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Jueves, 13 Abril 2017 17:13

ORTEGA Y GASSET Y SU MISIÓN DE LA UNIVERSIDAD

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº LIV, ISSN: 2255-0828.
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“Apriesa cantan los gallos o quieren quebrar albores”. Con aquel verso matinal del Poema de Mío Cid cifraba Ortega y Gasset ese aliento esperanzador que necesitaba la institución universitaria española para alcanzar una renovación en algunas cuestiones fundamentales. Sin embargo, el deseo reformista se teñía de escepticismo. Era el año 1930, en una conferencia que impartió el filósofo en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid. La polémica en torno a la reforma universitaria no ha dejado de evidenciar su relevancia socio-cultural y su necesidad de incesantes planteamientos. Los continuos cambios educativos y sus consiguientes debates parecen testimoniar un complejo ideal y un futuro incierto. Resulta, pues, propicio volver la mirada hacia uno de los pensadores españoles de mayor repercusión internacional, José Ortega y Gasset, y, especialmente, hacia su obra Misión de la Universidad (1930). La vigencia de sus ideas, pasada casi una centuria, sorprende y supone un sugestivo punto de análisis para emprender una verdadera renovación de la Universidad actual.

En el capítulo que cierra el ensayo, “Lo que la Universidad tiene que ser además”, Ortega y Gasset compendia su disertación a partir del “principio de la economía”, una vez delimitada la misión de la Universidad en seis puntos básicos: formar al estudiante medio en cultura y profesión; solo pretenderá de él “lo que prácticamente puede exigírsele”; eliminación de la investigación científica en la estructura docente universitaria; un sistema pedagógico racionalizado para las disciplinas de cultura y los estudios profesionales; primacía en la elección del profesorado por su “talento sintético y sus dotes de profesor” y, finalmente, reducida la enseñanza en “cantidad y calidad, la Universidad será inexorable en sus exigencias frente al estudiante”. Es en este entorno donde la ciencia, alma de la Universidad, debe estar en contacto con la cultura y las profesiones. Pero también necesita del contacto con la realidad histórica, y de ahí su ineludible intervención en la vida pública a través de la Prensa. Si los “antiguos poderes espirituales” han desaparecido, ya que la Iglesia ha renunciado al presente y el Estado está gobernado por la opinión pública, la Prensa se ha convertido en la única fuerza espiritual que se ocupa de la actualidad. No obstante, la opinión de Ortega frente a esta jerarquía del periodismo para dirigir el alma pública es ostensiblemente insatisfactoria, por lo que la Universidad deberá imponer su poder espiritual superior.

Entre los diversos aspectos que estructuran el análisis orteguiano sorprende, a tenor del devenir presente, el dedicado a las funciones de la Universidad. Tras una mención al alejamiento “injustificable e insostenible” del obrero de la Universidad, se ofrecen dos asuntos primordiales: en primer lugar, mostradas las dos funciones de la enseñanza superior, profesionalización e investigación, fija Ortega la atención en la sorpresa de hallar “juntas y fundidas dos tareas tan dispares”; en segundo lugar, la urgencia de integrar otra función en la enseñanza universitaria: la transmisión de la cultura. Porque “Cultura es lo que salva del naufragio vital, lo que permite al hombre vivir sin que su vida sea tragedia sin sentido o radical envilecimiento”. Ante estas tres ocupaciones principales, la jerarquía de la investigación frente a las demás ha concluido en una “atrocidad” para la Universidad contemporánea, vinculada con “la barbarie del especialismo” expuesta en La rebelión de las masas. Para Ortega, la tarea universitaria radical está en la enseñanza de la cultura, ineludible para vivir a la altura de los tiempos, de las ideas de los tiempos. Nos lo expone con un maravilloso ejemplo de la antigua filosofía oriental:

En el libro de un pensador chino, que vivió por el siglo IV antes de Cristo, Chuang Tse, se hace hablar a personajes simbólicos, y uno de ellos, a quien llama el Dios del Mar del Norte, dice: “Cómo podré hablar del mar con la rana si no ha salido de su charca? ¿Cómo podré hablar del hielo con el pájaro de estío si está retenido en su estación? ¿Cómo podré hablar con el sabio acerca de la Vida si es prisionero de su doctrina?

En un reciente estudio del profesor Santiago Fortuño se señalaba que, en relación a la vigencia de Misión de la Universidad, aunque mucho ha cambiado la institución desde 1930, en la época de crisis actual la misión de la Universidad se nos presenta imprecisa y fluctuante. Por tal coyuntura, urge determinar su lugar asignado a la educación y constituye un reto evaluar los objetivos alcanzados y detallar su momento presente para organizar un ideario futuro a la altura de nuestro tiempo. Cabe preguntarse en qué situación se halla la Universidad, según el proyecto de Ortega y Gasset, para integrar la transmisión de la cultura, la formación de profesionales, la síntesis de las enseñanzas y la justa medida en que se complementan la docencia y la investigación. Corresponde, asimismo, corroborar el compromiso de la institución universitaria para restablecer su trascendencia en la sociedad, dado su distanciamiento ante una época de febril incidencia de los medios de comunicación en la realidad inmediata. 

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