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Sábado, 05 Enero 2019 22:22

Cartas a Ramón. Primera carta

Escrito por  El Editor
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Una nueva temporada está iniciando y la situación del trabajador del campo no ha mejorado. Los compañeros del agro en todas sus vertientes siguen divididos y más pendientes de agradar al cacique capitalista que de defender sus derechos, logrados a base de lucha. Pero el campo ha olvidado la lucha. El pueblo no quiere luchar, no sabe luchar. Por eso me permito escribirte estas líneas, más por desahogo que en petición de auxilio, pues temo no hay solución posible para la gente del mundo rural.

Por todos es conocido que la lucha obrera tardó en equiparar al campesinado del mundo rural con el obrero de la ciudad industrial, pues no eran iguales sus condiciones: el proletario, generalmente urbano, no poseía más que su fuerza de trabajo. Por contra, en esta vieja Europa, el proletariado rural es inexistente y hasta el más mísero campesino puede ser propietario, aunque sea de un arbusto que no da fruto.

Es esta una gran victoria del capitalismo más salvaje, pues creando la sensación de propiedad del campesinado, les genera una ilusión de pequeño capitalista, que alimenta su egoísmo y provoca la división de una clase que, unida, sería poderosa. Pero en la actual condición, muta a un fascismo rural que se alimenta de los enemigos habituales del proletariado: la miseria, la falta de humanidad y las carencias educativas. Ese caldo de cultivo provoca en última instancia que el rico sea más rico, y el pobre, más mísero. Eso sí, sin saberlo. Los pocos intentos de gestión cooperativa fracasan por falta de compromiso en el bien común, que necesita del abandono del egoísmo para funcionar.

Eso no es óbice para que exista una suerte de proletariado temporero, que carece de propiedades y de arraigo. Sus condiciones son incluso más duras que el proletariado urbano, ya que, además, conviven con la intransigencia de sus compañeros, que los ven como una amenaza directa a su modo de vida, en lugar de como un aliado frente al poder del capitalismo. Esta soledad del temporero, alimentada por el anteriormente comentado fascismo rural imperante, provoca la división del mismo, un aumento del egoísmo y por lo tanto, una victoria del explotador sobre la fuerza de trabajo.

Que la guerra esté perdida no significa que no planteemos batalla. Pero la división, el egoísmo y la falta de compromiso con los ideales socialistas que actualmente presenta el pueblo en su sector rural, refuerza la posición del explotador, que ve como quienes deberían enfrentarlo para reivindicar su verdadero lugar, dirigen sus esfuerzos a disputar con sus iguales las miserias que empresarios, gerentes y políticos les proporcionan, mientras que son este colectivo explotador y enemigo el que disfruta de las rentas del trabajo de la mayoría. Buscamos perjudicar a nuestro igual, en lugar de reivindicar nuestros derechos frente al colectivo privilegiado que encima, jaleamos.

Es nuestra división y fragmentación la que les proporciona su fortaleza. Nuestra voluntaria sumisión, como colectivo, me produce vergüenza cuando recordamos la lucha de nuestros camaradas anteriores. Muchos sufrieron y murieron para conseguir algo que ahora, estamos regalando a quienes se lo arrebatamos justamente. Somos propietarios de nada, en lugar de disfrutar del bien colectivo.

Salud y República, camarada.

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