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Miércoles, 29 Junio 2016 16:42

Editorial

Escrito por  El editor
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Mientras el verano de festivales, con sus zonas de acampada preparadas y con servicios mínimos, inunda una vez más todas las provincias españolas, en otros lugares de Europa los campamentos son mucho menos lúdicos.

Mientras el ciudadano capitalista medio hace las maletas para su corto periplo estival, otros ciudadanos, que antaño fueron capitalistas medios como todos, hacen las maletas, pero porque no tienen otro camino que la huida. Huir para escapar de una muerte, que puede alcanzarles en su camino a la libertad.

La vergüenza Europea continúa, al igual que continúan los naufragios, las condiciones infrahumanas y los crímenes de lesa humanidad, amparados en una cada vez más corrupta Unión Europea. Siendo cínicos, obviando que tan solo por solidaridad otro debería ser el trato para con los refugiados, sean de donde sean, nadie apunta las ventajas económicas que comporta acoger a dichos refugiados.

Una posición de fuerza frente a los mandatos de la troika. Una economía que podría consistir en alojar, dar servicios y mantener a una gran migración temporal. Un intercambio cultural que enriquecerá sin duda a nuestra sociedad. Un campo despoblado donde podían volver a correr niños felices mientras ocupan escuelas vacías y esperan que su tierra vuelva a ser un buen lugar para vivir.

Una inversión además en la mejor campaña de imagen para el mundo y para un futuro mercado, de su país cuando vuelvan, donde siempre tendrá el buen recuerdo del buen país y la buena gente que les acogió.

Pero claro, eso sería en una Europa social, no en el mercado capitalista imperante, que se aprovecha del miedo para ajustar más las libertades. Lloraron por el muro de Berlín, y levanta muros allá donde van. Crean guetos y estigmatizan a una población, como si a todos los alemanes hoy en día les tratáramos como presuntos nazis. Cada alambrada que rodea a un campamento de refugiados, es una alambrada más que cercena nuestra libertad.

Y las personas siguen muriendo, en el mismo mar, donde el ciudadano medio, inconsciente de la verdadera guerra que se libra en sus calles, nadará en presunta libertad. 

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