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Miércoles, 01 Marzo 2017 18:34

DE LA ÉCFRASIS AL CULTURALISMO: VISIONES DE TIZIANO EN LA POESÍA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA (II)

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº LIII, ISSN: 2255-0828.
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El autorretrato de Tiziano conservado en el Museo del Prado en que el artista posa su perfil como busto de medalla, con la mirada perdida en el misterio de su obra ya cerca de los cien años prodigiosos, ha inspirado a dos poetas contemporáneos: Antonio de Zayas y Luis Antonio de Villena. En sus respectivos poemas apreciamos, por un lado, la écfrasis modernista, por otro, la máscara culturalista.

En Antonio de Zayas, a partir de un libro de sonetos, Retratos antiguos (1902), que inaugura en el siglo XX el poemario-pinacoteca, subyacen las teorías de l’art pour l’art y la emotividad finisecular. La disposición del libro es museística: sonetos-retrato organizados en escuelas pictóricas. Zayas, poeta singular del Modernismo hispánico por su parnasianismo y su poética ecfrástica, dedicó un conjunto de siete poemas a sendos retratos de Tiziano, por lo que constituye el primer eslabón en la visión lírica del maestro italiano en la poesía española contemporánea.

Desfilan por estos siete “retratos antiguos” personajes pictóricos donde emerge el suntuoso arte veneciano, esteticismo análogo a esa aristocracia espiritual del escritor finisecular. Dicho esteticismo postula una plástica poética parnasiana que se conjuga con la presencia de una sensibilidad simbolista representativa de la emoción del artista moderno. Sin embargo, el soneto “Tiziano”, inspirado en el autorretrato del ya anciano pintor, custodiado en el Museo del Prado, adquiere una factura sobria y solemne. La ausencia de colorido acentúa una imagen austera y reflexiva, dedicado al trabajo artístico, frente a la pompa de sus retratos de reyes y patricios.

Como en la obra pictórica, la blancura de la barba y la luz envejecida del rostro, en contraste con el negro casquete, son las únicas notas de color. El argumento poético se dirige a la entronización del arte de Tiziano, en ese momento de senectud donde puede establecerse el balance excepcional de su obra. Característica esencial de los sonetos zayescos, en los procedimientos descriptivos destacan aquellos destinados a sugerir la personalidad del retratado según la interpretación de los rasgos pictóricos, peculiaridad relevante que incide en la naturaleza de la écfrasis como discurso modelador del poemario.

Algunos de los procedimientos estilísticos destacados, que presidirán las écfrasis posteriores en la poesía española, son los sintagmas nominales, las elipsis o escasez de verbos y el uso del presente histórico, dirigidos a designar la evocación impasible, sobre todo en Zayas, el estatismo y el acto de contemplación. Asimismo, el epíteto, que ocupa un lugar esencial, pues precisa la imagen visual, objeto del poema, y el estilo pictórico; y el símil, que comporta la imagen plástica según la perspicacia asociativa del poeta. La estética parnasiana permite aquí un distanciamiento del sujeto lírico que objetiva el mérito artístico de Tiziano, en un cierre final del soneto que sugiere la magnificencia de sus lienzos en la sensualidad de la belleza femenina y la grandeza de sus retratados.

El juego de palabras que enfatiza el encomio al artista, “y el pincel que pintó, lleva en la mano”, resuena en la visión tizianesca de Cernuda: “Había pintado cuando pintó ese cuerpo”. En suma, en el espejo del maestro veneciano, la estampa parnasiana de Zayas termina forjando esa conciencia de eternidad y belleza intrínsecamente unida a sus postulados poéticos.

Luis Antonio de Villena introducía en su poemario Como a lugar extraño (1990) algunos textos donde la disertación sobre personajes de indudable prestigio cultural -Platón, Cervantes, Góngora, Felipe II- esconde las reflexiones propias de la cosmovisión del autor. “Tiziano. Último autorretrato” -inspirado en idéntico lienzo que Zayas- es un ejemplo de libérrima interpretación de un cuadro, puesto que apenas se insinúa nada de la descripción ecfrástica, tan solo la senectud del artista.

El autorretrato ficcional que elabora el poeta desecha cualquier prosopografía y se adentra en el perfil psicológico. Se trata de una evidente máscara culturalista en la que por medio de un monólogo dramático el viejo pintor explora su acendrado desengaño ante el paso del tiempo, una exhortación nihilista ante el vacío existencial y el sentimiento de una muerte cercana que se espera exultantemente salvífica.

