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Martes, 29 Mayo 2018 21:35

UNA NOVELA MODERNISTA: VOLUPTUOSIDAD (1906), DE ISAAC MUÑOZ

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº LXI, ISSN: 2255-0828.
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            La prosa lírica de Isaac Muñoz representa uno de los mejores ejemplos del modernismo decadente, y la buscada aureola maldita, el dandismo del autor, se asimilan a un estilo de compleja orfebrería. Como enunció su admirado D’Annunzio, “el propósito de realizar una obra de belleza y de poesía, de prosa plástica y sinfónica, rica en imágenes y de música”.

Sin lugar a dudas, Isaac Muñoz (Granada, 1881-Madrid, 1925) fue uno de los más vigorosos escritores modernistas, quien, desde un hondo orientalismo decadente, concibió una obra literaria sobrecogida por un provocador signo de alteridad vital y estético. Acaso el triunfante anhelo de transgresión propició el silencio póstumo. El autor granadino es casi como ningún otro de aquellos modernistas olvidados, una “exquisita rareza” abandonada por los cánones literarios actuales. La merecida recuperación del escritor viene sucediéndose en los últimos años por el loable trabajo de Amelina Correa, en quien recae la edición crítica de Voluptuosidad (Sevilla, Renacimiento, 2015).

Voluptuosidad se presenta como unas memorias eróticas a la manera de Casanova o de Bradomín, en cuyo modelo de la “novela en clave” se introducen personajes y situaciones reales que Isaac Muñoz envuelve con la plasticidad de su ficción narrativa. La identificación del protagonista con el autor, de homónimos nombres, suscita aún más esta circunstancia a la vez que subraya abiertamente la personalidad del propio Muñoz. Autor y protagonista, en clara imbricación, conforman un vehemente anhelo de ostentación de los atributos del artista finisecular. A la elevación aristocrática del espíritu se une la manifestación literaria del héroe simbolista, “del decadente refinado”, cuya ascendencia se adscribe al Des Essientes huysmaniano, al Monsieur de Phocas de Lorrain, al Andrea Sperelli de D’Annunzio o al marqués de Bradomín valleinclanesco. Es pues, ante todo, una novela decadente, vinculada al nuevo modernismo, donde el osado erotismo es su principal instrumento transgresor, “capaz de granjearle el rechazo escandalizado de la burguesía, a la vez que el halo de prestigio y malditismo que desea entre sus compañeros”, escribe A. Correa.

            El prólogo de Isaac Muñoz a Voluptuosidad constituye una muestra ejemplar del espíritu de épater le bourgeois característico del artista finisecular. Se hallan aquí, sobradamente explícitas y mordaces, las consignas de aversión a la burguesía y su moral imperante, de la vida como obra de arte y de las teorías de l’art pour l’art, con evidentes resonancias de otros prólogos célebres al respecto, como son los de Gautier o Wilde -Mademoiselle de Maupin y The Picture of Dorian Gray, respectivamente-. También, por otro lado, la presencia d’annunziana en la novela es notoria, así como la influencia de Nietzche a través del italiano. De este modo, los héroes literarios se impregnaron de “nuevos y poderosos motivos de exaltación: la crueldad, la fuerza, el poder, la pasión”, nos precisa A. Correa.

A la plástica opulencia de la palabra literaria se asocia un abundante culturalismo del imaginario decadentista. Así, por ejemplo, desfilan las alusiones a heterogéneos personajes, históricos o míticos, siempre fascinantes para la sensibilidad decadente: el Aretino, César Borgia, Salomé, Robert de Montesquieu… Dispuestos entre estas mismas sugerencias se imprimen también símiles pictóricos, entre los que sobresalen algunos perfiles prerrafaelistas, “Su estremecimiento es el amor en la paz fra-angélica del crepúsculo”, estampas rococós, “plasticidades pálidas, oro cansado, tapiz de Watteau”, o aquellos que remiten a lívidas infantas, “Una damita exangüe y rubia, estilo Coello”, más nítidamente perfiladas en la fatal aristocracia de unas “ducales manos enjoyadas, sosteniendo leves alguna rosa muy pálida”, o en el ademán cansado de un fin de raza: “la fina cara anémica y el gesto lento, desmayado, de una principesca fatiga suprema”. Asimismo, la alusión a paraísos artificiales -opio, absenta o kif- invoca la cultura decadente -el mismo año de 1906, Muñoz y su amigo Villaespesa pronunciarán en sendas obras el cántico “¡oh Baudelaire!-. Por otra parte, la extrañeza exótica de algunos vocablos, como el “kaftán claro, bordado en oro viejo”, vestidura del protagonista Isaac, signo de su elegancia disidente -en otra ocasión se atavía con “túnica negra de judío maldito” y en los retratos fotográficos que muestra el libro el mismo Muñoz aparece vestido de morabito-. Ya en el último capítulo de la novela, los exotismos islámicos se suceden; particularmente, sorprenden las ceremonias de los aissaua y los hadmatcha que, aclara Correa, aúnan sacralidad y dolor, y establecen filiaciones decadentes con su espiritualidad bella y cruel.

Engalanado de esteticismo decadente, la celebración del goce erótico encuentra su más álgida consumación espiritual y estética con la muerte: “Belleza infinita de la muerte, Ilíada del amor”. Sin embargo, esta enérgica oposición a la realidad contemporánea de Isaac Muñoz, vinculada a la renovación modernista, deja traslucir la amarga trascendencia y el spleen del esteta fin de siglo. Como percibe A. Correa, “la tristeza subyace bajo la exaltación visceral del erotismo”. El epicureísmo y, en suma, la moral del placer del escritor, traducidos en una “novela del vicio”, mueven los resortes de un inconformismo radical que pronto hallará en el orientalismo de sus próximas obras -siempre entreverado de decadentismo- su expresión más genuina.

Modificado por última vez en Miércoles, 30 Mayo 2018 15:47

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