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A Contrapelo

A Contrapelo (57)

¿Tragedia o locus amoenus? El náufrago en la isla desierta se complace con la lectura de Robinson Crusoe, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

Robinson Crusoe debe enfrentarse a la negación de una característica intrínseca del ser humano: su dimensión social. Después de entusiasmarse por su salvación ante el naufragio, comprueba que su situación es desoladora, puesto que se halla en una isla desierta sin medios para sobrevivir. 

En su primera noche medita “acerca del tipo de muerte que me esperaba al día siguiente, ya que no imaginaba posibilidad alguna de sobrevivir”, y en su primera mañana ya dice estar “falto de compañía”. Pero, cuando realmente descubre e interioriza su soledad en aquel lugar es en lo alto de una colina: “Allí, mi gran aflicción fue conocer mi suerte: a saber, que me encontraba en una isla rodeado por el mar y que no había otra tierra a la vista que unas rocas muy distantes y dos islotes más pequeños aún, a unas tres leguas hacia el oeste”. En otra ocasión, las lágrimas caen por sus mejillas al reflexionar sobre su imposible salvación, alejado de “las rutas comerciales de la humanidad”. 

            La prosa lírica de Isaac Muñoz representa uno de los mejores ejemplos del modernismo decadente, y la buscada aureola maldita, el dandismo del autor, se asimilan a un estilo de compleja orfebrería. Como enunció su admirado D’Annunzio, “el propósito de realizar una obra de belleza y de poesía, de prosa plástica y sinfónica, rica en imágenes y de música”.

La literatura romántico-vampírica impulsada por Polidori inspiró a sendos maestros de la narrativa decimonónica: E. T. A. Hoffmann, con su relato Vampirismo (1821), y Théophile Gautier,con su “novela corta poética” -según denominación de Baudelaire- La muerta enamorada (1836). Ambas obras preconizan el personaje de la mujer vampiro y su poder de seducción a través de una voluptuosidad destructiva, todo ello aderezado de un simbolismo escenográfico que combina los impulsos de Eros y Thánatos. La figura del vampiro adquiere en Hoffmann rasgos necrófagos, en Gautier, de súcubo.

La literatura romántico-vampírica impulsada por Polidori inspiró a sendos maestros de la narrativa decimonónica: E. T. A. Hoffmann, con su relato Vampirismo (1821), y Théophile Gautier,con su “novela corta poética” -según denominación de Baudelaire- La muerta enamorada (1836). Ambas obras preconizan el personaje de la mujer vampiro y su poder de seducción a través de una voluptuosidad destructiva, todo ello aderezado de un simbolismo escenográfico que combina los impulsos de Eros y Thanatos. La figura del vampiro adquiere en Hoffmann rasgos necrófagos, en Gautier, de súcubo.

La figura del vampiro en la literatura se remonta a mucho tiempo antes de la aparición de la célebre novela de Bram Stoker, publicada en 1897. Desde la leyenda popular, con sus múltiples tradiciones, el mito vampírico fue configurando sus atributos característicos, cuya representación más conocida y perdurable en nuestros días es la del conde Drácula, retrato maestro de esta misteriosa y terrorífica criatura. Sus antecedentes más inmediatos hay que buscarlos en la literatura decimonónica, como se recoge en una antología de relatos titulada Vampiros, realizada por Rosa Samper y Óscar Sáenz e ilustrada por Meritxell Ribas (Barcelona, Mondadori, 2011). Los autores seleccionados dan cuenta del prestigio y repercusión del mito: Baudelaire, Byron, Conan Doyle, Dumas, Gautier, Gógol, Hoffmann, Le Fanu, Maupassant, Poe y Polidori.

A propósito de una representación de Otelo que La Taberna presenció en el Castillo de Peñíscola.

            El espíritu romántico empezó a hilvanar el mito de la Venecia decadente, seguramente la más amada “ciudad muerta” por el hiperestésico Fin de siglo. Sintieron ese encanto voluptuoso Lord Byron, Alfred de Musset, Théophile Gautier, Richard Wagner… hasta llegar a la famosa novela de Thomas Mann, de significativo título, Muerte en Venecia (1912), pasando por la obra de Maurice Barrès, que antecede el rótulo del escritor alemán, La muerte de Venecia (1903). La ciudad de los canales se convirtió desde la imaginación finisecular en el sugestivo enclave donde belleza y muerte, como un mórbido museo, fundieron sus arcanas correspondencias.