Con resonancias cernudianas, entre la realidad y el deseo, la pasión por los cuerpos, la belleza y el acto creativo son aún latentes pero en amarga decadencia, abocados a un cuadro final de vanitas vanitatum. El trágico diálogo que mantiene el sujeto poético con Dios es insólito en la obra esencialmente pagana de Villena. Opción que se intuye en dos direcciones; por un lado, enfatiza la angustia psíquica del pintor, al imaginarse el arrepentimiento por concebir una obra principalmente pagana; por otro, es una buena muestra del desdoblamiento radical en que se reviste el alter ego, ejemplo de culturalismo que asume supuestos atributos ajenos a la propia experiencia vital, pero de similar introspección de sentimientos, tal como puede desprenderse en Cernuda y su canto a la belleza femenina en “Ninfa y pastor, por Ticiano”. 

 

TIZIANO

Nívea barba, semblante amarillento,

fina mirada y el perfil más fino,

es Vecellio trasunto peregrino

de algún Padre del Viejo Testamento.

 

En su ropaje, de la pompa exento

ilusión del espíritu latino,

luce el collar de Conde Palatino

conquistado en las lides del talento.

 

Lleva negro casquete en el anciano

cerebro que visiones prodigiosas

y coléricos ímpetus encierra;

 

y el pincel que pintó, lleva en la mano,

la carne de las Venus fabulosas

y el rostro de los Reyes de la tierra.

 

 

TIZIANO. ÚLTIMO AUTORRETRATO


Sabía que en sus últimos años Botticelli
-de tan hermosa vida, y tanto la añoraba-
quemó lienzos con mujeres desnudas,
cartones con faunos encendidos, mozas alargadas,
mucho proclive al cuerpo, vigores de la nueva carne,
porque consideró que cuanto había hecho
era todo pagano. Y viendo el fin de sus días,
el áspero serrín en que concluye todo,
abominó de la pompa, de cuanto lujo ardiera
en el festín opulento y vivo de las vanidades.
Y se miró Tiziano en un espejo
(bien rebasados los setenta y cinco años)
y dijo: Yo también lo quemaría todo.
Amo aún el cuerpo y su belleza
pero apenas me miro ¿qué importa ya la llama?
Estoy cansado y viejo,
la lucha pertinaz me ha dejado sus señas,
la boca está seca y en el ojo hay desprecio.
¡Dios mío! Yo sé que nada queda,
que fue nada tanto turbio cortejo de placeres,
y que Tú nos has dicho que tampoco es la Fama
la reina presentida, pues el mundo es caduco…
¡He sufrido tanto, Señor, tan de continuo
he sentido que no alcanzaba el punto deseado,
debí tanto luchar y someterme,
salvar restos de oro donde sólo hubo barro,
abaratarme tanto, engañarme en el ruido,
paliar mi dolor con la luz y fulgor de la carne!
Hay tanta sequedad en este rostro,
tanto vacío ardor adherido a la piel,
has hecho tan bien tu obra en mí, Señor eterno,
que ¿por qué habría de quemar lo que no es ya nada?
Quemado estoy por el tiempo acre,
desgastado por el híspido contacto con la vida,

y sólo anhelo descansar, apaciguarme,

sólo cesar en una paz muy larga, sin sonido.

Si tus ángeles vinieran a salvarme, Dios,

si ellos me arrebataran y me dieran consuelo,

sería tan feliz que nada importaría cuanto he hecho

en su espera; y si al vacío ha de seguir vacío,

también mi obra es nada y la quietud anhelo.

No he de quemar lo último que he hecho

ni tanta carne rubia en honor de la vida.

Soñé. Soñé con esa dicha y veo ahora el absurdo.

Exista lo que exista, venga lo que viniera

tras las postrimerías, no hay razón a pintar.

Es engaño. Un dulce engaño a los sentidos.
Pero tampoco importa afanarse en su contra.

La nada es el final, y en mí mismo la veo.

Estos huesos que palpo, estos ojos abrasados y ciegos,

la piel de tres milenios y las manos quebradas,

este resto orgulloso de lo que fuera un dios

está diciendo: ¡Todo, todo lo arde el tiempo!

Nada soy, nada quiero o espero. Dame tan solo, Dios,

largo descanso, lejos de este orbe tan cruel y tan bello.

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