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Martes, 28 Julio 2015 17:01

Editorial XL

Escrito por  El Editor
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Asistimos impávidos a una división que debilita las estructuras sociales que tanto esfuerzo se logró en conseguir. El siglo XX debe ser recordado por obtener por primera vez en la historia la mayoría de la población en los países del eje atlántico que conforman Europa y en menor medida Norteamérica (caso distinto en otras latitudes) unos derechos sociales y libertades totalmente legítimas que una serie de clases privilegiadas habían retenido para sí, obteniendo cuantiosos beneficios.

No pocas fueron las trabas a estas reivindicaciones sociales, de igualdad y del derecho del trabajo. No en vano fue una cruenta guerra conseguir no solo unas condiciones sanitarias o una educación de mínimos para toda la población, sino un derecho al trabajo digno y seguro. Y durante un tiempo, el mundo y la sociedad prosperó. Pero las fuerzas que perdieron gran parte de sus beneficios y privilegios no se rindieron e impasibles a la par de calladamente, fueron sembrando en la sociedad una división, articulada por la egoísta e individualista sociedad de consumo, que fue más atractiva, más seductora y a la vez fatal para la justicia social.

Actualmente vivimos en una sociedad donde no existe la clase trabajadora como clase. Existe el individuo, mezquino, egoísta y que no recela del patrón, que intenta cambiarle su tiempo por cada vez menos dinero mientras se beneficia de los méritos de dicho tiempo con unos márgenes cada vez mayores, sino del compañero como la criatura Gollum recela de cada persona que se acerca a su tesoro. Solo que su tesoro no le otorga riqueza, ni calidad de vida, solo miseria.

Mientras el individuo no evolucione de su condición miserable a un ser social y elogiable, con conciencia de clase y recupere la mentalidad de bien común y la solidaridad, asistiremos al empobrecimiento de una mayoría, la pérdida de derechos sociales y sobre todo al crecimiento de la desigualdad social. Ante la pasividad del trabajador, las distancias crecerán hasta llegar al colapso, como siempre ha ocurrido, y donde llegarán los lamentos donde antes debieron estar las proclamas reivindicativas.

Claro síntoma de esta derrota momentánea son las manifestaciones lúdicas, en lugar de reivindicativas. La falta de solidaridad entre empresas. El fracaso y colapso de los sindicatos, abandonados al gobierno de ineptos arribistas. Pero por suerte, el tiempo lo pone en su lugar, aunque sea a base de dolor.

Al final, solo somos lo que hicimos, no lo que nos dijeron ser. Hagámoslo.

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