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Viernes, 16 Enero 2015 21:19

NI REIR, NI LLORAR. COMPRENDER

Escrito por  Javier Méndez-Vigo
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Hoy tocaba hablar sobre economía, sobre las “raíces profundas”, que ve nuestro Presidente del Gobierno. Pero ¿cómo hablar de lo dicho, cuando la  barbarie se instala en nuestras sociedades, como hablar de la salida de la crisis, cuando la respuesta de nuestros políticos reside en la UNIDAD NACIONAL, que conlleva una “regresión democrática”. Y sin embargo, la economía está ahí, en el subsuelo.

Quiero dejar el sentimiento en el arte y en la poesía, quiero seguir al gran “marrano” de Spinoza que nos enseñó “que no hay que reír ni llorar, sino comprender”. ¡Qué precioso y a la vez difícil axioma ontológico! Sin embargo, la clase obrera no es tonta ni se va a dejar engañar. Ya hoy, en Marsella una de las pancartas nos decía: “Je suis Charlie, mais pas François, Nicolas, Marine et les autres”.

Uno era un ex delincuente y los otros dos marginados y excluidos, pero los tres eran franceses, eran ciudadanos franceses. No venían de lejanos desiertos, ni de montañas cercanas, venían de la banlieu. Ciudadanos sí, pero ciudadanos sin derechos, de la banlieu, de la exclusión. A lo mejor, si dejamos en el baúl de la basura (cosa que no hacen aquellos que defienden “una nueva forma de hacer política”) el concepto abstracto de ciudadanía y nos adentramos a su contenido material podremos entender, comprender como nos enseñó el “marrano” de Spinoza. Balibar ha entendido perfectamente el contenido del concepto de ciudadanía y la hipocresía de todos aquellos que convierten en fetiche el término de libertad. Frente a dicha hipocresía propugna la egalibertad, ya que “sin libertad no hay igualdad, pero sin igualdad no hay libertad”.

El concepto de ciudadanía habla de inclusión, pero a la vez lleva a la exclusión. Y el caso francés es paradigmático con respecto a la ciudadanía. ¿Cómo se puede entender que en los años 50 y 60 del siglo pasado la clase dominante francesa acepte como ciudadanos franceses a aquellos nativos que provenían de las ex colonias y que, que después de la tercera generación, no se les reconozca la ciudadanía a los descendientes de aquellos nativos? No se puede comprender si no se vuelve a la economía.

La ciudadanía es conflicto y es violencia y sólo partiendo de dicha conflictividad podremos comprender la dialéctica entre los derechos humanos y el conflicto latente Pues como bien dice Balibar en su última obra “la ciudadanía es una regulación política de dicha violencia, que le concede un mayor o menor espacio, pero que nunca la suprime del todo”. ¿Qué ha sucedido para llegar aquí?

Volviendo a Balibar nos podemos encontrar con la siguiente tesis: “la exclusión no tiene sentido más que con el bloqueo y la regresión del Estado nacional- social”. Ni Francia, ni París son una excepción. El asalto al Estado social por parte del neoliberalismo (nueva fase capitalista) supone la expropiación de lo público y el desmantelamiento de los derechos sociales y económicos (a mi mente viene la política sanitaria de Rajoy, cuando expulsa de la sanidad pública a los inmigrantes “sin papeles”). Es la política neoliberal de la austeridad y de los recortes sociales la que está llevando a un nuevo tipo de apartheid. ¡Qué no nos engañen!, la política neoliberal conduce a la exclusión social y a una exclusión interior. Es el Estado el que aplica una especie de racismo institucional, ya que aplica una exclusión interior “cuya característica formal es que los “excluidos” no pueden ser ni realmente aceptados ni efectivamente eliminados, incluso simplemente rechazados en un espacio exterior al de la comunidad”. Por eso nuestras urbes modernas están rodeadas de barrios (banlieus) donde se hacinan masas de gentes.

La década de los 90 es fundamental para entender el fenómeno. Es la década de la rebelión de la banlieu, donde una nueva juventud (esta tercera generación de franceses) lucha por ser aceptados, luchan por los derechos sociales, con acciones colectivas diferentes a las clásicas. Es un nuevo proletariado el que aparece y lo hacen partiendo de su espacio: el espacio de los barrios en dificultad. En aquél momento, y ante la visión de una sociedad ya bastante desigualitaria estos jóvenes de la banlieu buscan sobrevivir (pues no se hacen demasiadas ilusiones de salir de su estatus de precarios). Pero esta juventud no es asimilada por los sindicatos, unos sindicatos ya inmersos en la vorágine neoliberal y que aceptan las migajas de las políticas de la austeridad.

Es la crisis del capitalismo y el fracaso total de los sindicatos y de la izquierda para ofrecer un futuro a la juventud donde debemos encontrar las causas de este desvío hacia el fundamentalismo islamista, hacia el fascismo teocrático.

La política capitalista neoliberal ha instaurado una nueva pobreza donde el pobre se convierte en un “hombre desechable” y es expulsado interiormente a la banlieu. La desesperación que conlleva esto nos lleva a la crueldad una crueldad que ya no tiene rostro, donde la invisibilidad se virtualiza en la irracionalidad del terror indiscriminado. La situación es clara, cuando uno está excluido [del mundo, de su mundo] no existe ningún paraíso, no existe ninguna tierra prometida. Se vuelve a la virtualidad religiosa del fascismo teocrático que si ofrece el martirio y la felicidad en el paraíso.

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