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Martes, 19 Septiembre 2017 16:01

IMAGEN DE OTELO EN UN SONETO VENECIANO

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº LVII, ISSN: 2255-0828.
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A propósito de una representación de Otelo que La Taberna presenció en el Castillo de Peñíscola.

            El espíritu romántico empezó a hilvanar el mito de la Venecia decadente, seguramente la más amada “ciudad muerta” por el hiperestésico Fin de siglo. Sintieron ese encanto voluptuoso Lord Byron, Alfred de Musset, Théophile Gautier, Richard Wagner… hasta llegar a la famosa novela de Thomas Mann, de significativo título, Muerte en Venecia (1912), pasando por la obra de Maurice Barrès, que antecede el rótulo del escritor alemán, La muerte de Venecia (1903). La ciudad de los canales se convirtió desde la imaginación finisecular en el sugestivo enclave donde belleza y muerte, como un mórbido museo, fundieron sus arcanas correspondencias.

La célebre obra de William Shakespeare, Otelo, con su entorno veneciano y su trágico desenlace, habría de fraguar la ensoñación decadente con que culmina un hermoso joyel modernista titulado “Venecia”:

El León de San Marcos, dorada la melena

y las alas de bronce por la risa del día,

los días pasa inmóvil leyendo Poesía

del azul Adriático en la calma serena.

Su lectura produce abatimiento y pena

y sosegadamente mece la fantasía,

que se duerme arrullada por la melancolía

a que el batir de remos de las góndolas suena.

Los palacios erguidos en sus cimientos de plata

temblorosos sumergen la verde escalinata

en el cristal que copia la turquesa del cielo;

y, cuando el paso avanza la obscuridad ignota, 

Desdémona inocente sobre las aguas flota

y en las tinieblas arden las pupilas de Otelo.

            El soneto pertenece al poemario de Antonio de Zayas Joyeles bizantinos (1902) y supone una visión de Venecia estetizante y simbólica, de factura parnasiana, pero con esa introducción de asuntos y de sensibilidades tan del gusto decadente. La evocación de la ciudad se formula a través de una original y alegórica poética parnasiana -su articulación a partir del referente artístico de la escultura del León de San Marcos, el carácter broncíneo, la impasibilidad, la “calma serena” del simbólico “azul” y, en fin, la eternización del arte y la vitalidad del espíritu subordinada a la experiencia estética-. Por otra parte, observamos cómo el signo melancólico representa aquí una actitud estética y una desesperanza vital, expresada a través del placer ambiguo por un espectáculo angustioso y exquisito.

            Los tercetos van a alojarse sutil y pausadamente en el territorio del topoi de la “ciudad muerta”. En primer lugar, vislumbramos una escena prototípica de la Venecia finisecular: entre imágenes suntuosas que remiten al arte y a una refundición artística de la naturaleza, emerge el temblor que corrompe la belleza en su camino inexorable hacia la descomposición. Finalmente, el último terceto se tiñe de oscuridad y muerte, sugerido con objetividad parnasiana desde la cita culturalista: “y, cuando el paso avanza la obscuridad ignota, / Desdémona inocente sobre las aguas flota / y en las tinieblas arden las pupilas de Otelo.”. Versos venecianos que confluyen con la efigie prerrafaelista de la inerte Ofelia sobre el arroyo engalanado de flores. Modificación o inexactitud –Desdémona muere estrangulada, la amada de Hamlet ahogada- que describe mejor el hermoso cadáver enmarcado en el agua de la muerte, tanto desde la simbología veneciana como desde el recuerdo literario del asesinato en la tragedia shakesperiana.

Como otras composiciones de Joyeles bizantinos, la recurrente delectación por evocar paisajes crepusculares y nocturnos, unidos a la misteriosa imprecisión del entorno y el ánimo melancólico, confieren un carácter decadente a la descripción exterior, confundida entre la propia subjetividad del sujeto poético. Mostrada de forma modélica en el poemario de Zayas, la singular ocultación del yo del arte parnasiano no hace desvanecerse una emoción impregnada de inquietud misteriosa. La serenidad de la evocación lírica queda sorprendida con la alusión final a los personajes de Shakespeare, establecidos aquí como propios de la mitología decadentista. Tras exhibir un estado del ánimo lujoso y exquisito, la contemplación estética de “Venecia” deja su última rúbrica en el “aguijón de cola” del soneto, cuyo veneno ha sido tomado del recuerdo y la imaginación cultural y literaria. 

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