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Domingo, 25 Octubre 2015 17:42

Editorial XLII

Escrito por  El editor
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Cambiarlo todo para no cambiar nada es una de las máximas que las fuerzas conservadoras suelen llevar a cabo para perpetuar sus privilegios. Esas clases privilegiadas, junto con sus partidarios, casi siempre comprados, simples o ignorantes, no son ajenos a que los movimientos revolucionarios, de cambio y progreso resultan atractivos. 

Suelen ser movimientos jóvenes, de un creciente impulso y tendencias radicales, que ponen en jaque lo establecido con anterioridad, dudando tanto de su viabilidad como de su legitimidad, casi siempre sustentada en la temporalidad. Y es que para ellos, el tiempo y la tradición son capaces de justificar la perpetuación de las más grandes barbaridades. Sirva como ejemplo la tauromaquia o el matrimonio.

Pues bien, como decíamos más arriba, estos movimientos tradicionales suelen utilizar un camuflaje perfecto, utilizando a sus miembros más jóvenes y atractivos. Revestidos con un halo tecnológico o de vanguardia, elegantes…su mensaje cala no por su profundidad, que no la tiene, sino por su imagen. Son auténticos vendedores de humo, y si no estamos atentos, triunfan sobre el siempre atemorizador cambio real.

Cambiarlo todo para no cambiar nada. En el inminente proceso electoral que se nos avecina, puede que determinadas propuestas, bien revestidas, sonrientes, elegantes y revestidas de innovación nos parezcan revolucionarias y un cambio sobre lo anterior. De nosotros depende, de nuestro espíritu crítico y censor para con nuestra sociedad inmediata, separar esa paja conservadora del grano revolucionario que nos permita cambiar las cosas realmente. No sería la primera vez que el humo no nos deja ver el fuego. Estemos atentos, porque si no, pagaremos las consecuencias, y esta vez, será más difícil y doloroso cambiar después.

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