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Jueves, 25 Junio 2015 17:12

Editorial XXXIX

Escrito por  El editor
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Que somos víctimas de nuestros complejos es la explicación más sencilla a cómo, obviando el contenido de los mensajes, uno se centra en censurar y atenazar al contrario fijándose en las formas.

No defenderemos la incorrección verbal, ni la descalificación malintencionada, pero si fuera por los cantamañanas que se ofenden ante la riqueza del léxico idiomático del Castellano (les daría igual en otro idioma, pero estos borregos solo se precian de conocer el suyo) perderíamos gran cantidad de palabras que no solo enriquecen el habla, si no que la cuecen.

Extrapolando esta situación, esta sociedad cada vez más enferma se fija antes en el mensajero que en el mensaje. Censura el continente más que el contenido, y se vuelve hipócrita, más aun si cabe, defendiendo lo políticamente correcto antes que la verdad. Cuanto ignorante da lecciones.

Porque a un caco no se le puede llamar ladrón, ni a un usurero cabrón… quizás a un ignorante empiece a llamársele político, gobernante o periodista (mejor tertuliano). Pero no nos ofusquemos, que en el fondo, la clase dirigente que tenemos es un fiel ejemplo de la sociedad a la que representan: inculta, analfabeta, ignorante y lo que es aún peor, desconocedora de su condición. Dan lecciones a quien sabe, se ofenden cuando les dices que no saben, y se violentan ante la argumentación.

Esclavos de la moderación, no os saludo, os repudio. Hacedores de lo políticamente correcto, os llamo a lo incorrecto. Santos varones de la sociedad democrática occidental, os llamamos a la perversión: pensad, corrompeos y pecad de sentido y obra, porque lo único que jamás os podrán robar, será vuestra libertad individual de equivocaros o tener razón. Esa, la regalaréis a base de buenas maneras, tolerancia y estupidez. ¿Quién es capaz de no castigar al que sin saber, acusa al sabedor de no querer saber? Solo el necio no respondería ante tan magna idiotez. El necio y el imbécil.

Es una gran falsedad que todas las ideas son respetables. Las personas que emiten sus juicios son respetables, y no deben ser violentadas por hacerlos. Cuando llegan a la violencia, es que falla la razón, o quizás ni existiera. Pero sus opiniones son criticables, censurables y si lo merecieran, dignas de castigo moral, nunca ejemplar, si no ejemplarizante y reintegrador.

Quizás el espejo sea el de nuestros mentores. Una sociedad en la que no se respeta a sus mentores, a los transmisores de conocimiento, a los que deben gestionar las construcciones cognitivas de nuestros jóvenes para que alcancen la madurez necesaria para juzgar, es una sociedad enferma que cava su propia fosa: la que le llevara a cavar fosas comunes.

Repudiad al ignorante que se enorgullece de no querer saber, alabad al ilustrado, pues aunque su juicio sea equivocado, juzga, y no rebuzna.

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