del monasterio invita a elevar el alma hacia Dios. La lectura del libro también deja espacio para que la autora ejercite su sentido del humor. El escaso caudal del Manzanares es “quizá como el rostro de un republicano en busca de una idea que no llega” (p. 119). En un barrio de Madrid dice que la gente es muy sucia: “no ha tenido contacto con el agua desde su bautismo” (p. 113). Y las baldosas del Patio de los Leones de la Alhambra “están en bastante mal estado para que se reconozca que los siglos ya las han visto” (p. 275).

Joséphine de Brinckmann publicó un relato de viajes de gran originalidad. Pese a sus afirmaciones sobre el carácter objetivo de las cartas, en ellas se siente constantemente la emoción de quien las ha escrito y reelaborado para su publicación. Al final de su aventura, el sueño español ha respondido a sus expectativas. En suma, Brinckmann disfruta de su viaje y lo trasmite al lector, demostrando una gran sensibilidad y capacidad observadora. Desde monumentos, iglesias, pinturas o esculturas, hasta paseos, tertulias o costumbres, todo es descrito con precisión y destila un perfume amable que invita a la lectura y a crear unas sensaciones que trascienden la mera descripción.

Modificado por última vez en Domingo, 25 Octubre 2015 18:08

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