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Jueves, 29 Marzo 2018 17:15

VAMPIROS ANTES DE DRÁCULA (III): LA MUERTA ENAMORADA DE THÉOPHILE GAUTIER

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº LX, ISSN: 2255-0828.
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La literatura romántico-vampírica impulsada por Polidori inspiró a sendos maestros de la narrativa decimonónica: E. T. A. Hoffmann, con su relato Vampirismo (1821), y Théophile Gautier,con su “novela corta poética” -según denominación de Baudelaire- La muerta enamorada (1836). Ambas obras preconizan el personaje de la mujer vampiro y su poder de seducción a través de una voluptuosidad destructiva, todo ello aderezado de un simbolismo escenográfico que combina los impulsos de Eros y Thánatos. La figura del vampiro adquiere en Hoffmann rasgos necrófagos, en Gautier, de súcubo.

La muerta enamorada es una narración retrospectiva del párroco Romualdo, quien, en primera persona (y con cierta forma epistolar cuyo destinatario es un “hermano”) escribe una “historia singular y terrible” que gira en torno a la seducción autodestructiva que ejerce en él una vampiresa. Entre la realidad y la fantasía, la vigilia y el sueño, el joven Romualdo ofrece un relato vagaroso sobre la existencia de sus ensoñaciones eróticas con una hermosa mujer. La primera visión aconteció en la ceremonia de ordenación como sacerdote, donde esta dama le conmina demoníacamente a rechazar los votos. Aunque consigue dominar sus impulsos, ya para siempre la fragilidad de sus sentidos le abocará al gozo y al tormento, a una consternada voluntad vital que se debate entre la obediencia sacerdotal y el alucinado e irresistible atractivo de la autodestrucción amatoria. Más adelante, Romualdo llegará a su nuevo destino parroquial y asistirá aturdido a una palaciega sala fúnebre: la misteriosa mujer, Clarimonde, reposa muerta ante sus ojos. Sin poder contenerse, sus labios se posarán sobre los labios de la difunta, quien despertará con “inefable éxtasis”… A partir de aquí, la no muerta visitará al joven cada noche en una suerte de sangriento idilio nocturno… El desengaño final llegará con la visita a la tumba de Clarimonde y su belleza transmutada en putrefacción tras ser rociada con agua bendita. La vampiresa, expuestas las miserias de su nada, repudiará a su amante y desaparecerá como un espectro…

            Entre las múltiples formas que ha adoptado el vampiro en la literatura, el de la muerta enamorada de Gautier se convertirá en gran medida en un arquetipo romántico y finisecular. Así se aprecia la figura de la vampiresa y su arrollador hechizo voluptuoso, su gozo feroz y salvaje al vislumbrar la sangre. Gautier nos brinda un pasaje delicioso de este placer vital. Romualdo, ante un corte casual en un dedo, asiste impávido a la respuesta visceral de su amada, quien, con monstruosa delicadeza saborea su sangre “lenta, amaneradamente, como un gourmet…”. Porque más allá del mito vampírico, el autor nos regala una verdadera joya literaria donde el estilo y sus poéticas implícitas son precursoras de la narrativa y la lírica esteticistas fin de siècle. En el inicio del relato se alude a Sardanápalo, un tipo de personaje histórico tan atractivo para los decadentes y que ya había servido a Gautier en estas mismas fechas como modelo de épater la bourgeoisie. La descripción de la maligna Clarimonde en la iglesia rezuma prerrafaelismo decadente (“La encantadora criatura destacaba en ese fondo sombrío como una revelación angélica”); con algunos símiles sacrílegos, identificados a un ser infernal: “sus bellas manos, más perfectas, más diáfanas que una hostia”. El decadentismo de la sala fúnebre es de una languidez pre-d’annunziana, así como el enclave veneciano de uno de sus episodios. La conjunción de Eros y Thánatos y el carácter satánico de la narración no pertenecen a la retórica romántica, sino a una nueva y refinada sensibilidad cuyos rasgos empezaba Gautier a forjar en la temprana década de los treinta. Del mismo modo, las pioneras tendencias parnasianas y simbolistas subyacen en descripciones, en el amparo del tópico de lo inefable o en la alusión a símbolos tan caracterizadores como la hermosura del cisne o la imagen del escultor y el valor pictórico de la literatura.

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