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Sábado, 23 Enero 2016 15:55

La ceguera de la sociedad.

Escrito por  J. Aguinaga
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Nuevo año y mismos problemas, aunque no los veamos. Es muy alarmante la facilidad con que pasamos página en la sociedad occidental, como si el cambiar continuamente la fachada del edificio impidiera la podredumbre interior, cuando sólo la esconde a nuestros ojos.

Occidente lloró con el niño ahogado en la playa turca, pero niños siguen muriendo casi a diario en Turquía, y no nos importa. Occidente lloró por las víctimas de la tragedia de París, pero tragedias similares ocurren en Turquía, África, América Latina... y no lloramos igual. Tampoco es importante que nuestros ojos no viertan lágrimas de cocodrilo. El problema es que ni nos planteamos sentimientos ante el deslumbrante pasar de noticias expuestas de manera superficial. En el fondo, lo que hacemos es perder nuestra libertad.

            Que el individuo occidental ha perdido la conciencia de clase es una realidad, con todo lo que ello comporta. No implica esto solo un descontento con, por poner un ejemplo, los sindicatos y sus organizaciones. Es además un problema individual, de realización personal. El sistema, y los intereses que lo dirigen en la sombra, buscan un individuo social desconectado de su entorno inmediato. En la época de las redes sociales y la conexión mundial, es cuando más solo está el personaje ante la inmensidad de su pequeñez. No solucionamos esto con herramientas de conocimiento, sino que como el soma que utilizaban en la obra de Aldous Huxley, empleamos drogas. Son las modernas drogas el consumo, la moda, el “estilo”... contenidos vacuos y vacíos que proporcionan una pequeña dosis de satisfacción personal de duración muy limitada, que te hace querer más. Y así, la sociedad se vuelve dependiente de una serie de estímulos artificiales que le vuelven ciego a la realidad. Solo vemos el brillo, no lo que emite ni quien lo emite. Y una sociedad de brillos, es una sociedad falsa.

¿Y qué ocurre con el disidente de este sistema? Es señalado, apartado, excluido del rebaño. Porque no es un colectivo o grupo social autónomo lo que se genera, con el beneplácito del ámbito educativo, es un rebaño. Porque así, privando de frustraciones y sacrificios, vendiendo la idea de una arcadia feliz, es como se consigue que el individuo tenga miedo de perder lo que cree que tiene. Una falsa idea de bienestar que le obliga a no salirse en exceso de la línea marcada y así, con ciudadanos rebaño, es como se mantiene hoy en día la sociedad de clases: oculta y escondida de la vista, como buen depredador, pero esperando para saltar sobre los derechos inherentes a todo ser humano.

¿Se puede resistir? No en solitario, solo en colectivo, pero eso hoy en día es nadar contracorriente. Es mucho más cómodo nadar en una piscina, beber, salir de fiesta, ver Gran Hermano, ir al fútbol o hablar sobre estupideces, en lugar de recordar el drama sirio, la explotación infantil, el agujero de la capa de ozono, la deforestación o las especies en peligro de extinción. A quien recuerda ello, que le llaman militante, yo le llamaría ser humano. A los otros, ciegos. Y no hay peor ciego, que el que no quiere ver.

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