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Viernes, 19 Enero 2018 19:22

Editorial

Escrito por  El Editor
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Todo el mundo tuvo en los labios hace unos días, además de buenos deseos, la búsqueda de la fortuna. Buena suerte, lo llaman esperanzados, y esperan que les llegue por gracia divina o misteriosa providencia, aguardando en parcelas áridas lo que deberían convertir en un vergel por sus propios medios. Esperan el esfuerzo cero.

La suerte no se recibe, ni se encuentra. No aparece ni se compra. No se puede prestar de la misma forma que no puede sortearse. La suerte se siembra, se trabaja y ante todo, si es correcto el proceder, se cosecha llegado el momento. ¿Cuándo? No podemos saberlo, si no, en lugar de personas, seriamos augures. No tentemos a la suerte.

Llamar a la buena fortuna, esa era la función del augur en tiempos antiguos, escrutar las señales de los dioses en la naturaleza para convocar la buena suerte, o saber si la fortuna (que no es lo mismo) les favorecía. Suerte y fortuna, tan iguales en nuestras sociedades como diferentes en su concepto, pero eso ya son otras batallas para las castigadas mentes del hombre moderno. Castigadas no por otros, si no por nosotros mismos, poniéndole puertas al campo, concepto nacido en el siglo XVII por cierto.

Quizás ese mismo término, el de favorito de la fortuna, tan novelesco, sea el punto de partida de nuestra mala concepción del término. Quizás sea a partir del monoteísmo, con un dios tan perfecto que deja a los imperfectos, y por lo tanto humanos, dioses olímpicos en tan mala posición.

Modificado por última vez en Lunes, 22 Enero 2018 19:47
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