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Miércoles, 01 Marzo 2017 18:39

INCERTIDUMBRE

Escrito por  Javier Méndez de Vigo
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“Todo cambia” decía el filósofo Heráclito, pero el sustrato queda y dicho basamento no es otro que la lucha de clases. Pueden cambiar las formas, puede disimularse o incluso los agoreros burgueses pueden inculcarnos que ha llegado el fin de la historia. Han pasado 30 años desde la década de los 80, han transcurrido muchas cosas y nos martillearon con el eslogan de que nos adentrábamos en el paraíso capitalista. Sin embargo, es preferible hacer caso a Trotsky cuando analizando la posible caída del estalinismo en su última obra (La Revolución traicionada), profetizaba que el posible abrazo de la burocracia estalinista con la burguesía iba a suponer un “retroceso cultural y social” y la posible entrada en una época de barbarie.

Han pasado ya 30 años desde la caída del bloque soviético y aquellas palabras del Viejo parece incluso quedarse cortas. Desde la crisis del 2007-2008 ya no estamos en una crisis periódica del capitalismo, sin en una crisis sistémica o estructural, una crisis que alguno denominan de civilización y donde está en cuestión incluso la existencia de nuestra misma especie. El capitalismo se ha encontrado con límites de los que depende su propia existencia. Ya no es una crisis periódica. El mismo François Chesnais nos lo indica cuando afirma que “el reencuentro por el capitalismo de límites que no puede franquear no significa de ninguna manera el fin de la dominación política y social de la burguesía, todavía menos su muerte, pero abre la perspectiva de que ésta conduce a la humanidad a la barbarie” [Le capitalisme a-t-il rencontré des limites infranchissables].

La “naturaleza aborrece el vacío” y, por consiguiente, tal situación está repercutiendo en las relaciones sociales de producción. Hoy el capitalismo se basa fundamentalmente en a) la dominancia del capital financiero y el desarrollo del capital ficticio; b) un ataque frontal a las condiciones sociales de la fuerza de trabajo que pasa por la baja salarial y la precariedad de la vida. Existe una tercera condición que reside en la privatización de la vida. En consecuencia, nos adentramos en la incertidumbre y todo va a depender del factor subjetivo, que por supuesto no es el de hace 100 años. Ahora bien, el capitalismo se encuentra en un callejón del que sólo puede salir poniendo en peligro a la especie y al planeta.

Concretando la burguesía ha dado un primer paso con la mundialización (una nueva etapa de la internacionalización del capital), una etapa que sólo es posible mediante la rapiña, el pillaje y la expropiación masiva que ha realizado implantando un militarismo (por utilizar la terminología de Rosa Luxemburgo). El capitalismo ha creado una fuerza de trabajo mundializada que no duda en utilizar para chantajear.

La burguesía se encuentra en crisis y aparecen los monstruos. Le llaman populismos, aunque de eso tienen poco. El triunfo del Brexit, con su halo de racismo y xenofobia. El triunfo de D. Trump  y todo lo que significa tienen muy poco de populismo. Pero es que lo que está ocurriendo en la Europa civilizada es mucho peor. Esa Europa donde partidos fascistas como el que gobierna en Hungría o el genocidio, que ya no esconde nadie, al convertir la frontera Sur en una fortalece nos retrotraen a tiempos que ya creíamos pasados. Europa está abandonando la senda democrática y la sustituye por una pesudodemocracia vigilada y autoritaria, donde se cede ante el fantasma del fascismo.

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