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Martes, 22 Abril 2014 17:23

Editorial XXVI

Escrito por  VJMonC
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No hace tanto tiempo que la máxima autoridad del país desfilaba bajo palio por la gracia de Dios. De que divinidad no es importante, pues todos los credos son en definitiva excluyentes, intransigentes y llegado el momento, beligerantes con los que le son infieles, según su definición.

Pero volvamos al sangriento dictador que, por la gracia de Dios implantó su sangrienta paz sobre los vencidos, generando dolor y sufrimiento, además de miedo en los que no comulgaban más que obligados a punta de fusil. No es esta realidad diferente a las salvajadas que tan alegremente condenamos en remotos países, no tan lejanos como parecen, o en algunos de nuestros vecinos más radicales.

Ocurre que en esta nuestra llamada democracia, no somos ningún estado religioso, si no aconfesional. No hay ninguna religión oficial, si no que todas tienen el mismo respeto y deberían tener las mismas ayudas del estado: ninguna. Pero en un país como el nuestro esto es mera teoría: no faltan intrusiones religiosas en temas políticos, intentando imponer su credo a la mayoría inflexiblemente; tampoco políticos y militares que imponen su credo y lucen su cargo bajo palio, o con elementos similares (mantilla por ejemplo) en celebraciones religiosas que deberían pertenecer al ámbito privado del creyente, y no al del servidor y gestor público. Cual intervención o muestra de favor de un cargo público a determinado credo sectario o religión no deja de ser una imposición sobre la totalidad, algo inmoral y antiético. Como las acciones del otrora dictador, en lugar de acercarnos al respetuoso laicismo, nos acercamos al radical religioso.

Por qué si bien a lo que debería tender un estado racional es a eliminar de la cosa pública la religión, dejándola en el ámbito privado, nuestros cargos públicos y muchas de las personas de bien de este mundo tienden a confundir trato de favor con tradición, y abuso con respeto. Quizás debieran participar en cultor y tradiciones ajenas a su sustrato para así, aprender a respetar a lo diferente eliminando los clichés.

Aunque lo más recomendable seria dar al César lo que es del César, y dejar a los dioses lo que sea de los dioses, en lugar de aspirar a la santidad pascual.

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