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Martes, 16 Abril 2013 22:07

Ciudadanía

Escrito por  Javier Méndez-Vigo
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Una vieja palabra, un viejo concepto recorre la “filosofía política”. Llegando incluso a impregnar el corpus de cualquier tipo de ideología -incluso la de la izquierda. Pareciera como si los viejos términos ya no fueran de uso y hubieran sido arrinconados en la papelera de las disutopías. Pero no es el único término que desaparece, más bien diría que los medias quitan del vocabulario y son sustituidas por palabras “menos peligrosas”. Como diría un viejo estructuralista marxista la lucha de clases también se da en la Teoría”. Batalla que parecen que estén ganando, en su conquista de la hegemonía, las clases dominantes.

Alain Bihr ya hablaba de esto en su libro La novlangue néolibérale, donde desentraña esta lucha por cambiar el vocabulario con un objetivo político claro que nos explicita en el prólogo: “En la ocurrencia, el discurso neoliberal apunta no solamente a justificar las políticas neoliberales enmascarando el carácter de políticas de clase, buscando transformar y refundar la explotación y la dominación capitalistas, sino incluso en reforzarlos, sirviéndose tanto del lenguaje común como de sus representantes como confundiendo la inteligencia de sus apuestas por los miembros de la clase dominada”. A lo largo del libro va exponiendo como la burguesía ha conseguido cambiar el lenguaje, hasta el punto de hacer “invisible” la lucha de clases. Lo peor es que esto que acabamos de expresar ha sido subsumido en la conciencia de los distintos aparatos reformistas socialdemócratas o pseudocomunistas. Tomemos un ejemplo con el término de Egalité (Igualdad). Las distintas revoluciones políticas que se desarrollaron en el bloque estalinista se basaban en dicho concepto, pero hablaban de la igualdad real, por lo que siempre pidieron  la  “profundización de la democracia” y el “control social de los medios de producción”. ¡Nunca pidieron la vuelta al capitalismo!

Hoy, con la derrota del estalinismo y la restauración capitalista ya nadie habla de esa igualdad real ni tampoco de la  “propiedad social”. Al final dicho término ha perdido su significación primigenia, pues como bien dice Alain Bihrdicha reivindicación posee por tanto un alcance subversivo, potencialmente peligroso para el orden social capitalista”. De ahí que en el discurso hegemónico sólo se permita hablar y se reduzca dicha igualdad a la “igualdad jurídica y cívica”. Pero este mismo lenguaje, esta misma ideología rechaza la igualdad real, rechaza la igualdad de las condiciones sociales. Podríamos poner más ejemplos, como el término de fuerza de trabajo (término marxista que revela la desigualdad y la explotación que supone esta mercancía) que es sustituido por el término de capital humano. Y uno se pregunta ¿siendo capital no tendrá las mismas características que el capital? Si aceptamos este enmascaramiento tendremos un tipo determinado de política económica: el capital humano al tener las mismas características “no ha de tener ningún tipo de subvención”, ha de arriesgarse como lo hace el capitalista cuando invierte. Política que esconde y sube al altar la libertad del mercado. Sin embargo lo que no dice es que dicha relación es asimétrica, ninguno de los dos concurre en “las mismas condiciones” en el mercado. ¡Hay alguien que siempre irá con ventaja! Dejemos a Alain Bihr decirnos que “los que designan la fuerza de trabajo como un capital humano esperan así convencerse y convencer a los trabajadores asalariados que cada uno de ellos poseería de hecho también, con su fuerza de trabajo, un  “capital” en el sentido de un conjunto de recursos...”.

Con el concepto de ciudadanía viene a suceder algo parecido. Dicho concepto, para la burguesía es un totum revoluitum. Uno es ciudadano -con iguales derechos-. Ya Marx criticó dicho concepto ya que, según él, dualizaba a la persona humana: uno tenía derechos hasta las puertas de la fábrica, una vez dentro era una mercancía, un objeto en manos de un patrón que podía hacer lo que le viera en gana con dicha mercancía.

El concepto de ciudadanía conlleva dos términos: el de igualdad y el de libertad. ¿Se puede pensar la ciudadanía a partir de ambos términos? En esto ha consistido la lucha política a lo largo de todo el siglo XX. Por un lado nos hemos encontrado con el liberalismo político que primaba el lado de la libertad, pero haciendo esto afianzaba la desigualdad social y se alejaba de la igualdad. Por su parte el estalinismo primaba la igualdad dejando de lado la libertad. Ambas fracasaron. Por supuesto que ha habido intentos de aunar ambos términos, sobresaliendo la socialdemocracia y su pacto keynesiano que sería el basamento del Estado de Bienestar. Pero dicha tercera vía, sobre todo desde que abandona el marxismo, no luchaba tampoco por una igualdad real y además utilizaba el bagaje teórico del liberalismo político. Una vía que utilizaba lo que se conoce como la “discriminación positiva”. Política que puede irse al garete, como así ha sido, cuando el que gobierna tiene otros fines… Y cuando las condiciones sociopolíticas que hicieron posible aquél pacto keynesiano (el miedo a la expansión del estalinismo) han desaparecido. En última instancia, estas filosofías políticas se olvidan de un término fundamental sin el que no se puede concebir la noción de Civitas.

Etienne Balibar en la conmemoración del 2ª Centenario de la Revolución Francesa hizo época al acuñar un concepto (“Droits de l’homme” et  “droits du citoyen”): la proposition de l’égaliberté. El concepto de egalibérté cambia radicalmente la perspectiva pues como afirma Balibarclaramente, la distinción de libertades “individuales” y de libertades “colectivas”, como la de igualdad “formal” o igualdad “real”, no tiene sentido aquí: se tratará más bien del grado de igualdad que es necesario para la colectivización de las libertades individuales, y del grado de libertad que es necesario para la igualdad colectiva de los individuos, la respuesta es en cada caso la misma: el máximum en las condiciones dadas

Balibar se está acordando del tercer término de la tríada revolucionaria que es olvidada tanto por el liberalismo como por el estalinismo y el reformismo. Los revolucionarios franceses cuando tomaron el poder instituyeron la tríada: Liberté- egalité- fraternité. Mientras que al final lo que triunfa es la tríada que instituyó la contrarevolución: Liberté- egalité- propiété. Esta última es la que recoge nuestra contemporaneidad. La propiedad se convierte en un tótem, en un fetiche.

El problema reside en que el liberalismo defiende que los “derechos” son naturales y eternos; mientras que los revolucionarios franceses y los americanos (ver T. Paine) concibe los “derechos” como históricos, pero es que además aquellos revolucionarios comprendían que los derechos han de ser conquistados y a la vez defendidos. Pero también se encontraron con el hecho de que los derechos se pueden enfrentar entre sí, pensaban que los derechos son contradictorios. ¿Qué hacer? Los jacobinos buscaron al frater y defendieron la fraternité. Por esto mismo Robespierre en uno de sus discursos nos dice: “Cuál es el primer fin de la sociedad? Mantener los derechos imprescriptibles del hombre. ¿Cuál es el primero de esos derechos? El de existir. La primera ley social es, pues, la que asegura a todos los miembros de la sociedad los medios de existir; todas las demás se subordinan a ésta; la propiedad no ha sido instituida, ni ha sido garantizada, sino para cimentar aquella ley...”.

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