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Viernes, 19 Enero 2018 19:16

VAMPIROS ANTES DE DRÁCULA (II): UN CUENTO DE TERROR DE E. T. A. HOFFMANN

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº LIX, ISSN: 2255-0828.
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La literatura romántico-vampírica impulsada por Polidori inspiró a sendos maestros de la narrativa decimonónica: E. T. A. Hoffmann, con su relato Vampirismo (1821), y Théophile Gautier,con su “novela corta poética” -según denominación de Baudelaire- La muerta enamorada (1836). Ambas obras preconizan el personaje de la mujer vampiro y su poder de seducción a través de una voluptuosidad destructiva, todo ello aderezado de un simbolismo escenográfico que combina los impulsos de Eros y Thanatos. La figura del vampiro adquiere en Hoffmann rasgos necrófagos, en Gautier, de súcubo.

Entre los antecedentes literarios de la mujer vampiro se halla el poema de Goethe La Novia de Corinto(1797) -señalada por la crítica como obra tótem para la posterior creación vampírica- y los posibles textos antiguos que lo inspiraron: De las cosas maravillosas de Flegón de Tralles y uno de los episodios de Vida de Apolonio de Filóstrato. Por otro lado, quizá no muy afirmado por la tradición cultural, la vampiresa, otra forma de la femme fatale de la época, representaría la feminización del protagonista, homme fatale, de Polidori, potenciados sus atributos erótico-thanáticos.

El relato de Hoffman se inicia con una puesta en escena tópica a la vez que precursora: el conde Hippolyt y su gran castillo, aunque el noble protagonista no será el depredador sino la víctima. Un sucinto argumento sería el siguiente: el conde recibe la visita de una anciana baronesa, caída en la miseria, sobre la que pesa una extraña y misteriosa leyenda portadora de nefastos augurios. Sin embargo, Hippolyt decide socorrerla y abrirle su castillo, en buena medida por la atracción que ejerce en él la hija que la acompaña, Aurelie, con la que termina casándose. La repentina muerte de la baronesa el mismo día de la boda sella en el matrimonio una inconcebible maldición. La historia familiar que Aurelie narra a su marido es sobrecogedora. Su madre, tras la muerte de su padre y en su afán por hallar un nuevo hombre que la rescate de la pobreza, inicia una relación sentimental con un desconocido. Este enigmático personaje, llamado Urian, pretende abusar de su hijastra, con el pleno consentimiento de la depravada baronesa, quien termina por sufrir una sádica agresión por parte de su amante. A la postre, Urian, apresado por la justicia, era hijo de un verdugo y un criminal despiadado, y la baronesa, en su malignidad, acusa a Aurelie de su infortunio y vaticina un temible castigo. Y la adorable doncella se convertirá en una monstruosa criatura devoradora de cadáveres…

            El cuento de terror de Hoffman se inscribe en un romanticismo negro de truculenta trama y eficaz estilo narrativo. Como la novela gótica, surge el espacio del castillo, la intriga de pavoroso in crescendo, la maldición sobrenatural o irracional, las pasiones extremas, las figuras fantasmales, las invocaciones satánicas… En el plano léxico-semántico podemos observar toda la fuerza de la atmósfera de terror, según los tópicos del romanticismo de ultratumba y la fascinación gótica por acumular vocablos y descripciones  macabras y de una morbosidad inquietante o inmunda. En ocasiones, sugiere un acercamiento -¿quizá con intención paródica?- a la estética kitsch: “un frío glacial inundó todo su ser. Sintió que unos dedos rígidos como la muerte aferraban su mano, y la alta y huesuda figura de la baronesa, que lo miraba fijamente sin visión alguna en sus ojos, le pareció no ser más que un cadáver repugnante, muy acicalado y vestido con un traje multicolor”. Por otro lado, la enferma sensibilidad de Aurelie, plagada de excitaciones y delirios nerviosos, inquebrantables tristezas o angustias mortales e inefables, todo ello modelado en su palidez cadavérica, determina el patetismo del constante estado de turbación anímica que aureola el relato.

            En cuanto a la figura del vampiro, el cuento de Hoffmann mantiene el suspense hasta el desenlace de la historia. El misterioso comportamiento de Aurelie, sustentado en su hipersensibilidad y en su inquietante voluntad por no comer sin que le afectase de manera alguna (más aún, le repugna la carne cocinada), se desvela en un trágico final. Su marido descubre el sentido de los solitarios paseos nocturnos de su amada cuando acecha horrorizado una escena espeluznante: “Allí pudo observar, a la luz de la luna, un círculo de espantosas figuras espectrales. viejas medio desnudas, con los cabellos desmadejados y dispuestas en círculo, se agachaban en el suelo: en el centro yacía el cadáver de un ser humano que devoraban con ansias de lobo. ¡Aurelie estaba entre ellas!”. El telón de esta horripilante narración llega justo antes del cara a cara entre ambos protagonistas. Al día siguiente, sentados en la mesa y ante la negativa de la condesa a comer, el conde le hace saber su descubrimiento con voz terrible y la vampira “se abalanzó sobre él lanzando un terrible alarido y, con la furia de una hiena, le clavó sus dientes en el pecho. Hippolyt logró desasirse de aquella loca, que cayó al suelo y expiró entre horribles convulsiones. Tras estos terribles sucesos, el conde enloqueció”.

            El cuento de terror de Hoffmann participa de algunas características que perdurarán en el mito vampírico moderno, pero también ofrece otros rasgos insólitos, como es su transfiguración en un ser necrófago. Sus colmillos no anhelan saciarse de sangre sino de la carne humana que descansa en tumbas.

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