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Sábado, 23 Enero 2016 15:58

ALTA VEGETACIÓN DE HIERRO: LA POESÍA COMO INSPIRACIÓN DEL CINE DE VANGUARDIA

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº XLIV, ISSN: 2255-0828
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Entre las aportaciones culturales de las vanguardias del siglo XX figuran las llamadas “sinfonías urbanas” o city films, obras cinematográficas cercanas al documental que durante los años veinte proliferaron significativamente como género peculiar. Sus creadores -algunos provenientes del arte pictórico o fotográfico- indagaron en la fascinación de la ciudad moderna, en un momento en que la nueva figuración de los grandes espacios urbanos y los avances técnicos en la proyección de imágenes en movimiento confluyeron en una original propuesta del séptimo arte. La ausencia de una ficción narrativa en estas “sinfonías” del cine mudo, entregadas a la captación lírica de las imágenes -con la posterior decadencia en el sonoro-, vincularon sus postulados en torno a una clara interrelación con la poesía, en manifiesto rechazo hacia la novela y el teatro.

A propósito del reciente ensayo de Darío Villanueva, Imágenes de la ciudad, con subtítulo Poesía y cine, de Whitman a Lorca (Madrid, Cátedra, 2015), nos detendremos en dos “filmes de ciudad” de significativas correspondencias entre ambas esferas artísticas. El protagonismo de la urbe como materia cinematográfica en estas obras experimentales de los años veinte, ya se vaticinaba con la célebre proyección de la salida de los obreros en una fábrica de Lyon, de los hermanos Lumière, en1895. Pero, la singularidad de la primera obra a la que vamos a aludir, Manhatta (1921), de Charles Sheeler y Paul Strand, reside en su representación visual de los versos de Hojas de hierba de Walt Whitman, libro escrito a lo largo de la vida del poeta, cerrado en 1892. El carácter visionario de la lírica de Whitman y, en suma, la imaginación de los cineastas, vencieron la prueba del tiempo, pues el corto documental recorre escenarios que no pudo contemplar el bardo. Así, la elección de determinados versos -algunos del casi homónimo “Mannahatta”, de cuya composición tomaron el título los cineastas-, estampados en las diversas cartelas del filme, estructuran y dan sentido a las imágenes de Sheeler y Strand. Convertidos en el auténtico guion de la película, los versos de Whitman ofrecen una poderosa sugestión a sus sucesivas secuencias. En este ejercicio de mímesis doble -la obra artística es representación de otra, que a su vez se ampara en referentes visuales, como el caso de la ciudad-, que Darío Villanueva viene en consignar como “écfrasis inversa” -pues écfrasis se define como traslación literaria de una obra visual-, desde la aurora al ocaso diferentes planos de Manhattan y su particular dinamismo esplenden toda la belleza que pretenden confiar sus creadores: el transbordador desbordado de viajeros, los imponentes rascacielos o las nuevas maquinarias de los obreros en plena actividad de construcción. Como concluye Darío Villanueva, los autores de Manhatta quieren ser fieles al espíritu whitmaniano y, al igual que el poeta, realizan un canto a la ciudad, a sus multitudes y al progreso humano en sus formas más distintivamente modernas.

            Diferente al canto democrático y futurista, ardientemente entusiasta de Whitman, es el de otro poeta clave de la modernidad, Charles Baudelaire, relacionado con gran acierto en el ensayo de Darío Villanueva con el film de Ricardo Cavalcanti, Rien que les heures (1926). Indiscutible bardo de los cuadros urbanos de París y del hombre de la multitud, el escritor francés -quien tradujo a Poe y asimiló a su poética este último tema- vertió en su obra una visión angustiada como morador de la ciudad a la que se halla intrínsecamente unido. Dandi o bohemio, desde el esteticismo simbolista el poeta se identifica con los seres desclasados de París y, en palabras de Walter Benjamin, busca asilo en la multitud. Establece Darío Villanueva la asociación de los personajes de Cavalcanti con los prototípicos del mundo baudeleriano: prostitutas, clochards, mendigos, flâneurs y otros marginales -y quizá habríamos de añadir el bestiario, como los gatos-. La denuncia social que subyace al malditismo de Las flores del mal o Pequeños poemas en prosa inspira Rien que les heures, hasta llegar incluso a las correspondencias textuales. Tan solo un ejemplo: compárese la vieja decrépita y tambaleante del filme, en plano picado, con “Las viejecitas” de Baudelaire.

            La experimentación vanguardista de estos cineastas se había amparado en las imágenes que la tradición poética moderna brindaba con toda su novedosa fuerza expresiva. Desde la reivindicación de una independencia creativa, el incipiente lenguaje fílmico se impregnaba de un lirismo de inequívoca plasticidad artística.

Modificado por última vez en Sábado, 23 Enero 2016 16:37

Medios

Manhatta (1921) | Paul Strand - Charles Sheeler

Rien que les heures (1926) | Alberto Cavalcanti

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