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Martes, 24 Mayo 2016 19:34

No a la subvención de actos taurinos.

Escrito por  VJMonC
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Reconocemos que esta reflexión va a ser polémica, y quizás no le va a gustar a mucha gente. Invitamos a los indignados a que manifiesten sus opiniones o dejen de leer esta publicación, en cuyo ánimo siempre encontramos el hacer pensar. Vamos a hablar de los actos taurinos. Estamos llegando a la época del año en que proliferan este tipo de actos, también llamados celebraciones y festejos. Hace falta reflexionar.

Esta columna se posiciona en contra de la realización de actos taurinos sufragados por las arcas públicas, así como cualquier tipo de promoción en las escuelas, patrocinio o mecenazgo de los mismos en su totalidad, como hasta el momento. Si nos fijamos bien, los actos taurinos suponen una parte importante del presupuesto de un municipio pequeño como el nuestro, y de beneficios dejan más bien pocos. Bueno, seamos sinceros, deja beneficios a unos pocos, los que se lucran con los mismos (y no son pocos). Tampoco son mayoritarios, ¿acaso alguien que no viva en el recorrido taurino o disponga de un cadafal puede presenciar algún acto libre de peligros?

Atacaran esta opinión alegando a la participación en dichos actos, y mi primera reflexión es, ¿acaso puede hacerse otra cosa? La mentalidad imperante asocia festejo a acto taurino. Es incapaz de disociar estas dos ideas. Tal vez, solo bastaría viajar un poco, o incluso ver determinados canales de televisión, para darse cuenta de que en todo el mundo se festeja, con gran alegría por las calles y presencia masiva de visitantes, y no precisamente para ver sufrir astados.

Este es mi segundo argumento para rechazar la subvención pública de los actos taurinos. Negar el sufrimiento animal ante su lidia, en cualquiera de sus vertientes, no solo es mostrar un desconocimiento del funcionamiento neuronal de un ser vivo. Es mostrar poca humanidad, bien sea consciente (los menos) o inconscientemente (la gran mayoría). El trato con animales, domésticos o de granja, debería enseñarnos valores de respeto, muchos de los cuales se han perdido con la revolución industrial y el desarrollo del poblamiento urbano. No es lo mismo sacrificar animales para el consumo humano (necesario pero incluso en esto discutible desde determinados posicionamientos vegetarianos) que sacrificarlos con escarnio y para deleite del público asistente, lo cual es una crueldad.

Para los que defienden el valor cultural como espectáculo tradicional y de masas, les argumentaré que también las ejecuciones de reos en el corredor de la muerte atraen a público y mueven productos promocionales en EEUU, y estaremos de acuerdo que no es una práctica civilizada. Los programas de telerrealidad que lamentablemente abundan en nuestra parrilla televisiva tienen audiencias millonarias, y generan gran cantidad de tráfico de información en las redes sociales, y no por ello se defienden y promocionan en las escuelas. Más bien al contrario. En las escuelas debemos formar al alumnado no solo en el conocimiento de las tradiciones, sino en valores para conseguir una sociedad mejor en el futuro. Argumentar que una tradición milenaria debe continuar por su valor intrínseco es una falacia, como si promocionamos las lapidaciones o la quema de brujas (que su público tenía). Las tradiciones deben conocerse, valorarse en su contexto, y si son entendibles en el mundo actual, continuar si así es la voluntad natural de la sociedad, no ayudar a que esto ocurra mediante condicionamiento. ¿Hay algo más tradicional que los privilegios de la nobleza o el del clero? Y son prácticas aborrecibles que ningún demócrata debería valorar.

No entraremos en contrarrestar otras afirmaciones absurdas que suelen realizarse en este tipo de debates. Solo queremos dar voz a una opinión silenciada que no se manifiesta quien sabe si por miedo. Tampoco buscamos prohibir nada. Conversando con un buen amigo sobre el Toro de la Vega (él es de la zona) me comentaba que hace algunos años el acto estuvo a punto de desaparecer, porque se había perdido la afición y no se le encontraba sentido. Solo cuando el foco mediático se centró en él, la supuesta afición resurgió con violencia al sentirse amenazada. Ese sentimiento humano de defensa de lo que nos quieren quitar, aunque no nos guste ni participemos, es entendible. Si nadie hubiera dicho nada, habría dejado de realizarse, lo que no dejaría de ser bueno.

Por valores éticos, no puedo dejar de lanzar la propuesta desde estas líneas de abandonar el patrocinio de los actos taurinos. Partiendo del argumento de la gran afición existente a los actos taurinos, que sería tan discutible como el número de católicos que argumenta tener la Iglesia, no deberían estar preocupados. Saldrían a poco en el reparto del gasto para seguir realizando sus festejos, y las arcas públicas de un municipio pequeño tendrían de más presupuesto para, por ejemplo, planes para prevenir la drogadicción, organizar actividades deportivas o asfaltar los caminos. En el fondo, son las cosas de las que debería encargarse un ayuntamiento, y solo festejar cuando hubiera superávit. Pero este, como toda esta columna, es sólo un posicionamiento personal. Pero lanzare un último reto, en relación al número de aficionados.

La democracia no solo consiste en votar cada X años, también consiste en dar voz a las minorías y respetarlas. Si se organizara un referéndum sobre la cuestión “dejar de subvencionar actos taurinos”, no solo sería una fiesta de la democracia. También conoceríamos la opinión de la ciudadanía. Los taurinos, que tan abrumadora mayoría dicen ser, no correrían riesgo de perder su privilegiada posición. Los antitaurinos, que tan minoría argumentan ser, conocerán su fuerza real y deberían acatar la decisión, abandonando el debate por una larga temporada. No hay riesgo de ningún tipo siendo demócratas. Negar la posibilidad de una votación, solo puede significar miedo a perder. Ante esa posición, es que hay debate.

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