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Martes, 31 Julio 2018 19:16

UN CLÁSICO PARA EL VERANO: ROBINSON CRUSOE

Escrito por  Vicente José Nebot Nebot, La Taberna, nº LXII, ISSN: 2255-0828.
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¿Tragedia o locus amoenus? El náufrago en la isla desierta se complace con la lectura de Robinson Crusoe, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

Robinson Crusoe debe enfrentarse a la negación de una característica intrínseca del ser humano: su dimensión social. Después de entusiasmarse por su salvación ante el naufragio, comprueba que su situación es desoladora, puesto que se halla en una isla desierta sin medios para sobrevivir. 

En su primera noche medita “acerca del tipo de muerte que me esperaba al día siguiente, ya que no imaginaba posibilidad alguna de sobrevivir”, y en su primera mañana ya dice estar “falto de compañía”. Pero, cuando realmente descubre e interioriza su soledad en aquel lugar es en lo alto de una colina: “Allí, mi gran aflicción fue conocer mi suerte: a saber, que me encontraba en una isla rodeado por el mar y que no había otra tierra a la vista que unas rocas muy distantes y dos islotes más pequeños aún, a unas tres leguas hacia el oeste”. En otra ocasión, las lágrimas caen por sus mejillas al reflexionar sobre su imposible salvación, alejado de “las rutas comerciales de la humanidad”. 

Robinson deberá volver a la Naturaleza. El pensamiento contemporáneo de Rousseau informa la novela de Daniel Dafoe. La naturaleza es perfecta y el ser humano debe reconquistarla para ser también él perfecto. Reaccionar violentamente contra una cultura contrahecha a fuerza de sobre-educación y refinamiento, contra todo lo que es amaneramiento y lujo. La humanidad ha de volver a la sencillez de la naturaleza, a las sobrias virtudes cívicas. Las creaciones artificiales de la cultura soterraron al hombre primitivo, mataron el desarrollo espontáneo de sus sentimientos naturales básicos, siempre buenos.

Tras el naufragio, Robinson Crusoe debe vivir en soledad en una isla desierta, en continuo contacto y comunicación con la naturaleza y sin rastros de la civilización. Estará en la obligación de armonizar con ella, establecer un lugar habitable y que le proporcione la supervivencia, aprovechar sus abundancias y también sobrevivir a su fuerza en la forma de terremotos o intensas lluvias. Lo imprescindible en la cultura “civilizada” aquí es inútil. El capitán inglés que Robinson rescató, quedaría asombrado de “cómo había podido procurarme provisiones y mantenimiento; y cómo mi historia resultaba una colección de prodigios”.

Robinson recorre la isla y construye una canoa para rodearla. La intención de escapar de la soledad es apremiante. No obstante, tras muchos años en la isla ha aprendido a vivir en esta situación, junto a su familia formada por un perro, varios gatos y un loro que era el único en todo su vasto reino autorizado para hablarle. Pero cuál será su sorpresa, entre temores y alucinaciones, cuando descubra una huella de hombre. Se detuvo “estupefacto, como golpeado por un rayo, o como si hubiese visto un fantasma”, volvió a su casa y entró “como a quien lo persiguen” y aquella noche no durmió. Después descubrirá con asombro que se trataba de salvajes caníbales y liberará a una de las víctimas de su festín: Viernes.

Con Viernes se hará ostensible la necesidad de comunicación humana del feliz Robinson. Juntos rescatarán años después a dos personas más, hecho que hace afirmar a Crusoe: “Constituíamos ya una sociedad suficiente para no temer a los salvajes...”. La comunidad se amplía todavía más con la llegada de un buque inglés y la aventura que le permite huir de la isla como gobernador de ella (título que, si al principio es una irónica ficción, verdaderamente ejerce como tal en el futuro). En el momento que percibe su salvación está a un punto del desmayo, su júbilo es enorme.

El reencuentro con la sociedad civilizada parece óptimo, salvo algunos imposibles reencuentros, pues su padre ha fallecido. La sombra de la muerte siempre espera en Ítaca al Odiseo tras su regreso. Robinson administrará sus riquezas y vivirá feliz, a pesar de que “tenía ahora más preocupaciones en la cabeza que durante mi solitaria permanencia en la isla”. ¿Un andar solitario entre la gente? ¿Un andar tumultuoso en el desierto?

El mito de Robinson Crusoe ofrece múltiples interpretaciones, algunas propiamente coetáneas a su época, pero otras trascienden cualquier frontera histórica. Como clásico de la cultura universal, la novela de Daniel Dafoe hollaba las arenas de otros náufragos perdidos o héroes aventureros y sembraba, al mismo tiempo, la simiente de otros muchos robinsones e islas desiertas. Aventúrense a descubrirlos.

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