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Miércoles, 19 Febrero 2014 17:22

Editorial XXIV

Escrito por  Editor
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Asistimos impávidos al continuo desfilar de personajes de la sociedad anteriormente denominada alta por los tribunales de justicia de la misma forma que antes paseaban por pasarelas y “salaos”. Muchos de ellos compaginan a la vez ambas ocupaciones, acaparando no solo portadas de prensa rosa, si no noticiarios de los considerados mayoritariamente prensa seria. Personajes y personajillos que vivieron lo suficiente para pasar de héroes populares a defenestrados malhechores señalados con el dedo por la siempre inocente plebe.

Caso paradigmático el del miembro del clan borbónico que recientemente, y para alegría de no pocos republicanos que ansían agarrarse a cualquier clavo que permita luchar por su causa, ha depositado sus monárquicas posaderas por primera vez en el banquillo de los imputados. No obstante, lamentando chafar dichas ajenas, cabe recordar que imputado no es acusado, ni siquiera culpable en ningún caso mal que les pese a los fanáticos del titular. Y la justicia, que si bien se representa ciega por imparcial y ni es ciega ni pretende jamás poder ser imparcial, debe seguir su curso inapelable a la par que lento en la revisión de las faltas si las hubiere.

Pero es de llamar la atención que, si bien puedan llegar a considerarse actuaciones sin vergüenza y propias de caraduras, las cometidas tanto por el ex deportista de elite como por su regia consorte, no es menos relevante la colaboración necesaria de un conjunto de chupópteros, lameculos, arrimados y políticos del interés que, por el mero hecho de ser parentela de quienes eran, dieron carta blanca a sus desmanes y fastuosas facturas como si de la corte borbónica del deseado se tratara.

Porque si bien es deplorable su actuación, no lo es menos la de quien otorgo las concesiones de dinero público por ganarse una influencia o un favor de la corte, pudiendo ser delito más grave todavía. Y no lo es menos tampoco quienes desde la tribuna del público, nunca responsable de sus decisiones o de la falta de ellas, jalearon la presencia de los supuestos caraduras de la misma forma que ahora les señalan con el dedo acusador: obviando el más mínimo sentido común.

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