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Miércoles, 05 Octubre 2016 11:26

1. La écfrasis: desde la pintura a la poesía

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº L, ISSN: 2255-0828.
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A contrapelo. Hefesto construyendo la armadura de Aquiles

Hefesto promete una hermosa armadura que admirarán cuantos la vean, y puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata. Tetis se había encomendado al dios herrero para ofrecerle a su hijo Aquiles una armadura prodigiosa que le ayudara en su venganza. Lo primero que hizo el dios fue un escudo grande y fuerte, una gran obra de arte donde forjó múltiples escenas con sabia inteligencia. La descripción del escudo de Aquiles, cincelada por Homero en el canto XVIII de la Ilíada, ha sido considerada el modelo más antiguo de écfrasis en la literatura occidental. 

Asimismo, el concepto de écfrasis, que la crítica contemporánea ha destinado a significar la descripción-interpretación literaria de una obra de arte visual -real o imaginaria-, se vinculaba en la retórica clásica a casi cualquier tema descriptivo, como lo examinaba el maestro Hermógenes de Tarso: personajes, hechos, circunstancias, lugares, épocas y otros muchos objetos eran motivos del ejercicio de écfrasis. Así nos legó Heinrich Lausberg la definición del vocablo griego -ekphrasis-en su ya clásico tratado Manual de Retórica literaria (1960), identificado al término descriptio. Voz, por tanto, la de la écfrasis, que ha adoptado en nuestros días una significación mucho más particular, reduciendo su acepción a la relación que establece el texto literario con la obra plástica. En las últimas décadas el concepto de écfrasis se ha recuperado según esta perspectiva filológica y ha estimulado la atención cada vez mayor de estudiosos. El efervescente debate teórico sobre el término concita sucesivas exégesis y cuenta ya con trabajos modernos de reconocidos especialistas como Murray Krieger, Michael Riffaterre o W. J. T. Mitchel y en el ámbito hispánico Victoria Pineda, Antonio Monegal o Luz Aurora Pimentel.

La genuina identidad de la écfrasis se reconoce en el tópico horaciano ut pictura poesis, célebre formulación del capítulo más abordado de las relaciones interartísticas. Las reflexiones teóricas entre pintura y literatura han estado presentes desde la Antigüedad, al igual que han sido recurrentes las referencias al enunciado de Horacio en la Epistula ad Pisones, su problema interpretativo y los precedentes de Platón o Aristóteles, junto a otra famosa aserción analógica atribuida a Simónides de Ceos por Plutarco: “la pintura es poesía muda y la poesía pintura que habla”. Toda época ha generado propuestas teóricas divergentes, desde la supremacía del texto escrito en el medievo, la intensidad del lema ut pictura poesis durante el Renacimiento o las objeciones comparatistas del famoso discurso Laooconte (1766) de Lessing. Pero, sin duda, la hermandad pictórico-literaria está abundantemente sugerida en sus manifestaciones artísticas: los pintores se han inspirado en temas literarios y los escritores han creado imágenes cuya visualización remite a las artes figurativas, más allá, incluso, de una conciencia o intención ecfrástica. Así es, como por ejemplo, el origen de una incalculable suma de obras pictóricas se descubre en las narraciones bíblicas o mitológicas y, por otro lado, las descripciones plásticas de numerosas obras literarias fundan en nuestra imaginación vívidos lienzos. En la actualidad, la discusión teórica y la expresión práctica gozan de nuevos y apasionados desarrollos.

La tradición de la écfrasis es antigua y prestigiosa, pues se cimentó en las letras grecolatinas entre célebres modelos -el escudo homérico tuvo su semejante latino con el de Eneas de Virgilio, canto VIII de la Eneida-. Sin embargo, este ejercicio retórico se ha mostrado exiguo como forma autónoma que represente un único argumento de la obra literaria. En este sentido, un antecedente ineludible es el de Filostrato y sus Eikones (Imágenes), descripciones de cuadros antiguos. El Barroco europeo -el Siglo de Oro español fue especialmente sensible a la imagen pictórica y al encomio del arte- produjo dos libros emblemáticos: Galleria (1620), de Giambattista Marino, y Cabinet (1646), de George de Scudéry, verdaderos museos poético-pictóricos (y escultórico en el caso del italiano) que representan, en su aspiración y organización artísticas, originales referentes de la obra lírica inspirada en la pintura. Con la renovación estética desplegada a lo largo del siglo XIX, la literatura culminó una interrelación mayúscula con la pintura a partir de los nuevos ideales románticos, las teorías prerrafaelistas, parnasianas y simbolistas y el advenimiento de las vanguardias. En el contexto decimonónico, es crucial la aportación de Théophile Gautier, “poëte impeccable” de Baudelaire, impulsor de la transposition d'art desde variadas facetas literarias con títulos tan sugestivos como Émaux et caméeso Tableaux a la plume. No obstante, si el proceso de écfrasis se instauraba en la emotividad de las estéticas modernas, supuso una modalidad poco frecuentada que careció de obras estructuradas como auténticas galerías museísticas.

En la poesía española e hispanoamericana del Modernismo convergieron los nuevos lenguajes del panorama cultural europeo. Las ideas de l’art pour l’art, de las correspondencias sensoriales o de la integración de las artes confluyeron en la renovación modernista. Rubén Darío, en un artículo de 1888,  divulgaba la nueva prédica: “llevar el arte de la palabra al terreno de otras artes, de la pintura verbigracia, de la escultura, de la música”. La devoción por una escritura pictórica -símbolo de belleza y de la nueva sensibilidad fue el color que invocaba Azul… del mismo Darío- fue paralela a la realización aislada y dispersa de écfrasis. Compone un grupo homogéneo la sección de Nieve (1892), “Mi museo ideal”, del cubano Julián del Casal, sobre cuadros de Gustave Moureau, pintor que sedujo el interés ecfrástico del fin de siglo. En España, si bien Manuel Reina auguraba la estimulación cromática de la palaba poética en el rótulo Cromos y acuarelas (1878) -ídem un año antes con la música: Andantes y allegros-, fue Salvador Rueda quien compuso un poemario-museo, Mármoles (1900), suma de veintiún sonetos sobre otras tantas obras escultóricas. Dos años más tarde se publicaba el primer poemario ecfrástico dedicado a la pintura en el contexto hispánico, Retratos antiguos, de Antonio de Zayas, amplia galería de las escuelas europeas renacentista, barroca y dieciochesca. Más conocidos son Apolo. Teatro pictórico (1910) de Manuel Machado, en la estela del soneto modernista, y, sobre todo, A la pintura (1948) de Rafael Alberti, donde se consagra un fervoroso elogio a la pintura mediante originales correlaciones lingüísticas y formas métricas.

La continuidad del tópico ut pictura poesis ha hallado fortuna en la poesía española contemporánea, no solo en su discurso encomiástico, sino, de forma singular, en la indagación de las posibilidades que presta a la literatura el arte visual. De manera especial, la estética novísima recuperó los temas artísticos, inmersos en una renovación de analogías culturalistas. En los últimos años, la pintura como asunto poético ha inspirado a autores diversos -Luis Javier Moreno, Olvido García Valdés, Ramón Cote Baraibar, Cristina Peri Rossi o José Ovejero- para fraguar libros enteros, signo evidente de la permanencia de esta antiquísima hermandad en nuestros días.

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