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Lunes, 17 Marzo 2014 19:34

El misterio del diente de oro (II)

Escrito por  El editor
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Y quizás hubiera servido de no cruzarse en el camino de nuevo un misterio acuciante. Ocurrió que mientras empleaban las artes habituales para conseguir que el cliente obeso, que en realidad se trataba solo de la víctima de un encargo de una compañía rival, no tuviera otro remedio que aprobar medidas contra el futuro de su propia compañía, la fortuna, o a mala fortuna, quiso que de nuevo se cruzara la persona de siempre en su vida.

No es que Roger Laurie fuera un santo. Ni siquiera debía estar bautizado en la fe cristiana o en cualquier otro credo. Seguramente ninguno lo aceptaría en sus filas si conocieran su pasado. Pero hay personas que cometen maldades por necesidad u obligación, como pudiera ser trabar una trampa sencilla para obligar a un hombre a firmar determinados documentos y así pagar las propias facturas. Otras, sin embargo, las cometen por la más pérfida búsqueda de placer: lo hacen por deleite y afición al mal. Y es en este caso, para personas dotadas de un don especial para tales acciones, donde un ligero empujón puede convertir al más estricto profesional en el más selecto criminal y al más estricto criminal, en el más vulgar enfermo.

No sabría decir en qué etapa de esta escalada hasta el fin se encontraba Roger cuando lo conocí. Para una joven periodista que consigue su primera corresponsalía en una zona de conflicto, todo suelen ser buenos deseos. Eso antes de que el colega curtido en mil conflictos empiece a contarte una batallita en Afganistán o Yugoslavia mientras compartes una botella de whisky en el bar de un hotel custodiado por uno u otro bando, con la intención última de llevarte a la cama.

Quizás esa fue la primera sorpresa que se llevó, la de que ante el primer bombardeo en Bagdad en vez de llorar como la jovencita que era y correr a sus brazos, corriera a grabar el estallido de las bombas sobre la población civil. El caso es que ya asentada en el lugar y ganándome el respeto de mis colegas, que dejaron de mirarme el escote para envidiar algunas de mis crónicas entre soldados de Sadam o rebeldes luchadores por la libertad afines a Al Qaeda, me llego el chivatazo por parte de mi traductor y enlace que en una aldea a unos cientos de kilómetros, en territorio peligroso, había rumores de una unidad especial infiltrada que luchaba a la par contra unos y otros, financiados por a saber que gobierno en la sombra.

Lo cierto es que ninguno de mis colegas hizo mucho caso del rumor, como que más bien intentaron disuadirme del viaje. Al parecer según defendían, esos rumores eran habituales en las zonas de conflicto: divisiones especiales que atraían a periodistas que terminaban en el mejor de los casos liberados tras el pago de un rescate. Pero hacia allí que me encamine.

Mi enlace se negó a acompañarme, pero un chofer de los muchos que seguían al convoy de periodistas se ofreció a llevarme y a servirme de intérprete, ya que hablaba inglés. Además, intento aumentar mi seguridad al mostrarme el fusil Kalashnikov que llevaba sujeto en el techo del vehículo con cinta aislante. Para cuando nos hagan levantar las manos- había dicho mostrándome con su sonrisa que le faltaban algunos dientes. Y nos encaminamos a la aldea donde, según decía, actuaba la misteriosa división especial. Muchos de mis compañeros se despidieron lamentando que no regresaría, pero mi empeño era superior a sus reparos.

Y fue junto al pozo de una aldea en medio del norte de Irak donde vi por primera vez a Roger Laurie. Botas hasta el tobillo, pantalón verde con bolsillos a los costados y camiseta gris eran su look en aquellos días. La piel bronceada en exceso por el sol del desierto y los ojos protegidos tras unas gafas modelo aviador con las lentes plateadas que estaban acompañadas por un corte de pelo casi militar y un rostro sin afeitar desde hacía varios días. Al cuello la kufiyya negra también podía servirle para protegerse del viento del desierto cargado de arena como de los rayos del sol. A pesar del atuendo, resultaba demasiado delgado en comparación con los militares que abundaban en aquellos parajes. No obstante, había algo en la estampa que resultaba inquietante: estaba solo en medio de la aldea en territorio hostil.

-¿What are you doing here?

El tono de su pregunta no era marcial, tampoco inquisitivo, pero emanaba autoridad. Eso no había cambiado con el tiempo. Tampoco había cambiado su aspecto cuando me lo encontré de nuevo, varios años más tarde, en Londres. Entonces en un pub mientras degustamos una pinta de cerveza recordamos nuestras, perdón pero debería decir solo suyas, en definitiva las aventuras en el desierto de Irak. Como buen profesional guardo secreto sobre sus andanzas por la capital británica, aunque finalmente formara parte de ellas. También mostro su escepticismo cuando le propuse la publicación en un blog de algunas de sus andanzas, de las cuales había sido testigo de excepción cuando no la única que podía dar testimonio de ellas, pero me negó el permiso como me lo negaría ahora si supiera que escribo estas líneas.

Pero eso queda en el pasado, así como su caída en el infierno gracias a las atenciones de  la que sin duda podríamos calificar como su único amor y a la postre, un arma más en manos de su brutal y despiadado némesis. Por qué como dijimos antes, hay gente que utiliza su don para hacer el mal al prójimo por necesidad u obligación, y otros, por el placer del lado oscuro.

Pensábamos que era ya tiempo pasado aquel, cuando en el momento menos indicado, mientras preparábamos la encerrona al obeso empresario cornudo, acudí a la llamada de la puerta de la casa.

-No sé cómo tienes la vergüenza de presentarte aquí-dije sin pensarlo.

-Vamos, no te pega una escena de celos querida. Él vive contigo.

-¿Celos? Yo vivo con él, pero tú querías su vida para otra cosa. Para quitársela.

-Somos profesionales. Él lo comprenderá.

-Lo ha comprendido. Ha comprendido que moriste para él cuando murió tu otra identidad.

-Seguro que quiere verme.

-Eso no lo dudo. Pero si dudo que deba.

No sentí su sombra asomarse a las escaleras, ni tan siquiera sabía cuánto de la discusión había escuchado, aunque había procurado no levantar la voz para alentarlo. Pero Roger era así, cuando querías guardar un secreto, él ya lo había descubierto, analizado y almacenado por partes.

-Déjala pasar Irene. Ya me mato una vez, no podrá hacerlo una segunda.

Continuará...

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