Error
  • Error de carga de datos de alimentación
  • Error de carga de datos de alimentación
Miércoles, 29 Junio 2016 16:37

LA MÚSICA ANTES QUE NADA: RUBÉN DARÍO Y SU RESPONSO A VERLAINE

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº XLVIII, ISSN: 2255-0828.
Valora este artículo
(0 votos)

 Probablemente, el centenario del gran poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) ha quedado ensombrecido por los treinta o pocos más desaforados gigantes con quienes toda batalla ha de quitar la gloria de su vencimiento. El bardo cuya gracia poética sí supo darle el cielo, representó toda una renovación del lenguaje literario allá por los años finales del siglo XIX y principios del XX. Una referencia imprescindible del idioma español cuyo primer centenario de su muerte parece haber trascendido poco, al margen de homenajes y estudios como los realizados en varios congresos universitarios. 

Autoproclamado líder del nuevo movimiento modernista, Rubén Darío, cosmopolita y poeta de una cultura universal, fue su pieza clave, tanto por su obra como por su impacto mediático en la joven literatura hispánica -entre muchos, Francisco Villaespesa, Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado o Antonio de Zayas-. Pero sería injusto no mencionar otros autores hispanoamericanos del Modernismo: Julián del Casal, Guillermo Valencia, Julio Herrera y Ressig, Ricardo James Freyre, Leopoldo Lugones o Amado Nervo; así como autores decimonónicos españoles: Ricardo Gil, Manuel Reina o Salvador Rueda. Rendimos aquí un humilde homenaje a través de su partitura “Responso a Verlaine”.

            La devoción de Rubén Darío por Paul Verlaine (1844-1896) está vinculada con la influencia capital del parnasianismo y simbolismo franceses -entre la feroz sátira antimodernista que proclamaba a los nuevos poetas, peyorativamente, galófilos y a su literatura, malsana o degenerada-. El mismo año de 1896 aparecían Los raros, retratos darianos -en prosa- en su mayoría de escritores galos, admirados por transitar ese malditismo finisecular tan querido por Rubén y los modernistas, y Prosas profanas, poemario fundamental de la estética, lujosa y culturalista escenografía después asimilada hacia una mayor estilización introspectiva en su considerada obra cumbre, Cantos de vida y esperanza (1905). En ambos libros de 1896 se muestra al viejo fauno Verlaine -dipsómano como el nicaragüense, quien recordaba en su Autobiografía su imposible conversación con el francés en un café parisino-.

Paul Verlaine evolucionó desde el parnasianismo hasta convertirse en un referente del simbolismo, cuyo “Arte poética” rezaba “la música antes que nada” (“De la musique avant toute chose”), y fue considerado por Darío su “maestro y padre” poético. A la muerte del autor francés, el nicaragüense escribió este “Responso”, título nada casual, ya que el responso o responsorio era un canto litúrgico que formaba parte del oficio de difuntos y, generalmente, el texto era bíblico, extraído de los salmos. Así, el título nos anuncia los elementos musical y cristiano, inclinación ésta última que tomaría Verlaine en los últimos años de su vida -se cuenta como el poeta solicitó el día anterior a su muerte los auxilios espirituales de un sacerdote, que quedó extraordinariamente impresionado por la confesión-. Por otro lado, la composición se sitúa en el ambiente característico de Prosas profanas:imágenes mitológicas, esteticistas, coloridas y sonoras, donde la muerte del poeta admirado es idealizada y comparada con el dios Pan, aludiendo a las cualidades musicales de la poesía del difunto.

El poema está compuesto de estancias que conjugan versos alejandrinos y eneasílabos, metros poco comunes en la literatura española y que el modernismo renovaría, y que en el caso del alejandrino, convertiría en uno de sus versos predilectos. Son versos polirrítmicos, aunque se aprecia una cierta regularidad al acentuar la mayoría de las veces la segunda o cuarta sílaba de cada hemistiquio alejandrino (además de las obligadas sexta y decimotercera) y la cuarta de todos los eneasílabos. La rima, que sigue la estructura AABCCB, concede su particular musicalidad, al constar de dos pareados (algunos de ellos de gran sonoridad, repitiéndose en las rimas los sonidos consonánticos “r”, “s” y “t”) separados por dos versos más cortos que riman siempre en palabra aguda. Se trata de un orden riguroso y sonoro, aprendido de la escuela parnasiana, que vendría a resumir la voluntad de “armonía verbal” esgrimida en el prólogo y a la que se unirá, como veremos, una “melodía ideal”: “La música es sólo de la idea muchas veces”. El factor musical representa en algunos poemas su discurso primordial. En “Era un aire suave...”, poema-prólogo donde se nos muestra la estética que va a regir Prosas profanas, se ha destacado “la tematización de un sonido”, la “risa” de la marquesa Eulalia. En “Sonatina” subyacen otras lecturas más profundas frente a la frivolidad y el capricho sensorialista, donde el cuento fantástico de su argumento queda subordinado a la creación de una melodía. En “Sinfonía en gris mayor”, además de la sinestesia musical y pictórica, se percibe también la importancia de establecer una sensación melódica acorde con el tema de la composición. En “Ama tu ritmo...” se expone un arte poética donde se eleva al ritmo al más alto grado de importancia a través de la doctrina neo-pitagórica…