“Los propios dioses fenecen, / mas nunca los soberanos / versos que se inmortalizan / con más fuerza que los bronces. // ¡Esculpe, lima, cincela, / y que tu sueño inasible / sellado quede por fin / en el bloque resistente!”. La poética de Théophile Gautier fue la más renombrada del parnasianismo. Publicada en L’Artiste en 1857 -formaría parte de Esmaltes y camafeos en su edición de 1858-, representaba la síntesis de un nuevo ideal literario avant la lettre que venía proclamándose en años anteriores por el mismo escritor y por Théodore de Banville. La poesía parnasiana, a menudo simplificada a una aspiración formalista, ha sido subestimada o incluso denostada, frecuentemente mal comprendida y escasamente estudiada en profundidad. La recuperación definitiva llegó gracias a Yann Mortelette y su magnífica Histoire du Parnasse (2005). En el ámbito hispánico, celebramos al fin un estudio que huye de consabidas estimaciones y nos ofrece, con motivo de una selección de poemas traducidos, un análisis experto sobre las líneas estéticas del parnasianismo: Antología de la poesía parnasiana, edición bilingüe de Miguel Ángel Feria, Madrid, Cátedra, 2016.

Quizá nos resulte extraño que el gran poeta barroco Luis de Góngora, a la altura de 1927, no contara con la canonización literaria de los estamentos oficiales del idioma español. Prueba de ello fue la indiferencia de la Real Academia Española ante la conmemoración del tercer centenario de su muerte en esa fecha histórica, 1927, en que la generación poética más brillante del siglo XX pasaría para siempre a estar marcada por dicha entusiasta celebración. El inmediato antecedente de este proceso reivindicativo, sin embargo, hay que buscarlo en los escritores modernistas. La atracción por el vate cordobés, “príncipe de las tinieblas”, no ha dejado de irradiar su fulgor en el claroscuro de la historia literaria. Recientemente, una encomiable antología recoge el testimonio de la poesía contemporánea rendida al artífice culterano: Desviada luz. Antología gongorina para el siglo XXI, edición de Jesús Ponce Cárdenas, Editorial Fragua, Editorial Delirio, 2014.

“Apriesa cantan los gallos o quieren quebrar albores”. Con aquel verso matinal del Poema de Mío Cid cifraba Ortega y Gasset ese aliento esperanzador que necesitaba la institución universitaria española para alcanzar una renovación en algunas cuestiones fundamentales. Sin embargo, el deseo reformista se teñía de escepticismo. Era el año 1930, en una conferencia que impartió el filósofo en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid. La polémica en torno a la reforma universitaria no ha dejado de evidenciar su relevancia socio-cultural y su necesidad de incesantes planteamientos. Los continuos cambios educativos y sus consiguientes debates parecen testimoniar un complejo ideal y un futuro incierto. Resulta, pues, propicio volver la mirada hacia uno de los pensadores españoles de mayor repercusión internacional, José Ortega y Gasset, y, especialmente, hacia su obra Misión de la Universidad (1930). La vigencia de sus ideas, pasada casi una centuria, sorprende y supone un sugestivo punto de análisis para emprender una verdadera renovación de la Universidad actual.

El autorretrato de Tiziano conservado en el Museo del Prado en que el artista posa su perfil como busto de medalla, con la mirada perdida en el misterio de su obra ya cerca de los cien años prodigiosos, ha inspirado a dos poetas contemporáneos: Antonio de Zayas y Luis Antonio de Villena. En sus respectivos poemas apreciamos, por un lado, la écfrasis modernista, por otro, la máscara culturalista.

La figura y la obra del pintor renacentista Tiziano han suscitado en la literatura española contemporánea algunos textos poéticos que indagan en los conceptos de écfrasis y culturalismo. Autores diversos como Antonio de Zayas, Manuel Machado, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Luis Antonio de Villena, Antonio Colinas o Guillermo Carnero, celebraron la belleza artística veneciana y el encomio al pintor. Pero adscribieron el texto literario lejos del mero motivo laudatorio para  convertirlo en un nuevo enunciado artístico. Desde la estética modernista hasta los años recientes, en la lírica evocación de la pintura, por medio de la escritura ecfrástica, ex pictura poesis,trasluce un procedimiento culturalista especialmente unido a las respectivas poéticas y al universo particular de los citados escritores.

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