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Miércoles, 19 Febrero 2014 17:48

EL MISTERIO DEL DIENTE DE ORO

Escrito por  El Editor
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-¿Entonces cómo ha sucedido?

-Pues no lo sabemos señor-contestó el policía que había entrado primero en la sala- la puerta estaba cerrada por dentro. Las ventanas no pueden abrirse. Nadie ha podido entrar hasta que hemos volado la puerta.

-¿Pretende que redacte en el informe-replicó el fiscal instructor- que tengo dos cuerpos con un disparo en la cabeza y…¡se lo tienen que haber pegado el uno al otro!?

-Señor, eso no es todo.

-¿Qué quiere decir?

-Es como sí…

-Vamos agente –dijo el fiscal perdiendo la paciencia.- No tenemos toda la noche.

-Es que creo que deberíamos hablar urgentemente con balística.

-Su informe lo tendré por la mañana.

-Creo que deberían ver esto lo antes posible.

-¿Por qué esa prisa?

-Es muy extraño señor…como si la bala hubiera salido de dentro.

-¿De dentro de la sala?

-No. De dentro de su cabeza.

 

 

La madera parecía vieja, pero solo era apariencia. En verdad ni tan siquiera era madera. El plástico había evolucionado tanto que los pubs irlandeses de nuevo cuño, en verdad franquicias que crecían como setas en las ciudades e imitaban las antiguas tabernas dublinesas, aparentaban ser añejos hasta en el día de su inauguración.

Esteen concreto no era especialmente famoso en la ciudad. Ni tan siquiera era muy frecuentado. Su dueño había estado a punto de cerrar por que solo lograba llenarlo los días de partido. Pero la fortuna le había sonreído, ahora había partido todos los días. No facturaba millones, pero podía pagar a su cocinero y llenar la nevera todos los meses. Con la que estaba cayendo en el país, podía perfectamente considerarse rico aunque no fuera a mudarse a Beverly Hills.

-¿Entonces puede hacerse?

-Todo puede hacerse si paga el precio justo.

-Por dinero no será. Quiero que sufran los dos.

-En todo caso según me comenta el problema no es cuánto, sino cómo.

-Me lo han recomendado por que dicen que es de lo mejor. ¿Cómo sé que es verdad?

-Se ha decidido usted a contratar a un profesional. No creo que haya buscado en las páginas amarillas.

-No por supuesto. Me la ha recomendado efusivamente el señor…

-No es preciso pronunciar nombres.

El gesto de silencio que siguió a la interrupción preocupó a su interlocutor, que ya de por sí era un manojo de nervios poco acostumbrado a este tipo de negocios. Ni tan siquiera había probado su pinta.

-Oiga, ¿no pueden oírnos aquí? Quiero decir, ¿es seguro hablar aquí? Con los teléfonos encima la mesa y…ya sabe, puede haber micrófonos.

Lo escrutóasombrado ante tan magna interpelación. El ego de las personas hacia pasar situaciones tan absurdas como la que estaba viviendo en ese momento. No necesitaban el dinero y podía haber despedido a su cliente, que demostraba ser bastante limitado, pero estaba aburrido y aquel trabajo le proporcionaría la suficiente diversión.

-¿Cree usted que con multinacionales, gobiernos, terroristas, defraudadores y demás delincuencia con relevancia y de renombre van a fijarse en un hombre como usted que sufre un ataque de cuernos?

-¡No me ha puesto los cuernos! Yo solo quiero que…

-Me dan igual sus motivos. Usted paga por un encargo preciso. El resto no me interesa.

-¿En serio le da igual?

Se levantó dando por terminada la entrevista. Deslizó un sobre hasta dejarlo frente a su sorprendido interlocutor. Un hombre entrado en años, obeso y con una alopecia que intentaba disimular un reciente implante capilar que aún no había cicatrizado del todo.

-Deposite el dinero según las instrucciones que contiene este sobre. Una vez confirmado su pago, en el plazo más breve posible quedará resuelto su encargo. Y no haga más preguntas.

Salió a la calle y tomó la dirección de la boca de metro más cercana. El frío que debía helar la calle a esas alturas de enero no hacia acto de presencia y en verdad todo abrigo grueso abrigaba a pesar de que ya había anochecido. A pesar del buen tiempo, la calle no estaba frecuentada. El pub se encontraba en un barrio residencial del extrarradio, una ciudad dormitorio de las muchas que se habían generado con la última burbuja inmobiliaria y la mitad de viviendas estaban desocupadas. No necesitaba tomar precauciones, pues sabía que le seguían. Llegó a la estación y utilizando su pase buscó su línea. Durante el tiempo que tuvo que esperar el metro una sombra le acompañó a una distancia prudencial. El vagón estaba repleto y por un instante perdió de vista a su sombra. Bajó tranquilamente en su parada y salió a la calle. Se encontraba en un barrio residencial con algunos adosados, de los primeros que debieron construirse en la década de los noventa. Dirigió sus pasos a una vivienda cercana, con la puerta roja y la fachada color pastel y entró en la casa.

Veinte minutos más tarde, tras cambiarse de ropa y darse una ducha se encontraba en la cocina preparando la cena cuando abrieron la puerta de la vivienda.

-¿Qué te ha parecido? –preguntó al recién llegado mientras este se quitaba la cazadora y la colgaba del perchero.

-Pensaba que el gordo iba a ser mucho más divertido.

-No es gran cosa –respondió mientras rehogaba la cebolla recién cortada-, ¿pero puede servirte?

-Encaja. Eso huele bastante bien.

-¿Así que puedes hacerlo? No tardará en estar. Puedes poner la mesa.

-He tardado –dijo mientras recogía los cubiertos y los colocaba en la mesa- porque estaba poniéndolo en marcha.

-¿Tan pronto?

-No tiene mucho secreto –había sido rápido colocando el servicio y tomó una botella de vino blanco del refrigerador. Lleno dos vasos que recogió de la repisa y vertió el vino en su interior, ofreciéndole una copa.

-Va a servir, aunque va a ser un poco distinto a como lo tenía planeado.

-Esperaba que fuera algo mejor. Espero que al menos te distraiga un poco.

-Servirá.

Modificado por última vez en Miércoles, 19 Febrero 2014 20:01

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