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Viernes, 15 Abril 2016 16:42

Editorial

Escrito por  El editor
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La humanidad tiene un buen concepto de sí misma. Piensa en bondades y buenas acciones, pero no recuerda, o no quiere recordar, sus graves deficiencias.

            Quizás en los tiempos que corren, la más grave de todas ellas sea la falta de memoria. O peor aún, el no querer tenerla. No nos acordamos de nuestras desgracias, tendemos a dejarlas en el rincón más apartado de nuestra memoria, como si no existiera. Ese olvido, voluntario o involuntario, es un mecanismo de defensa de nuestra mente, pero a la vez, es la vergüenza de nuestra sociedad. Si el individuo está bien que se proteja de aquello que le supera, una sociedad, bien estructurada, libre y solidaria, no debe olvidar. No puede permitirse ese lujo.

Nuestra sociedad occidental, esa de la que tanto nos ufanamos por su desarrollo tecnológico y económico, olvida el drama de los refugiados, esos que siguen muriendo a diario (niños incluidos) en el Mediterráneo. El mismo mar en el que dentro de poco nos bañaremos. Siguen desahuciando a gente que fue engañada por ávidos directores de sucursales bancarias, mientras sus presidentes se jubilan con pensiones multimillonarias. Siguen destruyendo el sistema educativo y sanitario a base de recortes. Siguen apareciendo en televisión corruptos que se arrepienten (dicen) pero no devuelven lo robado. Mientras nos emocionamos ante un nuevo teléfono, o un nuevo plato de alta cocina, DAESH sigue extendiendo su fascista influencia por los barrios marginales donde jóvenes excluidos de la sociedad han sido olvidados. Mientras nos compramos una hamburguesa en un centro comercial, no pensamos en el niño que solo podría comer las moscas que rodean su boca.

            Está bien que el individuo pueda olvidar, en algunos momentos de su existencia, todas esas realidades. Lo que es una vergüenza, es que la sociedad que debería recordárselas y ponerle remedio le ayude a olvidarlas y promueva su olvido. Una sociedad que hace eso, que es en lo que se está transformando la nuestra, es una sociedad muerta. Olviden, puestos a olvidar, la sociedad de su discurso. Adopten con fervor su nuevo entorno: el negocio.

            Después, cuando sufran por ser tratados como mercancía, no se olviden también de su elección. Más nos vale empezar a recordar.

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