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Domingo, 25 Octubre 2015 17:23

El miedo que alimenta al mal contra la responsabilidad de llamarse seres humanos.

Escrito por  J. Aguinaga
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Ahora que para los medios de incomunicación internacionales estas noticias ya no acaparan los focos ni las primeras planas, no está de más acordarse del drama de los refugiados. Además desde estas líneas pedimos sinceras disculpas como miembros de ese engendro llamado occidente por solo haber centrado los focos cuando las legiones de refugiados buscaron el amparo de la vieja Europa, que se llenaba la boca con sus derechos humanos hasta que le tocaron el bolsillo.

Cierto es que el drama de los refugiados no es en exclusiva sirio, ni ruandés, ni afgano, ni de ninguna nacionalidad. Es un drama sobretodo humano, y como tal la sociedad que se dignara a llamarse a sí misma como tal, debería responder primando la atención y el socorro antes que otros intereses, siempre oscuros, siempre perversos, siempre económicos. Más aún en el mundo globalizado que pretenden vendernos, y que no deja de ser una quimera primitiva e interesada.

Lo cierto es que el fantasma del racismo y la xenofobia se vierten por la vieja Europa. Una Europa que ha olvidado la Gran Guerra, el fantasma del fascismo y el telón de acero. Una Europa plegada al interés económico imperialista de la primera potencia mundial, que logró esa primacía dejando que la vieja Europa, la misma que ahora rinde pleitesía, se desangrara.

Muchas son las discusiones, muchas las tertulias sobre refugiados que se han iniciado en estas semanas en bares, cafés, parlamentos y esperemos que universidades de todo el continente. Pronto en dichas tertulias, que acaban derivando en discusiones, se ha mezclado refugiados con inmigrantes, cuando nada tienen que ver. Más veces aún, una vez llegadas a ese punto, el falso nacionalismo irracional ha vertido sobre la conversación el halo de xenofobia, y han acusado a las personas foráneas de beneficios vetados a los nacionales. Dichas opiniones, cuyas personas que las emiten deben ser respetadas, pero cuyas opiniones suelen poco versadas en más de una ocasión, obvian en dichas críticas el arraigo, la red de asistencia familiar o la necesidad de evitar los guetos para promocionar la integración y evitar problemas mayores.

No son opiniones vertidas por la malignidad de quien las realiza, aunque sean perversas en sí mismas. Celos, ignorancia y el sentimiento de comunidad del que se benefician las posiciones xenófobas ayudan a verter dichas opiniones. La existencia de sociedades cerradas y demasiado tradicionales ayuda a estas expresiones, que no debe si no preocuparnos y alertarnos: es peligroso ese movimiento de la sociedad.

Si hacemos memoria, sabemos dónde terminan dichas expresiones a la larga. Hay que evitar el caldo de cultivo. Hay que predicar con el ejemplo de ser sociedades avanzadas, no solo llenarnos la boca con ellos.

Gritar “que vienen los bárbaros” no evita la llegada ni convierte a quien llega en bárbaro. Solo provoca miedo y alimenta tendencias indeseables.

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