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Martes, 24 Mayo 2016 19:36

Editorial

Escrito por  El editor
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Volver a votar. Ese es el destino que nos espera a los millones de españoles con derecho al voto. ¿Pero somos conscientes de la responsabilidad que comporta ese derecho? Es mucho más que elegir políticos.

Una de los objetivos más importantes que el sistema actual ha alcanzado mediante su desarrollo ha sido el descontento de la ciudadanía para con sus dirigentes. Este sistema liberal, donde todos los poderes del estado y de la sociedad se articulan en torno a un solo ente, el capital, transmutado en múltiples caras, ha dividido con esto claramente a la ciudadanía de su carácter político. Por qué ser ciudadano es, en gran parte, ser político. 

Pero el sistema con sus interferencias en la clase obrera la ha separado de una de las victorias más importantes que consiguió con sus reivindicaciones: ser un animal político. El individuo moderno, por contra, desconfía de la política. Genera una clase artificial, la de los políticos, y les atribuyen características negativas que antes podían representar clases burguesas o nobles. Es el sistema el que genera la desconfianza del ciudadano en sus representantes. El ciudadano cree pues que hay una clase que se le escapa al control, a la que no puede acceder y a la que solo le preocupa mantener sus privilegios, y esto es una falsedad. El político es solo el reflejo de un ciudadano cualquiera. Cualquiera puede ser político si es ciudadano. Los actos de los políticos no son distintos de lo que hacemos nosotros mismos, solo cambia su escala según el poder que dirijan. Pero hasta ese poder, lo dirigen en nuestro nombre. Somos nosotros quienes los elegimos, quienes podemos elegir a otros, o quienes podemos optar al cargo si ningún candidato nos parece aceptable.

Pero el sistema no quiere esto. Prefiere alentar el descontento. Al igual que hicieron los regímenes dictatoriales fascistas, necesitan crear un enemigo para copar el poder. Buscan un culpable, para mantener sus auténticos privilegios. Mientras el poder económico consiga el descrédito de la política, no seremos capaces de controlar sus abusos. ¿Cómo podríamos? Con leyes, y poniendo al servicio de estas leyes los recursos necesarios. No haciendo excepciones por cuestiones económicas y manteniendo una posición moral íntegra de gestión. ¿Servidores públicos? no gracias, necesitamos gestores eficientes y políticos competentes. Porque una buena ley, o una buena gestión de la administración, en el fondo, no tienen precio (ni salario que baste para el bien que puede hacer). Pero para ello, necesitamos que el ciudadano recuerde que su derecho al voto, comporta el deber de ser político.

Y mientras la miseria crece a nuestro alrededor, ellos engordan sus cuentas de dividendos...y ¿quién puede pararles, si no es un parlamento? Cualquier otra solución, porque las conocemos, sería indeseable.

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