Se ha comentado el motivo cristiano del poema, no obstante, dicha alusión solo aparece al final: “y el Sátiro contemple sobre un lejano monte / una cruz que se eleve cubriendo el horizonte, / y un resplandor sobre la cruz”. Quizá rompa la unidad del poema, porque lo cierto es que el “Responso” está saturado de mitología pagana y de sensuales referencias, ya que el dios Pan representaba el desenfreno sexual y el artista decadente anhelaba un ideal de belleza transgresora donde el erotismo proporcionaba dichos elementos. Sin embargo, esta dualidad cristiana-pagana -muy común de la provocadora estética  modernista- refleja la crisis espiritual que mantuvieron ambos poetas, entre la fe católica y el mito clásico. La similitud entre Verlaine y Pan (el poeta es “Pánida!, ¡Pan tú mismo...”) está presente en todo el poema y su explicación radica en que el dios era también músico, dotado de un virtuosismo que rivalizó con Apolo, dios de las artes musicales. Por otro lado, Pan responde mejor a las características del poeta maldito y decadente: la transgresión del apetito sexual, el ebrio desfile junto al cortejo de Dioniso, la andadura nocturna o crepuscular…  Vemos al poeta que es “liróforo celeste” (cultismo esdrújulo de buscada musicalidad, como tantos otros del poema), dio “su acento encantador” a la lira (“instrumento olímpico”) y a la “siringa agreste” (la flauta de Pan, después de la fatal metamorfosis de la ninfa perseguida por el dios); condujo los “coros” hacia “el propíleo sacro” “al son del sistro y del tambor”; su “recinto fúnebre” es visitado por Pan, en cuya escena Darío desea que “Filomena” (el ruiseñor) ahuyente con su “dulce canto de cristal” “la negrura del pájaro protervo” (el cuervo) y que el pastor (un pastor comprendido en el tópico del locus amoenus virgiliano) ponga su nombre en la canción al tocar su “pífano”. El poema supone un alarde semántico y fonológico dirigido a la sensación musical.

A. Julián Pérez subraya que “la armonía es uno de los conceptos musicales relevantes que Darío repite con más frecuencia en su poesía”, pero no es un concepto solamente musical, “se refiere a un ideal poético, que considera a la armonía una variedad de sonidos, de medidas y pausas bien concertadas y gratas” con la finalidad de crear esa “melodía ideal”. Pero además, la “armonía” dariana aparece en este “Responso” impregnada de ocultismo, aportación relevante de la estética de Rubén, y que Verlaine ya practicó en su poesía, como se sugiere en este poema (ahí está la aliteración “o la armonía (...) / de culto oculto y florestal”). En la penúltima estrofa, entre una atmósfera de misterio, a “La armonía de un Sátiro espectral” le pide Darío que “de una extrahumana flauta la melodía ajuste / a la armonía sideral”. Se trata del ideal del sujeto lírico que, a partir de conceptos musicales, muestra el afán de armonizar su experiencia espiritual con la divinidad. Todos los recursos del lenguaje poético, entre el virtuosismo musical y cromático, perfectamente enlazado con el simbolismo y la significación de la mitología clásica, concluyen al final del “Responso” hacia la imagen visionaria de la triunfal relevación cristiana del pánida Verlaine. En resumen, un esteticismo mucho más trascendente del que en ocasiones se ha querido ver. Como confesaría el mismo Darío en Cantos de vida y esperanza: “En mi jardín se vio una estatua bella; / se juzgó mármol y era carne viva”.

 

RESPONSO A VERLAINE

 

Padre y maestro mágico, liróforo celeste

que al instrumento olímpico y a la siringa agreste

diste tu acento encantador;

¡Pánida! Pan tú mismo, con coros condujiste

hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,

¡al son del sistro y del tambor!

 

 

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,

que se humedezca el áspero hocico de la fiera

de amor si pasa por allí;

que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;

que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne

y de claveles de rubí.

 

 

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,

ahuyenten la negrura del pájaro protervo

el dulce canto de cristal

que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,

o la armonía dulce de risas y de besos

de culto oculto y florestal.

 

 

Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,

que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,

sino rocío, vino, miel:

que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,

¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres

bajo un simbólico laurel!

 

 

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,

en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,

tu nombre ponga en la canción;

y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche

con ansias y temores entre las linfas luche,

llena de miedo y de pasión.

 

 

De noche, en la montaña, en la negra montaña

de las Visiones, pase gigante sombra extraña,

sombra de un Sátiro espectral;

que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;

de una extrahumana flauta la melodía ajuste

a la armonía sideral.

 

 

Y huya el tropel equino por la montaña vasta;

tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta

de compasiva y blanca luz;

y el Sátiro contemple sobre un lejano monte

una cruz que se eleve cubriendo el horizonte

¡y un resplandor sobre la cruz!

 

 

Modificado por última vez en Jueves, 30 Junio 2016 21:04

Deja un comentario

Noticias económicas

Noticias Conciertos