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Jueves, 17 Octubre 2013 21:26

De tradiciones perdidas.

Escrito por  VJMonC
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Ahora que más que nunca la gente se preocupa por mantener sus tradiciones, quiero llamar la atención sobre una de las costumbres más arraigadas de la juventud bechinense y que el tiempo ha tendido a erradicar.

No hace tanto tiempo, cuando Internet era una quimera propia de la ciencia ficción y lo más parecido a una tableta era la de chocolate. Cuando para ver un teléfono móvil tenías que visionar Star Treck y una “Apple” era una manzana en inglés y no una marca de moda snob. No hace tanto decía que las noches, sobretodo del fin de semana, vivían una situación inconcebible para hoy en día.

No me refiero a que hubiera vida nocturna en la localidad, ni que la oferta temática de pubs fuera más amplia, ni siquiera a que por “botellón” se entendiera una botella grande y no una concentración para acometer una intoxicación etílica antes de entrar a un local o acudir a una orquesta. No, no es eso. Me refiero a la vida nocturna en el “terme”.

Muchos de los que tengan entre 40 y 25 años podrán asegurarme que es cierto lo que cuento: no había camión ancho ni descampado, huerto o entrador en todo el término municipal en que no pudieras encontrar gente merodeando un sábado pongamos a las dos de la mañana. Y no me refiero a los profesionales que iban a preparar los campos para regar ni a los aficionados al bien ajeno en busca de oportunidades, no señor. Bastaba darse una vuelta a deshoras, con intenciones honestas o no, para ver lo difícil que era encontrar una plaza vacía.

Me refiero a parejas buscando intimidad, a adolescentes bebiendo sus primeras “litronas” escondidos de los ojos del padre o adulto. De los grupos de “avanzados” que aprenden juntos a liar sus primeros canutos o de los que roban espejos retrovisores para hacerse unas rayas a escondidas. De gente que sin ganas de irse a dormir, bien entrado el día, organizan un partido de fútbol donde menos se los espera. El espectro de hipotéticos asistentes podría ser más amplio, pero se dan una idea de lo que me refiero. Una tradición que se ha perdido.

Varias son las causas de lo desierto que podemos encontrar ahora mismo el término municipal en las noches del fin de semana. Reconozco que no todas son merecedoras de recuperarse: la liberación sexual de la juventud, por más que perturbe el sueño no siempre húmedo de los ultras de la cruz o del antiguo régimen nacional es un avance que hacía falta. Echar de menos encontrarse preservativos usados por los caminos es una buena muestra de salud en una sociedad avanzada. El hecho que no veamos como un viaje difícil o lejano el ir al pueblo de al lado también es una muestra de avance, al menos logístico. Pero para otras causas es más discutible su catalogación como avance social. Más bien es un retroceso peligroso.

Mucho tiene que ver en esta nueva situación de despoblamiento la aparición de los denominados casales de todo el año: lugares donde se esconde de la mirada ajena lo que ocurre en su interior, que no siempre es recomendable. También un curioso suceso que afecta a la moralidad y la ética y que muestra que más que un avance, vivimos en una época de hipocresía: ciertas acciones que antes debían ser clandestinas por ilegales, son ahora socialmente permitidas, cuando no alentadas, sin haber perdido su carácter ilegal. Y ponen en riesgo a la larga la salud y la seguridad no solo de sus actores principales.

Tal vez estas tradiciones de valores y ética perdidas deberían intentar recuperarse. No todas por supuesto, pero si aquellas que permitían evitar un problema latente que no sabemos hasta donde alcanza. Un problema que cuando salga a la luz, no servirá con mirar hacia otro lado para solucionarlo.

Tiempo al tiempo. Y mientras los caminos, además de abandonados, vacíos.

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