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Viernes, 26 Mayo 2017 19:49

GÓNGORA: DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº LV, ISSN: 2255-0828.
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Quizá nos resulte extraño que el gran poeta barroco Luis de Góngora, a la altura de 1927, no contara con la canonización literaria de los estamentos oficiales del idioma español. Prueba de ello fue la indiferencia de la Real Academia Española ante la conmemoración del tercer centenario de su muerte en esa fecha histórica, 1927, en que la generación poética más brillante del siglo XX pasaría para siempre a estar marcada por dicha entusiasta celebración. El inmediato antecedente de este proceso reivindicativo, sin embargo, hay que buscarlo en los escritores modernistas. La atracción por el vate cordobés, “príncipe de las tinieblas”, no ha dejado de irradiar su fulgor en el claroscuro de la historia literaria. Recientemente, una encomiable antología recoge el testimonio de la poesía contemporánea rendida al artífice culterano: Desviada luz. Antología gongorina para el siglo XXI, edición de Jesús Ponce Cárdenas, Editorial Fragua, Editorial Delirio, 2014.

En 1903 la revista Helios, creada por la joven literatura modernista, con Juan Ramón Jiménez a la cabeza, promovía una encuesta sobre Góngora. El autor del Polifemo y Soledades suscitó una atracción poderosa: su malditismo esteticista y vital establecía un evidente paralelismo con los anhelos modernistas. Entre las diversas respuestas recibidas a dicha encuesta hallaron alguna valoración negativa, que igualmente publicaron. Unamuno, por ejemplo, dijo no conocer bien la obra de Góngora y tuvo que leer Polifemo y Soledades para responder a la propuesta de Helios. La lectura lo dejó “mareado”: “aquellas violentas transposiciones (…) aquellas alusiones mitológicas, todo aquello me impacientaba, y acabé por cerrar el libro y renunciar a la empresa”. Seguidamente, identificó a modernistas con gongoristas. Años después, con la proclama del 27, su parecer seguía intacto: “No puedo decir que le conozca [a Góngora]. El gongorismo me lo veló siempre, impidiéndome llegar a él”.

Entre los juicios negativos que la llamada gente vieja había emitido sobre esta juventud de ansias renovadoras figuraba la devoción por el poeta áureo. El mismo Manuel Machado había calificado elogiosamente de “gongorismo” a La copa del rey de Thule de Villaespesa en una reseña de 1901. Los modernistas, identificados con el poeta, recibieron la mirada desfavorable de Cejador, Núñez de Arce, Unamuno y Valera, fueron tildados de “hijos degenerados de Góngora” por Emilio Bobadilla o blanco de furibundos ataques de, entre otros, Emilio Ferrari, quienes parodiaron, fundamentalmente, su complejidad y afectación. 

En uno de los encomiásticos artículos gongorinos de Helios escribe Antonio de Zayas, refiriéndose a la gente vieja y su “olvido” del poeta culterano: “La gente culta, la que pontifica en las solemnidades de la literatura oficial, la que aún pretende someter el vuelo de la fantasía a las rigideces de un dogma más estrecho que las mazmorras del Santo Oficio”. Representan estas palabras una posición de época, enmarcada en la “guerra literaria” modernista. El mismo Zayas, en un soneto inspirado en el retrato velazqueño de Góngora exhibía la tesis: pese a la “sátira de espíritus adversos” y “a despecho de burlas”, pretenden, siguiendo el modelo vital y poético gongorinos, rejuvenecer la lengua castellana. Pero, como al maestro del Siglo de Oro, esta renovación lírica mereció los insultos de enfermiza, extravagante, ininteligible, neurótica…

El gongorismo se uniría a la galofobia de la intelectualidad más conservadora. Los simbolistas franceses alumbraron el camino que llevaba a Góngora, especialmente Paul Verlaine, quien incluyó una cita de la Soledad primera gongorina -“A batallas de amor, campo de pluma”- en el soneto “Lassitude” de Poèmes saturniens. Rubén Darío vinculaba el mundo estético de ambos en el poema que abría su magna obra Cantos de vida y esperanza:“Como la Galatea gongorina / me encantó la marquesa verleniana”. El nicaragüense tambiénelogiaría a Góngora, junto a Velázquez, en “Trébol”, aparecido en 1899, año del centenario del pintor. Un año antes, Manuel Reina había publicado en La Ilustración Española y Americana el romance “Góngora”, e intervino personal y económicamente en el homenaje que le ofrecieron los intelectuales cordobeses.

            Dámaso Alonso manifestó en sus estudios gongorinos que el culto al autor y su influencia en los modernistas respondía más a un carácter intuitivo que a un conocimiento analítico profundo. El eminente crítico conocía bien los escasos precedentes investigadores: “Dos escritores, Zayas y Navarro Ledesma, remitieron sendos artículos encomiásticos [Helios, 1903]. El de Zayas, escrito en Estocolmo, el de entusiasmo más vibrante. Reproduciré algún párrafo que exponga bastante bien la posición de época frente a Góngora. […] Palabras vagas, aunque ardorosas, que parecen cubrir un concepto más vago todavía”. No obstante, es evidente que significaron una actitud pionera en la revalorización de Góngora, ejemplo de una “posición de época” adscrita a la lucha modernista.

EXCELSO MURO (Pablo García Baena)

D. Luis de Góngora y Argote

                                                                       A Dámaso Alonso

El CAMPO

Un viejo cortinaje de verduras

es ahora aquel campo en mi menoría;

basas de hierba que los crespos pinos

sombría noche criban el boscaje

en agreste proscenio laureado.

¿Viví aquel día? Los frutales senos

de aldeana Pomona colorada

-la mies de oro, del oriente aljófar-

trofeos desciñendo la cenefa

en sáxea fuente baña y arde casta

la nieve llameante por la líquida

y tórrida bandeja, invita al goce,

a las carnales gulas...Yo, el vicario,

Sileno de sotanas en las aulagas.

LA CORTE

Exangüe el Austria apenas si sostiene

el católico orbe como un guante.

Desdén y luto de la ceremonia

donde grifaña mano de privado

reparte la carnaz de privilegios.

Arma parlante el hambre en el torneo,

la vileza y la envidia cuartelando

los gineos losanges del linaje

esperan el favor del carmesí

lagarto, la venera, la encomienda

tal mendicantes en portón jerónimo.

¿Y es este valle, aquello Manzanares?

Al mirabel del álamo me vuelvo:

Vístame Avis su verdor en siesta.

EL RINCÓN NATIVO

Hermosa sí lo eras pero ruin y turbia.

Y te invoqué de lejos cuando me preguntaron,

llorándote perdida y te rogué, sumiso

amante que ya teme leteos en la noche,

y espera el abandono y es el ascua del cielo

como garra de cólera, adunco sacre torvo

que el corazón rasgara goteante en balajes.

Bella sí y deseada. Pero ya te hice mía

y te muré en diamante, lapidario que talla

en boato palabras para aderezo tuyo

sabiendo de tus urnas caducas de soberbia,

de tus lúbricas ovas ahogando linfas claras.

Mas en el duro jaspe se inscriben nuestros nombres

para siempre, nupciales, los vínculos esdrújulos,

mientras te yergues fría y desnuda en la almena

de aquel excelso muro.

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